20 de marzo de 2017

Sentir al Estado


"Yo si siento al Estado presente". Detengámonos un momento a pensar lo que implica sentir la presencia del Estado. En un primer nivel podríamos cuestionar qué es el Estado en si mismo. Para zanjar rápidamente esta enorme discusión teórica, quedémonos con la perspectiva que ve al Estado como un actor-red: el Estado "está constituido por una matriz de ideas y representaciones altamente compleja, agencias gubernamentales y burocráticas, territorio y habitantes" (Carroll, 2000; citado en Passoth y Rowland, 2010). Esta perspectiva pone atención a "las diversas y múltiples prácticas interconectadas que generan el tipo de 'estatalidad' que usualmente entendemos como las cualidades del Estado moderno" (Passoth y Rowland, 2010) en lugar de la acción del Estado como un ente unificado. En este sentido, "sentir" al Estado significaría sentir las consecuencias o efectos de estas prácticas ejecutadas por diversas agencias estatales, y los humanos y no-humanos que las componen. En concreto, en este nivel, un habitante siente al Estado presente en tanto recibe atención, servicios o bienes materiales de instituciones estatales a través de sus burócratas o trabajadores. 

En un segundo nivel, ¿cómo es que alguien que no experimenta la misma atención, servicios o bienes materiales (ya sea porque no se encuentra en la zona de atención o porque no se relaciona con la infraestructura estatal en cuestión) siente al Estado? Aquí es donde habría que tener en cuenta la posibilidad de una "presencia mediada". Si gran parte de las acciones de las prácticas de las diversas instituciones no son accesibles a través de la misma experiencia, sino conocidas a través de medios, entonces la presencia que uno puede decir "sentir" es una percepción formada a partir de la información que uno consume a través de los distintos medios a los que se expone. Es sobre todo en este nivel donde la concepción del actor "Estado" como un ente reificado cobra mayor fuerza. En este nivel debemos pensar cuáles son nuestros hábitos de consumo de medios, a qué medios solemos exponernos más y, dentro de estos, a qué tipo de discursos. Por ejemplo, ¿cómo es que alguien que consume en su mayoría radio y diarios populares "siente" al Estado? ¿Es distinta a la presencia del Estado que "siente" un heavy user de social media? Esta última pregunta es importante debido a que se tratan de medios y hábitos de consumo relativamente recientes. ¿Cómo comparamos la "sensación" de presencia del Estado de ahora con la de hace dos décadas si es que existe una intensificación del consumo de información?

En un tercer nivel, habría que introducir la noción de distancia sociocognitiva (Van Dijk, 1997). La cognición social puede definirse escuetamente como la manera en que nosotros construimos nuestro conocimiento de la realidad (Antaki y Condor, 2006 [1997]). La distancia sociocognitiva se refiere a la diferencia al evaluar a distintos grupos respecto a nosotros, como grupo social. Una representación más positiva de un grupo significa una menor distancia de ese grupo respecto a nosotros. En el caso del Estado debemos preguntarnos: ¿cuán cercano es el grupo encargado del gobierno respecto a nosotros? ¿Cambiaría nuestra sensación mediada de la presencia del Estado si es que el grupo que está en el gobierno fuera más distante de nosotros? Este nivel es el que posiblemente tiene mayor repercusión en la memoria de las personas. Es así como las acciones del Estado bajo un gobierno pueden ser recordadas como "sentidas" si es que fueron ejecutadas por un gobierno que percibíamos cercano a nosotros.

Estos dos últimos niveles no significan que la presencia estatal solo sea una cuestión mediación y percepción. Como mencioné al principio, se puede sentir la presencia del Estado de manera directa a través de las prácticas de distintas agencias gubernamentales. Asimismo, estas prácticas pueden ser corroborables o medibles a través de distintos indicadores. Por ejemplo, es casi un sentido común hablar de la presencia del Estado a partir de la ejecución de presupuesto de inversión (a pesar de que probablemente no sea el mejor indicador para este propósito).



Referencias

Antaki, C., y Condor, S. (2006 [1997]). Cognición Social y Discurso. En Van Dijk, T.A. (Comp.), El discurso como estructura y proceso (3ª reimpresión) (pp. 453-489). Barcelona: Gedisa

Carroll, P. (2000) Colonial Discipline. Dublin: Four Courts Press.

Passoth, J. y Rowland, N. (2010). Actor-Network State: Integrating Actor-Network Theory and State Theory. En International Sociology, November 2010,Vol. 25(6): 818-841

Van Dijk, T.A. (1997). Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona: Paidós.

15 de diciembre de 2016

Nunca se trató de la verdad

"Posverdad" ha sido, durante las últimas semanas, la palabra de moda entre los comentaristas mediáticos. Utilizada en los contextos de las elecciones estadounidenses y el referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea, la palabra ha sido adoptada en el debate sobre la política local, básicamente para describir declaraciones falsas de políticos o situaciones desencadenadas por creencias no necesariamente reales. El objetivo de este post es discutir brevemente los fundamentos sobre los que descansa la "posverdad": la concepción de verdad en el debate mediático basado en premisas liberales, así como enfocar la atención a las instancias de producción y consumo de información para poder aprehender este fenómeno de una mejor manera.

Los más alarmados y preocupados con la "posverdad" parecen ser los comentaristas que tienen una concepción "liberal naive" de los medios. Bajo esta concepción, los medios funcionan, a grandes rasgos, de la siguiente manera: ocurre un acontecimiento, los medios recogen la información del acontecimiento y la difunden entre los individuos (a pesar de que declaren que obviamente los medios no funcionan así, actúan como si efectivamente lo hicieran, irónicamente encajando en la definición de ideología de Žižek). En este modelo la "posverdad" sería problemática debido a que los medios no estarían difundiendo la información del acontecimiento "tal como sucedió", sino que están modificándola al punto de que no guarda correspondencia con el acontecimiento. Aquí hay que tener cuidado con la crítica relativista que cuestiona que efectivamente se puede hablar de una correspondencia entre la información y el acontecimiento. Si bien nunca se puede informar sobre el acontecimiento "tal y como sucedió", existe una convención sobre cuanta edición se puede realizar en la labor de mediación sin quebrantar el efecto de verdad. Es el procedimiento el cual hace que finalmente una información sea lo suficientemente real. Esta convención sobre la "editabilidad" del acontecimiento, no obstante, está marcada por las relaciones de poder de los actores que participan en el acontecimiento: es así como la información difundida sobre grupos marginales o estigmatizados es normalmente más suceptible a ser distorsionada. Es precisamente por esto que las élites tecnocráticas y sus seguidores encuentran esto más allá de su comprensión: ¿cómo es posible que se distorsione a la élite? Esta distorsión es tan incomprensible para ellos que tuvieron que inventar una palabra para explicarla.

Pero ¿por qué esto afecta particularmente a la tecnocracia y a quienes son afines a ella? Esta pregunta nos lleva a la concepción de verdad. Dentro de la marco liberal del debate mediático, los tecnócratas y los científicos sociales son los productores de la verdad. Ellos son quienes, a través de distintas metodologías científicas producen los datos sobre la realidad social, datos sobre los cuales después los medios elaboran información. No obstante, en un escenario en el que los medios mainstream (no solo cuentas de social media de procedencia cuestionable) difunden información a un ritmo cada vez más acelerado, de manera casi prefabricada y sobresimplificada, la información se devalúa, Rápidamente su confiabilidad es cuestionada y pierde la principal cualidad que debería distinguirla de "medios alternativos" (en este sentido es una confiabilidad relacionista más que relativista, debido que la información de un medios es confiable en relación la información de otro medio). ¿Por qué, si los medios mainstream informan y normalizan lo que sucede en social media, uno no puede informarse directamente de ahí? El mismo afán de inmediatez por el cual los medios recurren a distintas plataformas de social media termina tornándose en su contra. Cuando los medios mainstream tratan de advertir acerca de los aspectos inconvenientes de informarse a través de las mismas plataformas que ellos promueven ya es demasiado tarde.

A partir de la definición problemática de "posverdad", los comentaristas concluyen que el problema se debe a que ahora gran parte de los individuos se informan a través de social media, lo cual generaría "burbujas de filtro": plataformas como Facebook o Twitter permiten armar un feed de información personalizado que lo usuarios estructuran de tal manera que solo se enteran de noticias que refuerzan sus creencias. La primera pregunta que esta idea nos obliga a plantearnos: ¿cuándo, en la historia reciente, esto no ha sido así? ¿Ha sido a partir del 2016 que los individuos han comenzado a informarse preferentemente con lo que es afín a su ideología? ¿No? ¿A partir del 2015? ¿2010? ¿2000? Lo que los entusiastas del concepto de posverdad deberían responder es por qué consumir información  distorsionada por afinidad ideológica hace una década no es "posverdad" y ahora sí lo es. En segundo lugar, el problema de la metáfora de la burbuja es que suele trasladar la responsabilidad a los individuos, como si se tratara de un asunto solo de consumidores: escapar de la burbuja implicaría que este mismo consumidor de información seleccione noticias que no son acordes a sus creencias, de modo tal que tenga un feed "balanceado" Esto, como podemos intuir, es poco probable que suceda, debido a que 1) lo que uno quiere creer no es tanto un conjunto de cosas concretas, sino actidudes frente a distintas temáticas; y, en consecuencia, 2) leer contenido con el que uno no está de acuerdo no cancela o anula las creencias previamente sostenidas llegando a una suma cero en la que el individuo considera "ambas versiones" para luego tomar una posición en base a los "hechos verdaderos" que haya podido discernir.

Para abordar lo que el concepto de "posverdad" trata de explicar se necesita una entendimiento más complejo de la información mediada y su cualidad de verdad. Regresando a la concepción liberal de los medios, que tiene como ideal una correspondencia total entre el dato recogido, lo transmitido y lo interpretado, una manera alternativa de comprender la circulación de la información se cuestionaría qué es la información en cada instancia: ¿es realmente un "dato duro" desde que es recogida hasta que llega al individuo o cambia su naturaleza a medida que recorre cada instancia? Lo que para un científico social es un "dato duro", para el periodista es el testimonio de un experto, para el individuo es el discurso de un medio y, finalmente, una creencia compartida para una audiencia. Entender esto es clave debido a que, en primer lugar, nos ayuda a evitar soluciones como intensificar la difusión de datos duros o la sobresimplificación de los mismos, acciones que en primer lugar permitieron la devaluación de la confiabilidad relacional de la información de los medios mainstream. En segundo lugar, y finalmente, nos permite comprender las distintas instancias de producción y consumo mediático en las que la información debe ser disputada. Para comprender la "posverdad" (o mejor dicho, el consumo información de acuerdo a la ideología) no debemos quedarnos en juicios moralizadores que tratan de ignorantes a quienes creen información distorsionada o de perversos a quienes la producen, sino debemos buscar los patrones que permiten que la información parezca coherente por su paso entre distintas instancias.

28 de septiembre de 2016

Precisión y velocidad en las tecnologías estatales



Uno de los problemas de la Reforma del Estado es creer que todo se mejora simplificándolo. El problema con simplificar tecnologías estatales es que pueden llevar a la estandarización y automatización excesiva, perdiendo la capacidad de aprehender la complejidad de los contextos específicos donde van a ser aplicadas. La tragedia de la simplificación es la perdida de precisión con la cual debe ser aplicada la tecnología.

Quienes propugnan la simplificación por sobre todo, por lo general, toman un problema de precisión como si fuera un problema de velocidad. Para ellos, si los resultados de la aplicación de cierta tecnología no se realizan en el tiempo esperado se debe a que no fueron aplicados lo suficientemente rápido, lo cual a su vez se puede deber a la incapacidad de quien aplica la tecnología (algo que se arregla, obviamente, capacitando) o a trabas en el camino de quien la aplica (algo que se arregla, obviamente, destrabando). Esta forma de pensar deja de lado la posibilidad, o reduce el peso, de que la causa por la cual la aplicación de la tecnología no se realizó en el tiempo esperado se debe a que esta no contaba con la suficiente precisión como para ser aplicada en un contexto específico.

Tratar problemas de precisión como problemas de velocidad puede traer consigo consecuencias inesperadas. Se puede tener rapidez en la aplicación de la tecnología pero con tal grado de imprecisión que su ejecución resulta totalmente inútil por lo que debe ser corregida y tome más tiempo (algo que puede reforzar aún más la tendencia a seguir simplificando). Esto no quiere decir que el Estado debe tratar de lidiar con la complejidad de cada contexto particular. Esto es claramente imposible debido a que no es escalable. La simplificación de la complejidad es necesaria para representar y actuar sobre ella. No obstante, tal vez en lugar de hablar de la simplificar la complejidad, como la supresión de operaciones en procesos, deberíamos hablar de complicar la complejidad, es decir, en ordenarla en sucesiones de operaciones simples que tienden a la especificidad.

23 de junio de 2016

Tecnologías estatales

¿De qué se habla cuando en el discurso público se habla del uso de la tecnología en el Estado? Creo que se suele hablar de dos áreas. Una primera área es el uso de la tecnología en los servicios que ofrece el Estado para la población, como salud y educación. Por ejemplo, qué tan bien equipado está un centro de salud o cómo se usan ciertos equipos en el aula. Una segunda área es el uso de tecnología en hacer el Estado "transparente" para los ciudadanos (sobre la distinción entre población y ciudadanos, ver aquí). Por ejemplo, cuántos datos publica una institución pública o cuán accesibles son sus datos. En términos generales creo que podríamos agrupar a estas dos áreas en discusiones sobre tecnología que "afecta directamente" a la población. En otras palabras, se trata de discusiones sobre tecnologías cuyos efectos son claramente visibles e intuitivamente relacionables con la tecnología que los produce. Estas dos características combinadas, efectos fácilmente identificables (1) sobre/para la población/ciudadanía (2), hacen que resulte lógico que ocupen mayor atención en la discusión pública, después de todo es de lo que suelen ocuparse los medios.

Por otro lado, creo que existen otras tecnologías estatales que reciben poca atención en la discusión pública: tecnologías que "afectan indirectamente" a la población. Por ejemplo, softwares que aplican algoritmos de clasificación socioeconómica para la ejecución de programas sociales o sistemas de asistencia técnica virtual para gobiernos subnacionales. Aquí es donde la característica de directa o indirectamente debe ser tomada con cuidado. Por ejemplo, los softwares de clasificación socioeconómica repercuten de gran manera en la ejecución de programas sociales ya que de ellos depende si las poblaciones más vulnerables pueden obtener o no los beneficios de los programas sociales. O en el caso de sistemas de asistencia técnica virtual, de estos depende que un proyecto de inversión pública (carreteras, escuelas, etc.) puedan ejecutarse correctamente. No obstante, sus efectos no son fácilmente relacionables a su origen, es más, lo más probable es que los artefactos y los procesos en los que se emplean no sean conocidos en lo absoluto o que sean solamente discutidos en comunidades de expertos. Como señala Bijker, son precisamente estas tecnologías “menos visibles” las que tienen efectos más penetrantes en las vidas de los individuos, especialmente, de los sectores poblacionales más vulnerables por lo que es importante deliberar al respecto.

Sin embargo, la solución a esto no es simplemente la discusión pública o mediática sobre estas tecnologías, donde intervengan la llamada sociedad civil. El grado de conocimiento especializado que requieren algunos de los elementos de estos ensamblajes sociotécnicos que llevan a cabo los procesos estatales es tal que un “ciudadano de a pie” no podría, ni tendría que, participar de manera significativa en la deliberación. Lo que si considero necesario es una mayor pluralidad entre las voces de los distintos actores involucrados en los mismos ensamblajes, por ejemplo, los burócratas subnacionales, que son quienes trabajan directamente con estas tecnologías.

9 de junio de 2016

De "mejorar la raza" a "mejorar el voto"


Luego de los primeros resultados de las elecciones, las típicas reacciones despotricando en contra de quienes no votaron como uno empezaron a aparecer. Mi intención no es rasgarme las vestiduras, sino establecer dos comparaciones: 1) entre las reacciones de dos posiciones políticas que se supone que son opuestas, al menos hasta cierto punto, y 2) entre la visión detrás de estas dos reacciones y la visión de los diseñadores de políticas de población del siglo XIX y XX.

Luego de la primera vuelta, algunos de comentaristas neoliberales argumentaron que el voto del sur del país, que optó mayoritariamente por la izquierda, se debía a su posición "antisistema", algo que podía solucionarse si es que eran educados (aunque no queda del todo claro si deberían ser educados sobre economía para que puedan entender el "modelo", o educados para desarrollar habilidades que le servirán para ofertar su fuerza de trabajo para insertarse al mercado laboral y puedan desarrollar una afinidad orgánica con el "modelo". Probablemente lo segundo sea más efectivo, después de todo, ¿para qué explicarte el "modelo" si puedes vivirlo?). Ahora, luego de la segunda vuelta, observo una conducta similar, pero ya no por parte de comentaristas neoliberales, sino de algunos progresistas, que argumentan que el voto del norte del país, un voto por "la mano dura", también podía corregirse si es que son educados (aquí mayoritariamente se refieren a contenidos, específicamente sobre historia nacional).

En un pasaje del libro "Formaciones de indianidad", Marisol de la Cadena, explica como la educación fue considerada como un proyecto biopolítico de construcción de nación. Desde esta visión, la educación era un medio para "mejorar" a la población indígena, a quienes no se les consideraba individuos en las mismas condiciones que los blancos o mestizos. Solo una vez educados y que, en consecuencia, se "volvieran" ciudadanos, podían integrarse al proyecto modernizador que tenían las élites.

Creo que ambas visiones (la pasada de los diseñadores de políticas de población de los siglos XIX-XX y la actual de neoliberales y progresistas) parten de una idea similar de la educación. Un sujeto, en tanto tenga alguna capacidad de razonar, puede ser "mejorado" a través de la educación, ya sea para que finalmente "sean parte de la nación" o para que puedan votar "adecuadamente" (pero ¿acaso la segunda no es la actualización políticamente correcta de la primera?). Lo más preocupante de esta visión es lo que sucede cuando el sujeto, luego de pasar por la educación, se rehúsa a integrarse en los proyectos modernizadores: ¿cómo es posible que, a pesar de ser educado, no se integre al proyecto? ¿No tiene capacidad de razonar?

En este último punto observo bastantes similitudes con el razonamiento detrás de la producción y difusión de explainers (algo que he tratado antes). Resumiendo: si alguien que está informado de algo problemático pero no lo comprende por lo que incurre en esa acción es calificado como bruto. Sin embargo, si alguien está informado de algo problemático, lo comprende y aún así incurre en esa acción, es perverso. Aquí la paradoja del neoliberal y progresista se vuelve evidente: ¿cómo incluir al resto en su proyecto de país si es que a pesar de sus esfuerzos por educar/informar (a los no educados/desinformados) aún se encuentran rodeados de sujetos que califican como brutos o perversos?

23 de mayo de 2016

Preocupaciones liberales y algoritmos

Creo que, a grandes rasgos, el mainstream del debate sobre algoritmos se pueden clasificar en dos áreas: 1) algoritmos relacionados a servicios o transacciones y 2) algoritmos en asuntos de seguridad. En el primer grupo entrarían las discusiones sobre servicios que utilizan algoritmos en sus modelos de negocio (por ejemplo, Google, Netflix, Facebook). En el segundo grupo estarían las discusiones sobre sistemas de seguridad nacional o internacional que utilizan algoritmos para su operación (por ejemplo, vigilancia de sujetos a partir de sus perfiles en social media o la identificación de amenazas “potenciales” para ataques de drones). Lo que tienen en común estas dos áreas es que parten de una preocupación liberal-individualista. Es decir, están enfocadas en como la libertad de un individuo puede ser afectada, ya sea por un Leviatán estatal (en el caso de la seguridad) o un Leviatán corporativo (en el caso de los servicios o transacciones). Esta preocupación parte de una concepción liberal tanto del Estado como del Mercado. Es decir, se conciben como un “desenmascaramiento” de prácticas que contravienen valores como la libertad y la neutralidad. Ejemplos de esto son las revelaciones de que Facebook no es simplemente una plataforma que muestra lo más popular sin intervención humana alguna (algo de por si contradictorio en sí mismo) o que los políticos autorizan el funcionamiento aparato que vigila las comunicaciones de los habitantes

Por otro lado, creo que un tema que no está presente en el mainstream es el uso de algoritmos por parte del Estado para administrar a la población. Cuestiones como la clasificación de niveles pobreza no están presentes en las discusiones sobre tecnología y más bien se encuentran en recluidas en discusiones técnicas entre economistas. Mi suposición es que esto se debe precisamente a la preocupación liberal-individualista mencionada anteriormente. El mainstream de las discusiones trata a los sujetos como ciudadanos-consumidores con derechos a proteger, y no como población a administrar. El problema que encuentro en esta aproximación es que se concentra en quienes tienen la capacidad de consumir o en formas potencialmente represivas en las que el Estado controla sujetos, dejando de lado prácticas estatales cotidianas de administración, las cuales afectan mayormente a los sectores más vulnerables de la población. A diferencia del enfoque anteriormente descrito un estudio sobre el uso de algoritmos para la administracion de población no debería quedarse en “desenmascarar” el uso de algoritmos, sino en proponer ajustes para mejorar el funcionamiento de estos algoritmos y lograr una administración eficaz de la población.

29 de abril de 2016

(Re)produciendo el "modelo"

"Los mercados se anticipan a las cosas." - Alfredo Thorne

"Capital is highly incentivized to detach itself from the political eventualities of any specific ethno-geographical locality, and — by its very nature — it increasingly commands impressive resources with which to ‘liberate’ itself, or ‘deterritorialize’." - Nick Land





Lunes 6 de junio del 2011. Día siguiente a la elección de Humala como presidente. La Bolsa de Valores de Lima registró la peor caída de su historia. La amenaza al "modelo" pasó a ser una realidad, o al menos eso era lo que decían los medios de derecha limeños. Finalmente, todos sabemos como terminó esto.

¿Realmente Humala tenía otra opción? ¿O es que realmente no hay alternativa? Inicialmente la respuesta parece ser no. Tanto el aparato burocrático de la entidad estatal más fuerte del país como las fuerzas del capital globalizado (ver el caso de SYRIZA en Grecia) parecen ser demasiado poderosos como para ser desafiados y tratar de modificar el “modelo” en el país.

¿Por qué regresar al 2011? Me parece que es a partir de las elecciones del 2011 que el discurso sobre el “modelo” toma mayor consistencia por dos razones. Primero, el Perú se encontraba en pleno boom de commodities y su economía crecía a un ritmo acelerado. Segundo, a diferencia de las elecciones del 2006, en las que ganó quien era más afín al “modelo” (Alan García como el “cambio responsable”), en el 2011 ganó el candidato, en teoría, opuesto al "modelo". No obstante, a pesar de su derrota en las elecciones, el “modelo” gana afuera de las urnas. Esta muestra de poder y la demostración de lo que el “modelo” podía lograr, terminaron por consolidar el discurso del “modelo”.

Sin embargo, ¿qué es el “modelo”? ¿Qué es esta entidad tan poderosa y referida? En Anticadidatos describo al “modelo” como un significante vacío o flotante. Si bien el “modelo” se refiere a las políticas neoliberales que ha seguido el país durante las últimas décadas, debido a que es utilizado vagamente en el debate mediático, este termina significando varias cosas y ninguna a la vez, lo cual permite que se utilice para justificar o explicar distintas acciones.

Esto se nota claramente en las recientes columnas y espacios de opinión de los medios de derecha, los cuales se han esforzado en tratar de demostrar cómo es que la mayoría de los peruanos ha votado a favor del “modelo”, algo que considero equivocado (ver post anterior) y que las mismas cifras de las encuestadoras se encargan de refutar (según Ipsos, solo el 42% de los que votaron por PPK lo hicieron por un motivo explícitamente ligado a la economía y 89% quiere un cambio en el "modelo" entre moderado y radical).

Entonces, ¿el "modelo" solo existe en el discurso de los medios de derecha? ¿Solo existe como un set de reglas que tienen que seguir los tecnócratas del MEF? ¿Qué hay acerca de la caída de la bolsa cuando ganó Humala? ¿Acaso eso no es algo real con consecuencias concretas? Si, el “modelo” es algo real pero su realidad solo es posible gracias a la actualización del discurso sobre el “modelo”. Si nos detenemos en este nivel ideológico-discursivo, podría considerarse al “modelo” como una hiperstición.

Nick Land define a una hiperstición como una “profecía autocumplida”. A diferencia de una superstición, que solo es una creencia falsa, una hiperstición “por su propia existencia como idea, funciona causalmente para hacerse realidad a si misma”. Para Land, la economía capitalista es altamente sensible a la hiperstición porque la confianza actúa para que algo sea efectivo, y lo efectivo actúa para que exista confianza. En palabras de Land “[el capitalismo] convierte la mundana ‘especulación’ económica en una fuerza global e histórica efectiva.”

No obstante, ¿qué existe más allá del nivel ideológico-discursivo? El mismo Land afirma que una hiperstición se encuentra en equilibrio “entre la ficción y la tecnología”. Si tomamos a la tecnología como los medios materiales mediante los cuales la idea del "modelo" se realiza, entonces el “modelo” empieza a parecer algo mucho más concreto. Esto nos obliga a considerar la propiedad y el control sobre el acceso a la infraestructura de los medios de producción, de comunicación y bienes financieros. Es en esta compleja red de actores en la cual el “modelo” es (re)producido.

Una vez que consideramos esta dimensión material y la imbricación de distintos medios materiales en la producción del "modelo", resulta lógico que ocurran situaciones como la caída de la bolsa en el 2011. El sector de propietarios considera que una opción política no favorece sus intereses, los medios de comunicación (propiedad de grupos de este mismo sector) producen mensajes sobre cómo esta opción política no produce confianza. Si esta opción gana, este sector de propietarios toma acciones que materializan esa desconfianza (p.e. venta de acciones, reducción de personal, detención de inversiones) que afectan la economía. Luego, los medios de comunicación, culpan a la opción política de la situación económica por no producir suficiente confianza, por lo que, finalmente, la opción política se encuentra en la disyuntiva de tomar acciones (p.e. asegurar la permanencia de cuadros tecnocráticos) que inspiren confianza (y así mantener el “modelo”) o enfrentarse a un sector que actúa generando desconfianza. Este escenario no es necesariamente coordinado ni planificado, sino producido por la secuencia de sucesos ocasionados por las acciones tomadas por mismo el sector de propietarios. Como explica Wolfgang Streeck al hablar sobre la situación post-crisis en Europa: "En lugar de concentrarse en números específicos, las discusiones comenzaron a concentrarse en intangibles como la capacidad de confiar en las políticas de un país y en la confianza que estas inspiran en la psicología de los propietarios de bienes financieros."

No obstante, a pesar de ser parte de la red semio-material que (re)produce el "modelo", los medios de comunicación, especialmente los comentaristas, reifican el "modelo", como si fuera algo externo a ellos, algo que ellos no contribuyen a (re)producir, y que existe únicamente como un set de reglas a seguir, o peor, como un “espíritu de la época” al cual se le atribuyen múltiples significados (y que es cuando termina funcionando como significante vacío o flotante). Al hablar sobre la performatividad en la economía no estoy diciendo nada nuevo, sin embargo, creo que es necesario identificar los mecanismos mediante los cuales el discurso se actualiza para dar un paso más allá de sobre lo malo o moralmente reprobable del "modelo".