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20 de marzo de 2017

Sentir al Estado


"Yo si siento al Estado presente". Detengámonos un momento a pensar lo que implica sentir la presencia del Estado. En un primer nivel podríamos cuestionar qué es el Estado en si mismo. Para zanjar rápidamente esta enorme discusión teórica, quedémonos con la perspectiva que ve al Estado como un actor-red: el Estado "está constituido por una matriz de ideas y representaciones altamente compleja, agencias gubernamentales y burocráticas, territorio y habitantes" (Carroll, 2000; citado en Passoth y Rowland, 2010). Esta perspectiva pone atención a "las diversas y múltiples prácticas interconectadas que generan el tipo de 'estatalidad' que usualmente entendemos como las cualidades del Estado moderno" (Passoth y Rowland, 2010) en lugar de la acción del Estado como un ente unificado. En este sentido, "sentir" al Estado significaría sentir las consecuencias o efectos de estas prácticas ejecutadas por diversas agencias estatales, y los humanos y no-humanos que las componen. En concreto, en este nivel, un habitante siente al Estado presente en tanto recibe atención, servicios o bienes materiales de instituciones estatales a través de sus burócratas o trabajadores. 

En un segundo nivel, ¿cómo es que alguien que no experimenta la misma atención, servicios o bienes materiales (ya sea porque no se encuentra en la zona de atención o porque no se relaciona con la infraestructura estatal en cuestión) siente al Estado? Aquí es donde habría que tener en cuenta la posibilidad de una "presencia mediada". Si gran parte de las acciones de las prácticas de las diversas instituciones no son accesibles a través de la misma experiencia, sino conocidas a través de medios, entonces la presencia que uno puede decir "sentir" es una percepción formada a partir de la información que uno consume a través de los distintos medios a los que se expone. Es sobre todo en este nivel donde la concepción del actor "Estado" como un ente reificado cobra mayor fuerza. En este nivel debemos pensar cuáles son nuestros hábitos de consumo de medios, a qué medios solemos exponernos más y, dentro de estos, a qué tipo de discursos. Por ejemplo, ¿cómo es que alguien que consume en su mayoría radio y diarios populares "siente" al Estado? ¿Es distinta a la presencia del Estado que "siente" un heavy user de social media? Esta última pregunta es importante debido a que se tratan de medios y hábitos de consumo relativamente recientes. ¿Cómo comparamos la "sensación" de presencia del Estado de ahora con la de hace dos décadas si es que existe una intensificación del consumo de información?

En un tercer nivel, habría que introducir la noción de distancia sociocognitiva (Van Dijk, 1997). La cognición social puede definirse escuetamente como la manera en que nosotros construimos nuestro conocimiento de la realidad (Antaki y Condor, 2006 [1997]). La distancia sociocognitiva se refiere a la diferencia al evaluar a distintos grupos respecto a nosotros, como grupo social. Una representación más positiva de un grupo significa una menor distancia de ese grupo respecto a nosotros. En el caso del Estado debemos preguntarnos: ¿cuán cercano es el grupo encargado del gobierno respecto a nosotros? ¿Cambiaría nuestra sensación mediada de la presencia del Estado si es que el grupo que está en el gobierno fuera más distante de nosotros? Este nivel es el que posiblemente tiene mayor repercusión en la memoria de las personas. Es así como las acciones del Estado bajo un gobierno pueden ser recordadas como "sentidas" si es que fueron ejecutadas por un gobierno que percibíamos cercano a nosotros.

Estos dos últimos niveles no significan que la presencia estatal solo sea una cuestión mediación y percepción. Como mencioné al principio, se puede sentir la presencia del Estado de manera directa a través de las prácticas de distintas agencias gubernamentales. Asimismo, estas prácticas pueden ser corroborables o medibles a través de distintos indicadores. Por ejemplo, es casi un sentido común hablar de la presencia del Estado a partir de la ejecución de presupuesto de inversión (a pesar de que probablemente no sea el mejor indicador para este propósito).



Referencias

Antaki, C., y Condor, S. (2006 [1997]). Cognición Social y Discurso. En Van Dijk, T.A. (Comp.), El discurso como estructura y proceso (3ª reimpresión) (pp. 453-489). Barcelona: Gedisa

Carroll, P. (2000) Colonial Discipline. Dublin: Four Courts Press.

Passoth, J. y Rowland, N. (2010). Actor-Network State: Integrating Actor-Network Theory and State Theory. En International Sociology, November 2010,Vol. 25(6): 818-841

Van Dijk, T.A. (1997). Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona: Paidós.

15 de diciembre de 2016

Nunca se trató de la verdad

"Posverdad" ha sido, durante las últimas semanas, la palabra de moda entre los comentaristas mediáticos. Utilizada en los contextos de las elecciones estadounidenses y el referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea, la palabra ha sido adoptada en el debate sobre la política local, básicamente para describir declaraciones falsas de políticos o situaciones desencadenadas por creencias no necesariamente reales. El objetivo de este post es discutir brevemente los fundamentos sobre los que descansa la "posverdad": la concepción de verdad en el debate mediático basado en premisas liberales, así como enfocar la atención a las instancias de producción y consumo de información para poder aprehender este fenómeno de una mejor manera.

Los más alarmados y preocupados con la "posverdad" parecen ser los comentaristas que tienen una concepción "liberal naive" de los medios. Bajo esta concepción, los medios funcionan, a grandes rasgos, de la siguiente manera: ocurre un acontecimiento, los medios recogen la información del acontecimiento y la difunden entre los individuos (a pesar de que declaren que obviamente los medios no funcionan así, actúan como si efectivamente lo hicieran, irónicamente encajando en la definición de ideología de Žižek). En este modelo la "posverdad" sería problemática debido a que los medios no estarían difundiendo la información del acontecimiento "tal como sucedió", sino que están modificándola al punto de que no guarda correspondencia con el acontecimiento. Aquí hay que tener cuidado con la crítica relativista que cuestiona que efectivamente se puede hablar de una correspondencia entre la información y el acontecimiento. Si bien nunca se puede informar sobre el acontecimiento "tal y como sucedió", existe una convención sobre cuanta edición se puede realizar en la labor de mediación sin quebrantar el efecto de verdad. Es el procedimiento el cual hace que finalmente una información sea lo suficientemente real. Esta convención sobre la "editabilidad" del acontecimiento, no obstante, está marcada por las relaciones de poder de los actores que participan en el acontecimiento: es así como la información difundida sobre grupos marginales o estigmatizados es normalmente más suceptible a ser distorsionada. Es precisamente por esto que las élites tecnocráticas y sus seguidores encuentran esto más allá de su comprensión: ¿cómo es posible que se distorsione a la élite? Esta distorsión es tan incomprensible para ellos que tuvieron que inventar una palabra para explicarla.

Pero ¿por qué esto afecta particularmente a la tecnocracia y a quienes son afines a ella? Esta pregunta nos lleva a la concepción de verdad. Dentro de la marco liberal del debate mediático, los tecnócratas y los científicos sociales son los productores de la verdad. Ellos son quienes, a través de distintas metodologías científicas producen los datos sobre la realidad social, datos sobre los cuales después los medios elaboran información. No obstante, en un escenario en el que los medios mainstream (no solo cuentas de social media de procedencia cuestionable) difunden información a un ritmo cada vez más acelerado, de manera casi prefabricada y sobresimplificada, la información se devalúa, Rápidamente su confiabilidad es cuestionada y pierde la principal cualidad que debería distinguirla de "medios alternativos" (en este sentido es una confiabilidad relacionista más que relativista, debido que la información de un medios es confiable en relación la información de otro medio). ¿Por qué, si los medios mainstream informan y normalizan lo que sucede en social media, uno no puede informarse directamente de ahí? El mismo afán de inmediatez por el cual los medios recurren a distintas plataformas de social media termina tornándose en su contra. Cuando los medios mainstream tratan de advertir acerca de los aspectos inconvenientes de informarse a través de las mismas plataformas que ellos promueven ya es demasiado tarde.

A partir de la definición problemática de "posverdad", los comentaristas concluyen que el problema se debe a que ahora gran parte de los individuos se informan a través de social media, lo cual generaría "burbujas de filtro": plataformas como Facebook o Twitter permiten armar un feed de información personalizado que lo usuarios estructuran de tal manera que solo se enteran de noticias que refuerzan sus creencias. La primera pregunta que esta idea nos obliga a plantearnos: ¿cuándo, en la historia reciente, esto no ha sido así? ¿Ha sido a partir del 2016 que los individuos han comenzado a informarse preferentemente con lo que es afín a su ideología? ¿No? ¿A partir del 2015? ¿2010? ¿2000? Lo que los entusiastas del concepto de posverdad deberían responder es por qué consumir información  distorsionada por afinidad ideológica hace una década no es "posverdad" y ahora sí lo es. En segundo lugar, el problema de la metáfora de la burbuja es que suele trasladar la responsabilidad a los individuos, como si se tratara de un asunto solo de consumidores: escapar de la burbuja implicaría que este mismo consumidor de información seleccione noticias que no son acordes a sus creencias, de modo tal que tenga un feed "balanceado" Esto, como podemos intuir, es poco probable que suceda, debido a que 1) lo que uno quiere creer no es tanto un conjunto de cosas concretas, sino actitudes frente a distintas temáticas; y, en consecuencia, 2) leer contenido con el que uno no está de acuerdo no cancela o anula las creencias previamente sostenidas llegando a una suma cero en la que el individuo considera "ambas versiones" para luego tomar una posición en base a los "hechos verdaderos" que haya podido discernir.

Para abordar lo que el concepto de "posverdad" trata de explicar se necesita una entendimiento más complejo de la información mediada y su cualidad de verdad. Regresando a la concepción liberal de los medios, que tiene como ideal una correspondencia total entre el dato recogido, lo transmitido y lo interpretado, una manera alternativa de comprender la circulación de la información se cuestionaría qué es la información en cada instancia: ¿es realmente un "dato duro" desde que es recogida hasta que llega al individuo o cambia su naturaleza a medida que recorre cada instancia? Lo que para un científico social es un "dato duro", para el periodista es el testimonio de un experto, para el individuo es el discurso de un medio y, finalmente, una creencia compartida para una audiencia. Entender esto es clave debido a que, en primer lugar, nos ayuda a evitar soluciones como intensificar la difusión de datos duros o la sobresimplificación de los mismos, acciones que en primer lugar permitieron la devaluación de la confiabilidad relacional de la información de los medios mainstream. En segundo lugar, y finalmente, nos permite comprender las distintas instancias de producción y consumo mediático en las que la información debe ser disputada. Para comprender la "posverdad" (o mejor dicho, el consumo información de acuerdo a la ideología) no debemos quedarnos en juicios moralizadores que tratan de ignorantes a quienes creen información distorsionada o de perversos a quienes la producen, sino debemos buscar los patrones que permiten que la información parezca coherente por su paso entre distintas instancias.

7 de marzo de 2016

Los medios median


Puede parecer totalmente inútil recordar que algo hace precisamente lo que su nombre indica pero a veces es necesario. En el contexto de las actuales elecciones algunos actúan como si los acontecimientos fueran percibidos directamente por los individuos, dejando de lado la labor de mediación entre el acontecimiento y los individuos. Obviamente si es que uno les hace notar esto la respuesta inmediata es “¡claro que estoy consciente de lo que hacen los medios!”. No obstante, actúan como si no supieran lo que declaran saber (probablemente la noción de ideología de Žižek sea útil para entender esto).

Una consecuencia de actuar como si la labor de mediación no existiera es atribuirle el mismo razonamiento detrás de la reacción que uno tuvo sobre un acontecimiento a otro individuo con una reacción similar. En este escenario, si tanto uno como otro individuo perciben el acontecimiento sin labor de mediación (directamente) y tenemos reacciones similares, es racional que tengamos el mismo razonamiento detrás. Esto puede ser representado en el siguiente esquema:

 

La simplicidad de este esquema cambia si es que añadimos la instancia de la mediación en donde se decide desde lo más básico del mensaje (¿Qué se dice del acontecimiento? ¿Cómo se dice?) hasta características metaenunciativas como la frecuencia y el alcance del mensaje. Es precisamente la labor que se realiza en esta instancia la cual produce distintas reacciones y, más importante, distintos razonamientos detrás de cada reacción.



Ahora, si tomamos en cuenta que existe más de un solo medio, que cada uno hace una labor de mediación distinta y que los razonamientos de los individuos detrás de sus reacciones varían de acuerdo a cada una de estas mediaciones, el esquema se vuelve más complejo.



Entre distintas reacciones similares probablemente haya individuos que tengan un razonamiento parecido, pero otros que no. Lo más probable es que el grado de similitud en el razonamiento detrás de la reacción dependa de una variedad de características demográficas.

Precisamente el problema de las encuestas (o mejor dicho, uno de los problemas) es que miden reacciones a acontecimientos a través de proposiciones, sin tomar en cuenta los distintos razonamientos que hay detrás de cada una de estas reacciones, agrupando reacciones similares de individuos de grupos demográficos distintos solo en base a su similitud. Por ejemplo, las preguntas como “¿Aprueba o desaprueba que este político haya cometido este acto?” agrupan las respuestas de los encuestados en dos opciones, sin importar si un individuo desaprueba el acto por A y otro individuo lo desaprueba por B, lo que importa es que ambos individuos tienen la misma reacción ante el acontecimiento sobre el cual pregunta la encuestadora.

Finalmente, la falta de atención del razonamiento detrás de las reacciones permite que los presentadores y comentaristas mediáticos le "otorguen" un razonamiento a las reacciones de la “opinión pública”, un razonamiento de acuerdo al tratamiento que mismo los medios le han dado al acontecimiento. Lo cual también es labor de mediación.