22 de septiembre de 2014

Caviarología


Cita de “Cartografiando la sociedad civil: raíces del deseo antiautoritario en la política peruana” de Mariana Barreto Ávila en "Sombras coloniales y globalización en el Perú de hoy" de Gonzalo Portocarrero (Ed.), 2013 (p.248, 249 y 250):

Estas personas que nosotros hemos llamado clase media ilustrada se definen como una orientación ideológica y no tanto como un grupo. Me refiero a que, en muchos casos, los valores por los que se rigen se corresponden con las declaraciones de «misión» y «visión» de las organizaciones de las que forman parte. Debemos agregar también que muchas veces han sido identificados desde fuera por quienes financias sus iniciativas.
Proyectan, además, una imagen de grupo cerrado y endogámico. Circulan por los mismos espacios, se encuentran en los mismos comités, directorios, reuniones de trabajo y reuniones sociales. Son siempre ellos los puntos de referencia. Y, como pudimos observar en la sección anterior, no hay una renovación generacional evidente.
En esta línea, Gonzales (2010) señala que el prestigio de los intelectuales emerge en círculos sociales sumamente herméticos, dentro de «tribus intelectuales», como las llama: grupos que no incorporan a personas de otros sectores. Esto pone en evidencia, por ejemplo, el hecho de que su producción intelectual solo suele ser comentada entre ellos mismos. De la misma forma, solo los medios más cercanos los legitiman. También es relevante agregar acá que la mayor parte del tiempo las universidades y los intelectuales compiten entre si y por ellos solo le otorgan legitimidad a aquellos que pertenecen a sus círculos más cercano.
[…]
Como he mencionado líneas atrás, el grupo de intelectuales analizado en este trabajo fue llamado al comienzo «los cívicos» no solo porque sus integrantes venían de la sociedad civil, sino por el tono moralizador que solían emplear cuando se dirigirían a audiencias más amplias. Gouldner (1975-1976) sostiene que los intelectuales suelen partir de la premisa de que los problemas humanos tienen raíz en una ignorancia de la que nos podemos deshacer –al menos de forma parcial- con un discurso crítico y reflexivo, del que ellos son los portadores. Los intelectuales son, como he dicho antes, elitistas; no obstante al mismo tiempo llevan dentro de si una racionalidad emancipatoria. Es acá en donde emerge una contradicción: mientras que esta racionalidad permite reaccionar ante formas institucionalizadas de dominación, también contiene la semilla de una nueva forma de dominación (Gouldner 1975-1976). A la vez, estos intelectuales son autoritarios en la medida en que presentan sus visiones y alternativas como el único camino posible para la emancipación. Su subjetividad, cuya perspectiva trasciende, como hemos visto, los intereses inmediatos de su grupo, está en constante tensión con el deseo de lograr notoriedad personal y, por lo tanto reconocimiento de la opinión pública. Esta puede ser una de las razones por las que este grupo permanece hermético a otras personas, al margen de su edad, procedencia, etcétera, y no parece renovarse.
De alguna manera, hay pretensiones de lucidez y de querer «educar» a los demás. Estos intelectuales marcan una distancia y una superioridad frente al resto de la sociedad, que debe aprender de ellos. Y en sus versiones extremas este discurso puede terminar configurándose como una tentativa de adoctrinamiento. Se parte de argumentos aparentemente muy sólidos, sobre la base de hecho y cifras muy científicas, quizás, pero que carecen de sentido. Además, están cerrados a cualquier cuestionamiento y a cualquier matriz, lo que en última instancia no permite crear nuevas perspectivas o delinear rumbos alternativos.

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