21 de noviembre de 2017

Nunca pierden

Esto es una breve continuación del post “Capos”.

¿Qué sucede cuando un capo falla en el Estado? Creo que suelen haber dos tipos de reacciones. La primera es el blindaje. A pesar de realizar acciones irrelevantes o, de plano, malas, el capital social con el que cuentan los capos les permite presentar su labor como un legado positivo (posiblemente como una “buena práctica”, en la jerga de la gestión pública neoliberal). En este punto no importa tanto que todos o siquiera que la mayoría del público enterado sobre su labor crean esto, sino que entidades o actores claves lo crean (o al menos aparenten hacerlo, debido a que se tratan de agentes con los cuales son ideológicamente afines o que favorecen sus intereses), algo que les permitirá recalar en su siguiente puesto, continuando con su calidad de capos (y posiblemente regresando a trabajar con o para el Estado más adelante).

El segundo tipo de reacción es la delegación de la culpa. Si es que se reconoce que las acciones desarrolladas no fueron exitosas, la culpa no es propia, sino del Estado. Los capos eran demasiado buenos para el Estado y sus burócratas. El Estado no habla el mismo idioma que el capo, y tampoco sigue el ritmo que el capo desea. Bajo esta lógica, no es el capo el cual se tiene que acomodar al Estado, sino al revés. Esta reacción le permite al capo desmarcarse de la culpa basándose en los clásicos prejuicios sobre la ineficiencia estatal, al mismo tiempo que los actualiza.

¿Qué es necesario para que un capo conozca la derrota, al menos temporalmente? Más que un desastre, posiblemente un escándalo.

27 de octubre de 2017

Ideas desordenadas sobre el Censo 2017

I.

En el periodo previo a la realización del censo, el debate mediático estuvo copado por las ansiedades de liberales y conservadores. Por un lado, existían reclamos respecto a la orden de inmovilidad durante el día del censo, debido a que se había anunciado que la policía podía detener a las personas por no acatarlo. Por otro lado, existían sectores preocupados por el respeto a su afiliación religiosa. Más allá de la coherencia (¿por qué los liberales no expresan la misma preocupación por la libertad de tránsito cuando se declara estado de emergencia en zonas de protestas?) o la razonabilidad (¿por qué un gobierno débil de derecha desearía enfrentarse a la mayoría religiosa del país?) de estas preocupaciones, el hecho de que estos temas ocuparan parte importante del debate mediático demuestra que estos temas coyunturales son utilizados para demostrar identidades políticas. Es decir, en lugar de discutirse sobre cómo la acción estatal será implementada en toda su complejidad, se utilizan aspectos o detalles específicos de su realización para marcar una posición en el escenario político y frente a seguidores y adeptos.

II.

La pregunta de identificación étnica, la cual también ocupó parte importante de la discusión mediática, merece una discusión aparte. Mientras que para algunos la inclusión de esta pregunta era problemática debido a que, argumentaban, una identificación precisa de la etnicidad de los peruanos es imposible, otros afirmaban que una pregunta como esta ayudaría a darle mayor importancia a minorías étnicas en el diseño de políticas públicas. El argumento de esta última posición era que en el proceso de elaboración de esta pregunta habían participado organizaciones representativas de estas minorías, proceso que sustentaba su inclusión. Sin embargo, creo que esta defensa se queda corta. La existencia de un proceso participativo no garantiza que el resultado sea óptimo. Por ejemplo, la falta de una opción predeterminada para personas con ascendencia japonesa o china, comunidades importantes en el país, me parece una omisión notable. Una observación más detallada de esa defensa hubiera preguntado por cuestiones como, por ejemplo, cuáles fueron los criterios de participación y proceso de invitación de las organizaciones, o qué sucedió entre las decisiones tomadas en las reuniones y la formulación final de la pregunta tal cual apareció en la cartilla. Lamentablemente, la discusión no fue en esta dirección.

III.

El mismo día del censo la atención se concentró en un tipo objeto en particular: los stickers que se pegaban en las viviendas censadas. Al observar que los stickers contenían el logo de una universidad con fines de lucro - la Universidad César Vallejo (UCV) - algunas personas buscaron el documento que permitía tal acción. Esta búsqueda no solo dio con el documento del acuerdo entre la entidad ejecutora del censo - Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) - y la UCV, sino que también se encontraron una multiplicidad de documentos que confirmaban acuerdos con otros privados que también colocaron nombres o logos en distintos objetos además de los stickers, como polos y gorras. La revisión de estos documentos permitió observar que no existía claridad en los términos del acuerdo relacionados a la información que el INEI compartiría con los privados. Mientras algunos confiaban en el imperio de la ley que protege la información personal, otros exigían que una pronta aclaración por parte del INEI. Las preguntas que caben hacerse acá - más allá del anuncio posterior de la misma PCM sobre el respeto de los datos - son: ¿a quién beneficia que la poca precisión en un acuerdo entre el Estado y un privado? Y ¿qué sucede con aquellos que no disponen de la suficiente expertise legal como para conocer que existen normas que protegen sus datos? ¿Solo les queda la incertidumbre?
Por otro lado, dar cuenta de esta red de documentos permite seguir el rastro de decisiones que involucran a otros actores estatales: ¿por qué el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) otorgó un presupuesto que llevó al INEI a buscar acuerdos con privados para tener recursos materiales? ¿Por qué no se dio un presupuesto suficiente como para contratar empadronadores experimentados en lugar de solicitar voluntarios? Son estas decisiones técnico-políticas que usualmente tienen poca visibilidad - las cuales también están inscritas en documentos de nivel ministerial - las que terminan por afectar la ejecución de acciones estatales a nivel micro.

IV.

Entender al Estado como una red de actores humanos y no humanos permite seguir el rastro de material de sus acciones. No hacer esto muchas veces impide aprehender situaciones en su complejidad total. El Estado y sus acciones son, como diría Latour, simultáneamente reales, narradas  y colectivas. No obstante, lo que suele suceder en el debate mediático es una concentración en los aspectos discursivos y sociales, mientras que la atención sobre los recursos materiales necesarios para la ejecución de estas acciones queda relegada, con poca visibilidad, solo en las manos de los técnicos.

17 de julio de 2017

Capos

En contextos de socialización de sectores limeños de clase media alta y alta es común escuchar la frase "conozco a alguien bien capo" cada vez que se pide una recomendación para algún servicio o información. Estos "capos" recomendados suelen ser personas en los círculos de amistades o conocidos pertenecientes a esta misma clase, por lo que tienen recursos económicos que les permiten acceder a una educación con un costo prohibitivo para clases con menores recursos, como un pregrado en universidades privadas nacionales y un posgrado en universidades internacionales. Esta educación les permite posteriormente acceder puestos de trabajos con prestigio en el sector privado ya sea a entidades multilaterales o corporaciones. Asimismo, también es común que la persona que recomienda a un "capo" a su vez sea un "capo" en otro ámbito profesional y que sea recomendado por quien él mismo recomendó en alguna otra ocasión. Es así como se forma un circuito de recomendaciones que les permiten acceder a los servicios de quienes, en teoría, son los profesionales mejor preparados del país.

¿Cuál es el problema con los "capos" o, mejor dicho, con la lógica de los "capos"? ¿Acaso no cualquiera quisiera contar con los mejores? Por supuesto. No obstante, uno podría criticar que esta lógica reproduce desigualdades debido a que quienes no tiene el capital social para acceder a este circuito de recomendaciones no pueden obtener estos mejores servicios o no pueden ser recomendados. Otra crítica que uno podría hacer es que esto enturbia la narrativa de la meritocracia del sector privado. Sin embargo, estos temas no me interesa tratarlos en este momento. Lo que me interesa ahora es resaltar qué es lo que sucede cuando esta la lógica de los "capos" ingresa al Estado.

En teoría las designaciones y contrataciones del Estado deberían mantener los principios de competitividad y transparencia, en tanto se trata de presupuesto público. Omitiendo al personal de confianza, en donde las autoridades pueden designar a personas en las cuales confíen, el Estado tendría que designar o contratar a los mejores de manera transparente, en base a las competencias relevantes para los puestos en cuestión. En el Estado no debería haber espacio para recomendantes y recomendados. No obstante, como se sabe, esto no es así. Por el contrario, el Estado está repleto de estas prácticas en todos los niveles. Entre estas prácticas está la lógica de los "capos": en altos puestos o en contrataciones por montos considerables, personas de clase media alta y alta designan o contratan a quienes ellos consideran "capos", sin importar si la designación o contratación es poco ética o si el proceso es amañado. Para ellos lo importante es contar con la persona que consideran más "capa".

La justificación de esta práctica en el Estado suele ser un argumento perverso: si no amaño u obvio las faltas éticas que implica esta contratación o designación no podré contar con el mejor (el mejor según las recomendaciones o experiencias previas que he tenido, claro está), por lo tanto mi amañamiento o falta ética está justificada, a diferencia de las faltas en niveles inferiores del Estado, en donde también amañan o comenten faltan éticas, pero lo hacen para contratar a personas ineficientes (ineficientes según la percepción o idea que tengo de ellas, claro está). El punto no es señalar que en los niveles inferiores estas faltas también podrían estar justificadas, por el contrario, las contrataciones o designaciones arregladas también ocurren en el nivel subnacional, y posiblemente sean mucho más notorias porque se trata de un nivel de gobierno que se encuentra en mayor contacto con la población. El punto es señalar cómo es que la posición social de distintos actores que entran al Estado permite establecer distinciones discursivas entre prácticas que realmente son similares.

"¿Pero acaso no quieres que el Estado cuente con las personas con mejor preparación?". Ciertamente no se puede negar que, gracias a su condición socioeconómica, estos "capos" sean posiblemente las personas con el mayor nivel educativo del país. Sin embargo, esto no debería eximirlos de cumplir los mismos requisitos de competitividad y transparencia que ellos le exigen al resto de niveles del Estado. Para ponerlo en una frase: ellos no juegan el juego que dicen jugar. Muy por el contrario, terminan aprovechando su posición de clase dominante para saltarse las reglas mientras, a través del aparato mediático al cual tienen acceso, acusan a otros de ocupar posiciones en el Estado de manera irregular. Esto finalmente reproduce desigualdades sociales dentro de la misma organización del Estado: cuando lo hace el alcalde en alguna municipalidad distrital del interior del país es malo, pero cuando lo hace tu amigo del ministerio con su conocido es porque está contratando al más "capo".

12 de abril de 2017

¿Los cholos de quiénes?

Una reacción al artículo "No soy tu cholo" de Marco Avilés.

¿Por qué el artículo de Avilés tuvo tan buena recepción entre la élite progresista? Además de tener en cuenta que fue publicado en un medio digital con el cual son afines ideológicamente, creo que hay otro factor a considerar. Mi impresión es que el artículo de Avilés funciona como la proyección del documental sobre discriminación a afroamericanos que describe en su artículo: es un producto que conmueve a privilegiados. El título del artículo es "No soy tu cholo" pero precisamente esta recepción por parte de la élite progresista lo hace pertenecer a este grupo ideológico (o al menos lo coloca en una posición cercana). El cholo que realmente no es de ellos es el cholo al cual no comprenden, no el educado que es ideológicamente afín a ellos.
¿Cuál es este cholo incomprensible para las élites? Dependiendo de la posición de la élite, un cholo incomprensible puede ser aquel que se opone a un proyecto extractivista ("miren como se oponen al desarrollo" reclama la élite neoliberal) o aquel que vota por populistas ("miren como son comprados con tapers" reclama la élite progresista). Paradójicamente cada élite clama conocer al cholo de una manera distinta. La élite neoliberal dice conocer al cholo caracterizándolo a través de perfiles de consumo. La élite progresista dice conocer al cholo caracterizándolo a través de testimonios y discursos.
Textos como los de Avilés, de alguien que se presenta como cholo, son apreciados por la élite progresista precisamente porque le da sustento a los discursos que los integrantes de esta élite elaboran y les permite conocer, a través de un discurso, algo a lo cual no tendrían acceso de otra forma: lo vivido por los incomprensibles. No obstante, no hay que olvidar que este acceso está mediado precisamente por la afinidad ideológica que existe entre el individuo que ofrece el testimonio y los integrantes de esta élite. Tan solo imaginen por un momento que alguien "comprado por un taper" le dijera a la élite progresista: "no soy tu cholo".

20 de marzo de 2017

Sentir al Estado


"Yo si siento al Estado presente". Detengámonos un momento a pensar lo que implica sentir la presencia del Estado. En un primer nivel podríamos cuestionar qué es el Estado en si mismo. Para zanjar rápidamente esta enorme discusión teórica, quedémonos con la perspectiva que ve al Estado como un actor-red: el Estado "está constituido por una matriz de ideas y representaciones altamente compleja, agencias gubernamentales y burocráticas, territorio y habitantes" (Carroll, 2000; citado en Passoth y Rowland, 2010). Esta perspectiva pone atención a "las diversas y múltiples prácticas interconectadas que generan el tipo de 'estatalidad' que usualmente entendemos como las cualidades del Estado moderno" (Passoth y Rowland, 2010) en lugar de la acción del Estado como un ente unificado. En este sentido, "sentir" al Estado significaría sentir las consecuencias o efectos de estas prácticas ejecutadas por diversas agencias estatales, y los humanos y no-humanos que las componen. En concreto, en este nivel, un habitante siente al Estado presente en tanto recibe atención, servicios o bienes materiales de instituciones estatales a través de sus burócratas o trabajadores. 

En un segundo nivel, ¿cómo es que alguien que no experimenta la misma atención, servicios o bienes materiales (ya sea porque no se encuentra en la zona de atención o porque no se relaciona con la infraestructura estatal en cuestión) siente al Estado? Aquí es donde habría que tener en cuenta la posibilidad de una "presencia mediada". Si gran parte de las acciones de las prácticas de las diversas instituciones no son accesibles a través de la misma experiencia, sino conocidas a través de medios, entonces la presencia que uno puede decir "sentir" es una percepción formada a partir de la información que uno consume a través de los distintos medios a los que se expone. Es sobre todo en este nivel donde la concepción del actor "Estado" como un ente reificado cobra mayor fuerza. En este nivel debemos pensar cuáles son nuestros hábitos de consumo de medios, a qué medios solemos exponernos más y, dentro de estos, a qué tipo de discursos. Por ejemplo, ¿cómo es que alguien que consume en su mayoría radio y diarios populares "siente" al Estado? ¿Es distinta a la presencia del Estado que "siente" un heavy user de social media? Esta última pregunta es importante debido a que se tratan de medios y hábitos de consumo relativamente recientes. ¿Cómo comparamos la "sensación" de presencia del Estado de ahora con la de hace dos décadas si es que existe una intensificación del consumo de información?

En un tercer nivel, habría que introducir la noción de distancia sociocognitiva (Van Dijk, 1997). La cognición social puede definirse escuetamente como la manera en que nosotros construimos nuestro conocimiento de la realidad (Antaki y Condor, 2006 [1997]). La distancia sociocognitiva se refiere a la diferencia al evaluar a distintos grupos respecto a nosotros, como grupo social. Una representación más positiva de un grupo significa una menor distancia de ese grupo respecto a nosotros. En el caso del Estado debemos preguntarnos: ¿cuán cercano es el grupo encargado del gobierno respecto a nosotros? ¿Cambiaría nuestra sensación mediada de la presencia del Estado si es que el grupo que está en el gobierno fuera más distante de nosotros? Este nivel es el que posiblemente tiene mayor repercusión en la memoria de las personas. Es así como las acciones del Estado bajo un gobierno pueden ser recordadas como "sentidas" si es que fueron ejecutadas por un gobierno que percibíamos cercano a nosotros.

Estos dos últimos niveles no significan que la presencia estatal solo sea una cuestión mediación y percepción. Como mencioné al principio, se puede sentir la presencia del Estado de manera directa a través de las prácticas de distintas agencias gubernamentales. Asimismo, estas prácticas pueden ser corroborables o medibles a través de distintos indicadores. Por ejemplo, es casi un sentido común hablar de la presencia del Estado a partir de la ejecución de presupuesto de inversión (a pesar de que probablemente no sea el mejor indicador para este propósito).



Referencias

Antaki, C., y Condor, S. (2006 [1997]). Cognición Social y Discurso. En Van Dijk, T.A. (Comp.), El discurso como estructura y proceso (3ª reimpresión) (pp. 453-489). Barcelona: Gedisa

Carroll, P. (2000) Colonial Discipline. Dublin: Four Courts Press.

Passoth, J. y Rowland, N. (2010). Actor-Network State: Integrating Actor-Network Theory and State Theory. En International Sociology, November 2010,Vol. 25(6): 818-841

Van Dijk, T.A. (1997). Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona: Paidós.

15 de diciembre de 2016

Nunca se trató de la verdad

"Posverdad" ha sido, durante las últimas semanas, la palabra de moda entre los comentaristas mediáticos. Utilizada en los contextos de las elecciones estadounidenses y el referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea, la palabra ha sido adoptada en el debate sobre la política local, básicamente para describir declaraciones falsas de políticos o situaciones desencadenadas por creencias no necesariamente reales. El objetivo de este post es discutir brevemente los fundamentos sobre los que descansa la "posverdad": la concepción de verdad en el debate mediático basado en premisas liberales, así como enfocar la atención a las instancias de producción y consumo de información para poder aprehender este fenómeno de una mejor manera.

Los más alarmados y preocupados con la "posverdad" parecen ser los comentaristas que tienen una concepción "liberal naive" de los medios. Bajo esta concepción, los medios funcionan, a grandes rasgos, de la siguiente manera: ocurre un acontecimiento, los medios recogen la información del acontecimiento y la difunden entre los individuos (a pesar de que declaren que obviamente los medios no funcionan así, actúan como si efectivamente lo hicieran, irónicamente encajando en la definición de ideología de Žižek). En este modelo la "posverdad" sería problemática debido a que los medios no estarían difundiendo la información del acontecimiento "tal como sucedió", sino que están modificándola al punto de que no guarda correspondencia con el acontecimiento. Aquí hay que tener cuidado con la crítica relativista que cuestiona que efectivamente se puede hablar de una correspondencia entre la información y el acontecimiento. Si bien nunca se puede informar sobre el acontecimiento "tal y como sucedió", existe una convención sobre cuanta edición se puede realizar en la labor de mediación sin quebrantar el efecto de verdad. Es el procedimiento el cual hace que finalmente una información sea lo suficientemente real. Esta convención sobre la "editabilidad" del acontecimiento, no obstante, está marcada por las relaciones de poder de los actores que participan en el acontecimiento: es así como la información difundida sobre grupos marginales o estigmatizados es normalmente más suceptible a ser distorsionada. Es precisamente por esto que las élites tecnocráticas y sus seguidores encuentran esto más allá de su comprensión: ¿cómo es posible que se distorsione a la élite? Esta distorsión es tan incomprensible para ellos que tuvieron que inventar una palabra para explicarla.

Pero ¿por qué esto afecta particularmente a la tecnocracia y a quienes son afines a ella? Esta pregunta nos lleva a la concepción de verdad. Dentro de la marco liberal del debate mediático, los tecnócratas y los científicos sociales son los productores de la verdad. Ellos son quienes, a través de distintas metodologías científicas producen los datos sobre la realidad social, datos sobre los cuales después los medios elaboran información. No obstante, en un escenario en el que los medios mainstream (no solo cuentas de social media de procedencia cuestionable) difunden información a un ritmo cada vez más acelerado, de manera casi prefabricada y sobresimplificada, la información se devalúa, Rápidamente su confiabilidad es cuestionada y pierde la principal cualidad que debería distinguirla de "medios alternativos" (en este sentido es una confiabilidad relacionista más que relativista, debido que la información de un medios es confiable en relación la información de otro medio). ¿Por qué, si los medios mainstream informan y normalizan lo que sucede en social media, uno no puede informarse directamente de ahí? El mismo afán de inmediatez por el cual los medios recurren a distintas plataformas de social media termina tornándose en su contra. Cuando los medios mainstream tratan de advertir acerca de los aspectos inconvenientes de informarse a través de las mismas plataformas que ellos promueven ya es demasiado tarde.

A partir de la definición problemática de "posverdad", los comentaristas concluyen que el problema se debe a que ahora gran parte de los individuos se informan a través de social media, lo cual generaría "burbujas de filtro": plataformas como Facebook o Twitter permiten armar un feed de información personalizado que lo usuarios estructuran de tal manera que solo se enteran de noticias que refuerzan sus creencias. La primera pregunta que esta idea nos obliga a plantearnos: ¿cuándo, en la historia reciente, esto no ha sido así? ¿Ha sido a partir del 2016 que los individuos han comenzado a informarse preferentemente con lo que es afín a su ideología? ¿No? ¿A partir del 2015? ¿2010? ¿2000? Lo que los entusiastas del concepto de posverdad deberían responder es por qué consumir información  distorsionada por afinidad ideológica hace una década no es "posverdad" y ahora sí lo es. En segundo lugar, el problema de la metáfora de la burbuja es que suele trasladar la responsabilidad a los individuos, como si se tratara de un asunto solo de consumidores: escapar de la burbuja implicaría que este mismo consumidor de información seleccione noticias que no son acordes a sus creencias, de modo tal que tenga un feed "balanceado" Esto, como podemos intuir, es poco probable que suceda, debido a que 1) lo que uno quiere creer no es tanto un conjunto de cosas concretas, sino actitudes frente a distintas temáticas; y, en consecuencia, 2) leer contenido con el que uno no está de acuerdo no cancela o anula las creencias previamente sostenidas llegando a una suma cero en la que el individuo considera "ambas versiones" para luego tomar una posición en base a los "hechos verdaderos" que haya podido discernir.

Para abordar lo que el concepto de "posverdad" trata de explicar se necesita una entendimiento más complejo de la información mediada y su cualidad de verdad. Regresando a la concepción liberal de los medios, que tiene como ideal una correspondencia total entre el dato recogido, lo transmitido y lo interpretado, una manera alternativa de comprender la circulación de la información se cuestionaría qué es la información en cada instancia: ¿es realmente un "dato duro" desde que es recogida hasta que llega al individuo o cambia su naturaleza a medida que recorre cada instancia? Lo que para un científico social es un "dato duro", para el periodista es el testimonio de un experto, para el individuo es el discurso de un medio y, finalmente, una creencia compartida para una audiencia. Entender esto es clave debido a que, en primer lugar, nos ayuda a evitar soluciones como intensificar la difusión de datos duros o la sobresimplificación de los mismos, acciones que en primer lugar permitieron la devaluación de la confiabilidad relacional de la información de los medios mainstream. En segundo lugar, y finalmente, nos permite comprender las distintas instancias de producción y consumo mediático en las que la información debe ser disputada. Para comprender la "posverdad" (o mejor dicho, el consumo información de acuerdo a la ideología) no debemos quedarnos en juicios moralizadores que tratan de ignorantes a quienes creen información distorsionada o de perversos a quienes la producen, sino debemos buscar los patrones que permiten que la información parezca coherente por su paso entre distintas instancias.

28 de septiembre de 2016

Precisión y velocidad en las tecnologías estatales



Uno de los problemas de la Reforma del Estado es creer que todo se mejora simplificándolo. El problema con simplificar tecnologías estatales es que pueden llevar a la estandarización y automatización excesiva, perdiendo la capacidad de aprehender la complejidad de los contextos específicos donde van a ser aplicadas. La tragedia de la simplificación es la perdida de precisión con la cual debe ser aplicada la tecnología.

Quienes propugnan la simplificación por sobre todo, por lo general, toman un problema de precisión como si fuera un problema de velocidad. Para ellos, si los resultados de la aplicación de cierta tecnología no se realizan en el tiempo esperado se debe a que no fueron aplicados lo suficientemente rápido, lo cual a su vez se puede deber a la incapacidad de quien aplica la tecnología (algo que se arregla, obviamente, capacitando) o a trabas en el camino de quien la aplica (algo que se arregla, obviamente, destrabando). Esta forma de pensar deja de lado la posibilidad, o reduce el peso, de que la causa por la cual la aplicación de la tecnología no se realizó en el tiempo esperado se debe a que esta no contaba con la suficiente precisión como para ser aplicada en un contexto específico.

Tratar problemas de precisión como problemas de velocidad puede traer consigo consecuencias inesperadas. Se puede tener rapidez en la aplicación de la tecnología pero con tal grado de imprecisión que su ejecución resulta totalmente inútil por lo que debe ser corregida y tome más tiempo (algo que puede reforzar aún más la tendencia a seguir simplificando). Esto no quiere decir que el Estado debe tratar de lidiar con la complejidad de cada contexto particular. Esto es claramente imposible debido a que no es escalable. La simplificación de la complejidad es necesaria para representar y actuar sobre ella. No obstante, tal vez en lugar de hablar de la simplificar la complejidad, como la supresión de operaciones en procesos, deberíamos hablar de complicar la complejidad, es decir, en ordenarla en sucesiones de operaciones simples que tienden a la especificidad.