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6 de agosto de 2019

Del "que se vayan" al "nos vamos"

Durante la campaña presidencial del 2016, Julio Cotler comentó que en el Perú no existen movimientos, sino protestas. Traigo a colación este comentario debido a la propuesta de adelanto de elecciones del presidente Vizcarra. Si desde hace un par de años el reclamo general del público es "que se vayan todos", ¿cómo es que llegamos a un punto en donde un presidente dice "nos vamos todos"?

Para responder esta pregunta creo que es importante tomar en cuenta la posición desde la que Vizcarra enuncia este mensaje. Más que jugar a desentrañar una supuesta estrategia de Vizcarra en base a trascendidos - algo que últimamente parece haberse convertido en un deporte nacional -, me interesa cómo opera lo que enuncia Vizcarra ante el público, en un contexto de precariedad política y social.

Al tratarse de un presidente cuya única fuente de legitimidad es su popularidad, sin bancada ni partido, pedirle que gobierne "respetando las formas" - p.e. completar los cinco años de gobierno - es fútil y, más bien, integrarse a la ola de ira - no tanto montarse sobre - hacia los corruptos como un miembro más del público es casi un reflejo por sobrevivir políticamente. Vizcarra parece haberse apropiado de la narrativa de ser solo alguien más que "se topó" con la presidencia y, al tener tal poder, asume la responsabilidad de no solo transmitir sino de ejecutar directamente el deseo del público. Figurativamente hablando, podría decirse que Vizcarra es el tipo gritando "que se vayan todos" en la calle en la posición de decidir "nos vamos todos".

No obstante, ¿por qué fue el presidente quien tuvo que pedir que se fueran todos, él incluido? ¿Por qué no fue un movimiento el cual forzara la salida de todos? Por un lado, el sujeto neoliberal, preocupado en sobrevivir día a día la precariedad social del país, no parece poder expresar su malestar más allá de las demostraciones de ira y rechazo observables en medios. En este sentido, pareciera que el Perú vive una crisis política para la cual paradójicamente nadie tiene tiempo. Por otro lado, las protestas en el país suelen ser específicas y/o localizadas, y al ceder su particularismo para abarcar cuestiones más generalizadas su potencial disruptivo se difumina. El gran movimiento articulador de todas las protestas, que algunos sectores de izquierda esperan y que lograría que "todos se vayan", nunca iba a llegar.

Poniéndolo en perspectiva, posiblemente la salida propuesta por Vizcarra sea la medida que mantenga el orden del país, probablemente su mayor interés como un presidente de derecha popular. Acciones como el endurecimiento de las medidas migratorias y la militarización de conflictos extractivos nos hablan de alguien que quiere "dejar la casa ordenada" en lugar de un gran reformista, como algunos lo quieren ver, algo que además se contradice con su propia intención de realizar elecciones adelantadas sin algunas de las reformas políticas propuestas. Lo peor que le puede pasar al orden actual - y que puede acentuar más la incertidumbre que tanto dice temer el empresariado - es continuar dos años más con instituciones como el congreso actual, el cual genera una sensación de impunidad generalizada y que podría hacer que el público opte por alguna de las opciones llamadas "radicales" en el 2021. Llegar a un cambio de mando a entregarle el poder a alguien que continúe el modelo posiblemente sea el mayor logro al cual aspira un presidente en la posición de Vizcarra.

10 de febrero de 2019

Entre la ira y el castigo

Los últimos meses de la coyuntura política nacional han estado marcados por algo que los medios llaman "crispación política", algo que probablemente puede ser definido vagamente como un estado de alto antagonismo entre distintos actores políticos. Un lugar común que los medios repiten con frecuencia es que el "ciudadano de a pie" se encuentra cansado de este permanente antagonismo. En este texto quisiera ofrecer una lectura alternativa. Este estado de confrontación permanente con un enemigo cumple una función: canalizar la ira retenida de la ciudadanía hacia individuos o entidades que pueden ser nombradas e identificadas.

En una conferencia a fines del año pasado, el sociólogo inglés Will Davies sugirió que en la actualidad podemos distinguir dos tipos de iras en el plano sociopolítico. Por un lado, la ira lenta hace referencia a la ira que se acumula continuamente durante grandes periodos de tiempo, generalmente debido a una sensación de pérdida - de, por ejemplo, estatus social -, y genera un anhelo por reparar un orden o recuperar valores perdidos. Por otro lado, la ira rápida se trataría de la ira que se siente y expresa en el momento a partir de impresiones de lo que sucede en tiempo real, y se puede encontrar comúnmente en interacciones en social media. Este segundo tipo de ira tiene un efecto catártico para quienes están sobrecargados con el primer tipo, ya que les proporciona una sensación de satisfacción indirecta al poder descargar el descontento retenido.

La iniciativa anticorrupción emprendida por el gobierno de Vizcarra a partir de mediados del 2018 en cierta medida ejerce esta función de canalizar la ira. Para comprender exactamente cómo lo hace es importante tener en cuenta un par de factores. En primer lugar, un contexto de alta informalidad y precariedad - sumado al actual momento de estancamiento económico - produce sujetos cuya principal preocupación es sobrevivir día a día. El relato heroico del emprendedor en verdad es una penuria: se trata de trabajar para llegar al día siguiente. Este estado de ansiedad continuo produce un malestar acumulado que, al no existir vías adecuadas de reclamo ciudadano, no tiene forma de ser atendido ni, menos, solucionado.

En segundo lugar, los sujetos que sobreviven en este contexto precario saben que su forma de vida no es la única posible. Por el contrario, ellos saben que existe otro grupo de personas que no pasan por estas mismas penurias: los poderosos. Los poderosos son un grupo difuso de personas que, gracias a prácticas corruptas, evaden el tortuoso día a día por el que los sujetos comunes deben pasar para sobrevivir. Los poderosos han logrado "sacarle la vuelta" al sistema y disfrutan impunemente. El unánime rechazo a la corrupción no debería ser tomado como el nacimiento de un nuevo individuo institucionalista, sino como una abrumadora cantidad de sujetos hartos de que unos pocos se aprovechen del resto. Los idealistas que anhelan hacer del Perú una "verdadera" república palidecen ante una enorme proporción de sujetos molestos con quienes ostentan poder, aunque por el momento se encuentren del mismo lado. Por el momento.

Ni emprendedores ni republicanos, sino trabajadores precarios molestos. ¿Qué se les puede ofrecer? La cruzada anticorrupción de Vizcarra les brindó precisamente lo que podía apaciguar su ira acumulada: poderosos específicos a los cuales castigar. No obstante, el apaciguamiento de la ira no proviene del trámite burocrático de procesar y condenar a estos poderosos. El efecto catártico proviene del espectáculo del castigo, de ver y comentar como es que uno de estos poderosos es castigado. El nuevo ecosistema mediático permite que uno ya no solo vea la nota de dos minutos en el resumen de noticias nocturno, sino que siga en tiempo real todo el proceso. En cierto modo posibilita que el sujeto común se sienta involucrado en el acto del castigo en lugar de ser solamente un espectador. Es en esta participación en que el sujeto puede descargar su ira acumulada - la ira lenta - y a través de acciones de violencia simbólica, desde insultos hasta memes - la ira rápida.

Un elemento importante en la canalización de la ira son las figuras sentenciosas que actualmente abundan en los medios. Davies llama figuras sentenciosas a aquellas personalidades de relativa fama que dan opiniones sobre distintos temas en forma de sentencias, sentando su posición desde el inicio y, a partir de ahí, emitiendo condenas sobre los involucrados. Estas figuras no buscan reportar o informar sino construir un vínculo con su público a partir de aquello que les genera indignación en el momento. Esto es justamente el motivo por el cual el público busca estas figuras y las consume: no porque espera una visión balanceada sobre un tema, sino porque espera que tomen una posición y den su hot take sobre el tema del momento. La crispación política cumple su función de canalizar la ira precisamente gracias al espectáculo mediático que genera: sin la confrontación no habría personajes poderosos y corruptos a los cuales juzgar y castigar.

De acuerdo con esta perspectiva, el gobierno de Vizcarra necesita tener un grupo permanente e identificable de corruptos poderosos a los cuales señalar y enfrentar. La atenuación o el término de la confrontación tendría como consecuencia el fin de la catarsis de los sujetos. La acumulación de la ira sin catarsis le abre la posibilidad a otros sectores políticos de ganar adeptos para su propia lucha contra lo que ellos perciben como corrupción - p.e. en el caso de posiciones ultraderechistas, la corrupción político-económica está inextricablemente ligada a una corrupción moral, de decadencia de valores conservadores, por lo que su lucha contra la "corrupción" implica una lucha contra corrientes progresistas - o que el mismo Vizcarra, al ser una figura que concentra tanto poder, empiece a ser visto como otro de los tantos poderosos corruptos y termine siendo agrupado con el resto de expresidentes. Hasta ahora, el gobierno parece haberse dado cuenta de esto y protege a figuras claves como los fiscales de los casos de corrupción, sin los cuales el espectáculo del castigo no sería posible. Sin embargo, cabe hacerse un par de preguntas: ¿hasta cuándo podrá alargarse esta confrontación con la misma intensidad? Y ¿quién aprovechará esta ira cuando Vizcarra ya no pueda canalizarla o esté de salida? Recordemos que, por el momento, quienes impulsan un proyecto político institucionalista y republicano se han topado en el mismo lado con la gran mayoría molesta y precarizada. No obstante, esto no siempre va a ser así.

12 de julio de 2018

Una anécdota sobre boletos y choferes

Poco después de las 8 p.m. tomé un bus del servicio 209 en el paradero de Las Flores del Corredor Rojo en dirección oeste-este. Era la última persona en subir al bus en ese paradero. Al momento de subir y pagar el pasaje el chofer-cobrador me advirtió que se le habían acabado los boletos y que debía ser autorizado para entregarme uno. En ese momento no comprendí bien lo que me decía debido a que noté que en su mano tenía boletos pero ya que realmente no me interesaba recibir un boleto, no le di mayor importancia. Sin embargo, al empezar a avanzar por el pasillo del bus el mismo chofer me indicó - alzando la voz - que no me alejara tanto de él ya que de todas manera tenía que entregarme un boleto. Decidí hacer caso de su indicación y me quedé cerca del asiento del conductor.

Al llegar al siguiente paradero, el conductor abrió la puerta delantera (la de subida) para que una señora mayor que estaba sentada en un asiento preferencial (cercanos a la parte delantera) pudiera bajar. No obstante, luego, cuando las personas que esperaban en el paradero intentaron subir, el chofer les indicó que no podía hacerlos subir debido a que no contaba con boletos. A pesar del desconcierto de las personas, el chofer cerró la puerta del bus y siguió la ruta. Asimismo, el conductor pasó de largo en los siguientes paraderos: cuando las personas le extendían el brazo llamándolo el chofer seguía de largo, haciendo un gesto de "no" con la mano.

El conductor no se detuvo hasta el paradero de Jorge Basadre. A diferencia de los anteriores paraderos en este habían inspectores municipales. Al llegar al paradero en lugar hacer subir a las personas que esperaban en la cola conductor llamó con un gesto a uno de los inspectores, indicándole que se acercara al lado de su ventana. Al conversar con el inspector, el chofer le indicó lo mismo que a mí: ya no tenía boletos, y debido a esto necesitaba contactar a la central. El conductor y el inspector parecen tratar de llamar a un número con el celular del inspector pero sin mayor éxito. Luego de esto, el inspector se alejó para fotografiar la parte delantera del bus con el mismo celular y - al parecer - a enviar la foto mediante algún servicio de mensajería instantánea. El conductor volvió a tratar de conversar con el inspector pero este solo le hizo una señal para que moviera. El bus avanzó sin recoger a ninguno de los pasajeros que estaban en la cola del paradero - quienes estaban visiblemente disgustados.

El conductor siguió avanzando hasta el paradero de Masías - previamente trató de detenerse en el paradero de Petit Thouars pero los inspectores del paradero le hicieron una señal para que avanzara -, en el cual también habían inspectores municipales. De la misma manera a la parada anterior, el conductor no abre la puerta y llama a uno de los inspectores y le comunica que no tiene boletos, pero además le indica que ha estado tratando de comunicarse con un número telefónico y que este no le responde, y que deberían llamarlo a su celular. El inspector le pregunta el número, el cual el conductor le proporciona. Al momento el conductor recibe una llamada. Lo primero que le dice a su interlocutor es que ha intentado llamar a todos los números que tiene anotados pero no le han contestado. Asímismo le cuenta lo mismo que ya ha informado en todas las oportunidades anteriores: se le han acabado los boletos. No obstante, ahora añade una información adicional: tiene boletos de medio pasaje - los que vi al momento de subir al bus - y quiere vender esos. El interlocutor le pregunta por un número de padrón y el conductor revisa un papel con apuntes que tiene al lado del dinero que cobra. En este momento, los pasajeros del bus - quienes ya llevan varios minutos detenidos si contamos ambas paradas que ha hecho el chofer - protestan y le piden al conductor que avance. En medio de las protestas, el conductor responde el número de padrón que le solicitan y le plantea a su interlocutor que en este paradero suban solo quienes "ya están boleteados" - aquellos que compran su boleto mientras esperan en la cola - y que más adelante pueda vender los boletos de medio pasaje que tiene. Mientras escucha la respuesta de su interlocutor, los pasajeros del bus siguen protestando - el reclamo general parece ser "para qué para si no tiene boletos". Después de escuchar la respuesta, el conductor le agradece a su interlocutor y le pide disculpas. Luego de esto recién abre la puerta a quienes esperaban en la cola y les vende los boletos de medio pasaje como si fueran boletos regulares. 

***

¿Por qué escribí esto? Esta no es una historia que pretende dejar una reflexión sobre la formalidad/informalidad del transporte público o sobre la civilidad/incivilidad de los usuarios. En tanto es solo una experiencia anecdótica no creo que contenga una explicación sobre problemas complejos. No obstante, creo que sirve como ejemplo para ilustrar sobre la importancia de objetos que pasan desapercibidos y la adopción de prácticas no formales en la provisión de servicios públicos.

A diferencia de los micros y combis, los buses de los corredores están obligados a entregar boletos debido a la información inscrita en estos y el uso que se le da a esta. Si bien supuestamente los boletos que entregan los micros y combis también contienen un número de serie, la discrecionalidad con la que estos se entregan demuestra que esta información no es importante para sus operaciones, las cuales son vistas más como un negocio que como un servicio propiamente dicho. En contraste, los boletos de los corredores - los cuales contienen un número de serie y la fecha de entrega - son vitales en tanto se trata de un servicio público -  en este caso, proporcionado por un concesionario - el cual debe llevar y rendir cuentas. Si bien los boletos le permiten al servicio rastrear sus operaciones a través del tiempo y espacio, también es cierto que restringe la flexbilidad con la que los trabajadores pueden operar.

Esto nos lleva al siguiente punto que quería tocar: la adopción de prácticas no formales de los trabajadores públicos. En un contexto diferente probablemente el chofer sí hubiera podido dejar de hacer subir pasajeros hasta el fin de su ruta una vez que se le terminaron los boletos regulares. No obstante, en ese momento - un día de semana, en un horario en el que muchas personas suelen salir de trabajar - la demanda del servicio lo hizo buscar una solución a la falta de boletos. Si bien es cierto que posiblemente un set de reglas establecidas ayude a mejorar la eficiencia de un servicio, también es cierto que en el mismo trato con la población los trabajadores públicos se encuentren con situaciones imprevistas frecuentemente. Es precisamente en estas situaciones en las que las prácticas y canales de comunicación no formales son vitales para buscar salidas. Contactar a un superior para solicitar la aprobación de una solución improvisada a través de una llamada o un servicio de mensajería instantánea puede ser la diferencia entre proveer o dejar de proveer un servicio vital para la población. Muchas veces lo peor que puede pasar con un servicio público no es que se brinde de manera deficiente, sino dejar de brindarlo del todo.

En medio de tantas promesas de innovación en el Estado y servicios públicos - las cuales  frecuentemente son irrealizables o tienen alcances muy limitados - es fácil olvidar que posiblemente el primer paso para mejorar los servicios públicos existentes debería ser observar mediante qué prácticas estos logran funcionar en contextos adversos y precarios, en lugar de simplemente señalar su ineficiencia y/o informalidad y descartarlas desde el comienzo.

20 de marzo de 2018

Un cuarto de siglo

Hace algunos años Julio Cotler publicó un artículo acerca de la precariedad social e institucional del país. Hacia el final del texto, Cotler utiliza una frase: "Y sin embargo, se mueve". Esta es especialmente relevante en la coyuntura actual. ¿Cómo es que la idea de que "se vayan todos" es popular en gran parte de la población pero no se organiza nada con la suficiente fuerza cómo para que todos efectivamente se vayan?

Según se nos ha dicho, la dimensión macroeconómica del país funciona, mal que bien, gracias al "piloto automático": debido a que el modelo es prácticamente intangible, el Perú puede sobrevivir económicamente a pesar de su precariedad institucional. Si tomamos esta idea como cierta, creo que llevarla un poco más lejos podría explicar nuestra situación. El "piloto automático" no solo operaría en un nivel macro, sino también en un nivel micro: un cuarto de siglo neoliberal ha generado sujetos que funcionan en "piloto automático" para sobrevivir económicamente la precariedad social. Esto no es logrado (únicamente) mediante el discurso de una ideología hegemónica, sino a través de las prácticas cotidianas que estos sujetos se ven en necesidad de emprender.

Claramente quienes esperan el surgimiento de un espíritu republicano de esta clase de sujetos pueden esperar sentados. Su rechazo a la corrupción no debería ser confundido con impulsos institucionalistas, sino que debería ser tratado como reacciones de enojo y hartazgo de la precariedad en la que viven y cuya causa le atribuyen a cúpulas corruptas, en donde colocan tanto a políticos, empresarios y medios. Aprobar el encarcelamiento de personas percibidas como poderosas es una forma de juzgar a quienes ellos perciben como fuera de su alcance de hacer justicia. Es sintomático que, mientras sectores de la élite piden la liberación de políticos en defensa de un proceso legal correcto, a gran parte de la población le parece que una mayor cantidad de políticos deberían ser encarcelados ya. Los primeros solicitan la aplicación de normas para todos, los segundos desean la aplicación de un castigo para todos.

El sujeto neoliberal es socializado principalmente como un agente económico y probablemente aprende a ser cliente antes que ciudadano, con todas las consecuencias que esto puede acarrear. ¿Cómo movilizar a estos individuos? Probablemente la manera más efectiva es demostrar cómo determinadas acciones concretas tomadas por actores específicos no afectan solamente la sociedad en general, sino también su cotidianidad personal. No obstante, aquí existen dos problemas. Primero, quien tiene suficientes recursos materiales no ve la necesidad de movilizarse debido a que sus recursos le permiten sortear la precariedad de alguna u otra manera. Segundo, cuando los que no tienen recursos se movilizan son calificados como manipulados y revoltosos por las élites y por quienes viven en condiciones relativamente mejores. O, peor aún, sus protestas se normalizan y se convierten en un suceso más de la rutina de noticias diarias.

21 de noviembre de 2017

Nunca pierden

Esto es una breve continuación del post “Capos”.

¿Qué sucede cuando un capo falla en el Estado? Creo que suelen haber dos tipos de reacciones. La primera es el blindaje. A pesar de realizar acciones irrelevantes o, de plano, malas, el capital social con el que cuentan los capos les permite presentar su labor como un legado positivo (posiblemente como una “buena práctica”, en la jerga de la gestión pública neoliberal). En este punto no importa tanto que todos o siquiera que la mayoría del público enterado sobre su labor crean esto, sino que entidades o actores claves lo crean (o al menos aparenten hacerlo, debido a que se tratan de agentes con los cuales son ideológicamente afines o que favorecen sus intereses), algo que les permitirá recalar en su siguiente puesto, continuando con su calidad de capos (y posiblemente regresando a trabajar con o para el Estado más adelante).

El segundo tipo de reacción es la delegación de la culpa. Si es que se reconoce que las acciones desarrolladas no fueron exitosas, la culpa no es propia, sino del Estado. Los capos eran demasiado buenos para el Estado y sus burócratas. El Estado no habla el mismo idioma que el capo, y tampoco sigue el ritmo que el capo desea. Bajo esta lógica, no es el capo el cual se tiene que acomodar al Estado, sino al revés. Esta reacción le permite al capo desmarcarse de la culpa basándose en los clásicos prejuicios sobre la ineficiencia estatal, al mismo tiempo que los actualiza.

¿Qué es necesario para que un capo conozca la derrota, al menos temporalmente? Más que un desastre, posiblemente un escándalo.

27 de octubre de 2017

Ideas desordenadas sobre el Censo 2017

I.

En el periodo previo a la realización del censo, el debate mediático estuvo copado por las ansiedades de liberales y conservadores. Por un lado, existían reclamos respecto a la orden de inmovilidad durante el día del censo, debido a que se había anunciado que la policía podía detener a las personas por no acatarlo. Por otro lado, existían sectores preocupados por el respeto a su afiliación religiosa. Más allá de la coherencia (¿por qué los liberales no expresan la misma preocupación por la libertad de tránsito cuando se declara estado de emergencia en zonas de protestas?) o la razonabilidad (¿por qué un gobierno débil de derecha desearía enfrentarse a la mayoría religiosa del país?) de estas preocupaciones, el hecho de que estos temas ocuparan parte importante del debate mediático demuestra que estos temas coyunturales son utilizados para demostrar identidades políticas. Es decir, en lugar de discutirse sobre cómo la acción estatal será implementada en toda su complejidad, se utilizan aspectos o detalles específicos de su realización para marcar una posición en el escenario político y frente a seguidores y adeptos.

II.

La pregunta de identificación étnica, la cual también ocupó parte importante de la discusión mediática, merece una discusión aparte. Mientras que para algunos la inclusión de esta pregunta era problemática debido a que, argumentaban, una identificación precisa de la etnicidad de los peruanos es imposible, otros afirmaban que una pregunta como esta ayudaría a darle mayor importancia a minorías étnicas en el diseño de políticas públicas. El argumento de esta última posición era que en el proceso de elaboración de esta pregunta habían participado organizaciones representativas de estas minorías, proceso que sustentaba su inclusión. Sin embargo, creo que esta defensa se queda corta. La existencia de un proceso participativo no garantiza que el resultado sea óptimo. Por ejemplo, la falta de una opción predeterminada para personas con ascendencia japonesa o china, comunidades importantes en el país, me parece una omisión notable. Una observación más detallada de esa defensa hubiera preguntado por cuestiones como, por ejemplo, cuáles fueron los criterios de participación y proceso de invitación de las organizaciones, o qué sucedió entre las decisiones tomadas en las reuniones y la formulación final de la pregunta tal cual apareció en la cartilla. Lamentablemente, la discusión no fue en esta dirección.

III.

El mismo día del censo la atención se concentró en un tipo objeto en particular: los stickers que se pegaban en las viviendas censadas. Al observar que los stickers contenían el logo de una universidad con fines de lucro - la Universidad César Vallejo (UCV) - algunas personas buscaron el documento que permitía tal acción. Esta búsqueda no solo dio con el documento del acuerdo entre la entidad ejecutora del censo - Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) - y la UCV, sino que también se encontraron una multiplicidad de documentos que confirmaban acuerdos con otros privados que también colocaron nombres o logos en distintos objetos además de los stickers, como polos y gorras. La revisión de estos documentos permitió observar que no existía claridad en los términos del acuerdo relacionados a la información que el INEI compartiría con los privados. Mientras algunos confiaban en el imperio de la ley que protege la información personal, otros exigían que una pronta aclaración por parte del INEI. Las preguntas que caben hacerse acá - más allá del anuncio posterior de la misma PCM sobre el respeto de los datos - son: ¿a quién beneficia que la poca precisión en un acuerdo entre el Estado y un privado? Y ¿qué sucede con aquellos que no disponen de la suficiente expertise legal como para conocer que existen normas que protegen sus datos? ¿Solo les queda la incertidumbre?
Por otro lado, dar cuenta de esta red de documentos permite seguir el rastro de decisiones que involucran a otros actores estatales: ¿por qué el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) otorgó un presupuesto que llevó al INEI a buscar acuerdos con privados para tener recursos materiales? ¿Por qué no se dio un presupuesto suficiente como para contratar empadronadores experimentados en lugar de solicitar voluntarios? Son estas decisiones técnico-políticas que usualmente tienen poca visibilidad - las cuales también están inscritas en documentos de nivel ministerial - las que terminan por afectar la ejecución de acciones estatales a nivel micro.

IV.

Entender al Estado como una red de actores humanos y no humanos permite seguir el rastro de material de sus acciones. No hacer esto muchas veces impide aprehender situaciones en su complejidad total. El Estado y sus acciones son, como diría Latour, simultáneamente reales, narradas  y colectivas. No obstante, lo que suele suceder en el debate mediático es una concentración en los aspectos discursivos y sociales, mientras que la atención sobre los recursos materiales necesarios para la ejecución de estas acciones queda relegada, con poca visibilidad, solo en las manos de los técnicos.

17 de julio de 2017

Capos

En contextos de socialización de sectores limeños de clase media alta y alta es común escuchar la frase "conozco a alguien bien capo" cada vez que se pide una recomendación para algún servicio o información. Estos "capos" recomendados suelen ser personas en los círculos de amistades o conocidos pertenecientes a esta misma clase, por lo que tienen recursos económicos que les permiten acceder a una educación con un costo prohibitivo para clases con menores recursos, como un pregrado en universidades privadas nacionales y un posgrado en universidades internacionales. Esta educación les permite posteriormente acceder puestos de trabajos con prestigio en el sector privado ya sea a entidades multilaterales o corporaciones. Asimismo, también es común que la persona que recomienda a un "capo" a su vez sea un "capo" en otro ámbito profesional y que sea recomendado por quien él mismo recomendó en alguna otra ocasión. Es así como se forma un circuito de recomendaciones que les permiten acceder a los servicios de quienes, en teoría, son los profesionales mejor preparados del país.

¿Cuál es el problema con los "capos" o, mejor dicho, con la lógica de los "capos"? ¿Acaso no cualquiera quisiera contar con los mejores? Por supuesto. No obstante, uno podría criticar que esta lógica reproduce desigualdades debido a que quienes no tiene el capital social para acceder a este circuito de recomendaciones no pueden obtener estos mejores servicios o no pueden ser recomendados. Otra crítica que uno podría hacer es que esto enturbia la narrativa de la meritocracia del sector privado. Sin embargo, estos temas no me interesa tratarlos en este momento. Lo que me interesa ahora es resaltar qué es lo que sucede cuando esta la lógica de los "capos" ingresa al Estado.

En teoría las designaciones y contrataciones del Estado deberían mantener los principios de competitividad y transparencia, en tanto se trata de presupuesto público. Omitiendo al personal de confianza, en donde las autoridades pueden designar a personas en las cuales confíen, el Estado tendría que designar o contratar a los mejores de manera transparente, en base a las competencias relevantes para los puestos en cuestión. En el Estado no debería haber espacio para recomendantes y recomendados. No obstante, como se sabe, esto no es así. Por el contrario, el Estado está repleto de estas prácticas en todos los niveles. Entre estas prácticas está la lógica de los "capos": en altos puestos o en contrataciones por montos considerables, personas de clase media alta y alta designan o contratan a quienes ellos consideran "capos", sin importar si la designación o contratación es poco ética o si el proceso es amañado. Para ellos lo importante es contar con la persona que consideran más "capa".

La justificación de esta práctica en el Estado suele ser un argumento perverso: si no amaño u obvio las faltas éticas que implica esta contratación o designación no podré contar con el mejor (el mejor según las recomendaciones o experiencias previas que he tenido, claro está), por lo tanto mi amañamiento o falta ética está justificada, a diferencia de las faltas en niveles inferiores del Estado, en donde también amañan o comenten faltan éticas, pero lo hacen para contratar a personas ineficientes (ineficientes según la percepción o idea que tengo de ellas, claro está). El punto no es señalar que en los niveles inferiores estas faltas también podrían estar justificadas, por el contrario, las contrataciones o designaciones arregladas también ocurren en el nivel subnacional, y posiblemente sean mucho más notorias porque se trata de un nivel de gobierno que se encuentra en mayor contacto con la población. El punto es señalar cómo es que la posición social de distintos actores que entran al Estado permite establecer distinciones discursivas entre prácticas que realmente son similares.

"¿Pero acaso no quieres que el Estado cuente con las personas con mejor preparación?". Ciertamente no se puede negar que, gracias a su condición socioeconómica, estos "capos" sean posiblemente las personas con el mayor nivel educativo del país. Sin embargo, esto no debería eximirlos de cumplir los mismos requisitos de competitividad y transparencia que ellos le exigen al resto de niveles del Estado. Para ponerlo en una frase: ellos no juegan el juego que dicen jugar. Muy por el contrario, terminan aprovechando su posición de clase dominante para saltarse las reglas mientras, a través del aparato mediático al cual tienen acceso, acusan a otros de ocupar posiciones en el Estado de manera irregular. Esto finalmente reproduce desigualdades sociales dentro de la misma organización del Estado: cuando lo hace el alcalde en alguna municipalidad distrital del interior del país es malo, pero cuando lo hace tu amigo del ministerio con su conocido es porque está contratando al más "capo".

12 de abril de 2017

¿Los cholos de quiénes?

Una reacción al artículo "No soy tu cholo" de Marco Avilés.

¿Por qué el artículo de Avilés tuvo tan buena recepción entre la élite progresista? Además de tener en cuenta que fue publicado en un medio digital con el cual son afines ideológicamente, creo que hay otro factor a considerar. Mi impresión es que el artículo de Avilés funciona como la proyección del documental sobre discriminación a afroamericanos que describe en su artículo: es un producto que conmueve a privilegiados. El título del artículo es "No soy tu cholo" pero precisamente esta recepción por parte de la élite progresista lo hace pertenecer a este grupo ideológico (o al menos lo coloca en una posición cercana). El cholo que realmente no es de ellos es el cholo al cual no comprenden, no el educado que es ideológicamente afín a ellos.

¿Cuál es este cholo incomprensible para las élites? Dependiendo de la posición de la élite, un cholo incomprensible puede ser aquel que se opone a un proyecto extractivista ("miren como se oponen al desarrollo" reclama la élite neoliberal) o aquel que vota por populistas ("miren como son comprados con tapers" reclama la élite progresista). Paradójicamente cada élite clama conocer al cholo de una manera distinta. La élite neoliberal dice conocer al cholo caracterizándolo a través de perfiles de consumo. La élite progresista dice conocer al cholo caracterizándolo a través de testimonios y discursos.

Textos como los de Avilés, de alguien que se presenta como cholo, son apreciados por la élite progresista precisamente porque le da sustento a los discursos que los integrantes de esta élite elaboran y les permite conocer, a través de un discurso, algo a lo cual no tendrían acceso de otra forma: lo vivido por los incomprensibles. No obstante, no hay que olvidar que este acceso está mediado precisamente por la afinidad ideológica que existe entre el individuo que ofrece el testimonio y los integrantes de esta élite. Tan solo imaginen por un momento que alguien "comprado por un taper" le dijera a la élite progresista: "no soy tu cholo".

20 de marzo de 2017

Sentir al Estado


"Yo si siento al Estado presente". Detengámonos un momento a pensar lo que implica sentir la presencia del Estado. En un primer nivel podríamos cuestionar qué es el Estado en si mismo. Para zanjar rápidamente esta enorme discusión teórica, quedémonos con la perspectiva que ve al Estado como un actor-red: el Estado "está constituido por una matriz de ideas y representaciones altamente compleja, agencias gubernamentales y burocráticas, territorio y habitantes" (Carroll, 2000; citado en Passoth y Rowland, 2010). Esta perspectiva pone atención a "las diversas y múltiples prácticas interconectadas que generan el tipo de 'estatalidad' que usualmente entendemos como las cualidades del Estado moderno" (Passoth y Rowland, 2010) en lugar de la acción del Estado como un ente unificado. En este sentido, "sentir" al Estado significaría sentir las consecuencias o efectos de estas prácticas ejecutadas por diversas agencias estatales, y los humanos y no-humanos que las componen. En concreto, en este nivel, un habitante siente al Estado presente en tanto recibe atención, servicios o bienes materiales de instituciones estatales a través de sus burócratas o trabajadores. 

En un segundo nivel, ¿cómo es que alguien que no experimenta la misma atención, servicios o bienes materiales (ya sea porque no se encuentra en la zona de atención o porque no se relaciona con la infraestructura estatal en cuestión) siente al Estado? Aquí es donde habría que tener en cuenta la posibilidad de una "presencia mediada". Si gran parte de las acciones de las prácticas de las diversas instituciones no son accesibles a través de la misma experiencia, sino conocidas a través de medios, entonces la presencia que uno puede decir "sentir" es una percepción formada a partir de la información que uno consume a través de los distintos medios a los que se expone. Es sobre todo en este nivel donde la concepción del actor "Estado" como un ente reificado cobra mayor fuerza. En este nivel debemos pensar cuáles son nuestros hábitos de consumo de medios, a qué medios solemos exponernos más y, dentro de estos, a qué tipo de discursos. Por ejemplo, ¿cómo es que alguien que consume en su mayoría radio y diarios populares "siente" al Estado? ¿Es distinta a la presencia del Estado que "siente" un heavy user de social media? Esta última pregunta es importante debido a que se tratan de medios y hábitos de consumo relativamente recientes. ¿Cómo comparamos la "sensación" de presencia del Estado de ahora con la de hace dos décadas si es que existe una intensificación del consumo de información?

En un tercer nivel, habría que introducir la noción de distancia sociocognitiva (Van Dijk, 1997). La cognición social puede definirse escuetamente como la manera en que nosotros construimos nuestro conocimiento de la realidad (Antaki y Condor, 2006 [1997]). La distancia sociocognitiva se refiere a la diferencia al evaluar a distintos grupos respecto a nosotros, como grupo social. Una representación más positiva de un grupo significa una menor distancia de ese grupo respecto a nosotros. En el caso del Estado debemos preguntarnos: ¿cuán cercano es el grupo encargado del gobierno respecto a nosotros? ¿Cambiaría nuestra sensación mediada de la presencia del Estado si es que el grupo que está en el gobierno fuera más distante de nosotros? Este nivel es el que posiblemente tiene mayor repercusión en la memoria de las personas. Es así como las acciones del Estado bajo un gobierno pueden ser recordadas como "sentidas" si es que fueron ejecutadas por un gobierno que percibíamos cercano a nosotros.

Estos dos últimos niveles no significan que la presencia estatal solo sea una cuestión mediación y percepción. Como mencioné al principio, se puede sentir la presencia del Estado de manera directa a través de las prácticas de distintas agencias gubernamentales. Asimismo, estas prácticas pueden ser corroborables o medibles a través de distintos indicadores. Por ejemplo, es casi un sentido común hablar de la presencia del Estado a partir de la ejecución de presupuesto de inversión (a pesar de que probablemente no sea el mejor indicador para este propósito).



Referencias

Antaki, C., y Condor, S. (2006 [1997]). Cognición Social y Discurso. En Van Dijk, T.A. (Comp.), El discurso como estructura y proceso (3ª reimpresión) (pp. 453-489). Barcelona: Gedisa

Carroll, P. (2000) Colonial Discipline. Dublin: Four Courts Press.

Passoth, J. y Rowland, N. (2010). Actor-Network State: Integrating Actor-Network Theory and State Theory. En International Sociology, November 2010,Vol. 25(6): 818-841

Van Dijk, T.A. (1997). Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona: Paidós.

28 de septiembre de 2016

Precisión y velocidad en las tecnologías estatales

Uno de los problemas de la Reforma del Estado es creer que todo se mejora simplificándolo. El problema con simplificar tecnologías estatales es que pueden llevar a la estandarización y automatización excesiva, perdiendo la capacidad de aprehender la complejidad de los contextos específicos donde van a ser aplicadas. La tragedia de la simplificación es la perdida de precisión con la cual debe ser aplicada la tecnología.

Quienes propugnan la simplificación por sobre todo, por lo general, toman un problema de precisión como si fuera un problema de velocidad. Para ellos, si los resultados de la aplicación de cierta tecnología no se realizan en el tiempo esperado se debe a que no fueron aplicados lo suficientemente rápido, lo cual a su vez se puede deber a la incapacidad de quien aplica la tecnología (algo que se arregla, obviamente, capacitando) o a trabas en el camino de quien la aplica (algo que se arregla, obviamente, destrabando). Esta forma de pensar deja de lado la posibilidad, o reduce el peso, de que la causa por la cual la aplicación de la tecnología no se realizó en el tiempo esperado se debe a que esta no contaba con la suficiente precisión como para ser aplicada en un contexto específico.

Tratar problemas de precisión como problemas de velocidad puede traer consigo consecuencias inesperadas. Se puede tener rapidez en la aplicación de la tecnología pero con tal grado de imprecisión que su ejecución resulta totalmente inútil por lo que debe ser corregida y tome más tiempo (algo que puede reforzar aún más la tendencia a seguir simplificando). Esto no quiere decir que el Estado debe tratar de lidiar con la complejidad de cada contexto particular. Esto es claramente imposible debido a que no es escalable. La simplificación de la complejidad es necesaria para representar y actuar sobre ella. No obstante, tal vez en lugar de hablar de la simplificar la complejidad, como la supresión de operaciones en procesos, deberíamos hablar de complicar la complejidad, es decir, en ordenarla en sucesiones de operaciones simples que tienden a la especificidad.

23 de junio de 2016

Tecnologías estatales

¿De qué se habla cuando en el discurso público se habla del uso de la tecnología en el Estado? Creo que se suele hablar de dos áreas. Una primera área es el uso de la tecnología en los servicios que ofrece el Estado para la población, como salud y educación. Por ejemplo, qué tan bien equipado está un centro de salud o cómo se usan ciertos equipos en el aula. Una segunda área es el uso de tecnología en hacer el Estado "transparente" para los ciudadanos (sobre la distinción entre población y ciudadanos, ver aquí). Por ejemplo, cuántos datos publica una institución pública o cuán accesibles son sus datos. En términos generales creo que podríamos agrupar a estas dos áreas en discusiones sobre tecnología que "afecta directamente" a la población. En otras palabras, se trata de discusiones sobre tecnologías cuyos efectos son claramente visibles e intuitivamente relacionables con la tecnología que los produce. Estas dos características combinadas, efectos fácilmente identificables (1) sobre/para la población/ciudadanía (2), hacen que resulte lógico que ocupen mayor atención en la discusión pública, después de todo es de lo que suelen ocuparse los medios.

Por otro lado, creo que existen otras tecnologías estatales que reciben poca atención en la discusión pública: tecnologías que "afectan indirectamente" a la población. Por ejemplo, softwares que aplican algoritmos de clasificación socioeconómica para la ejecución de programas sociales o sistemas de asistencia técnica virtual para gobiernos subnacionales. Aquí es donde la característica de directa o indirectamente debe ser tomada con cuidado. Por ejemplo, los softwares de clasificación socioeconómica repercuten de gran manera en la ejecución de programas sociales ya que de ellos depende si las poblaciones más vulnerables pueden obtener o no los beneficios de los programas sociales. O en el caso de sistemas de asistencia técnica virtual, de estos depende que un proyecto de inversión pública (carreteras, escuelas, etc.) puedan ejecutarse correctamente. No obstante, sus efectos no son fácilmente relacionables a su origen, es más, lo más probable es que los artefactos y los procesos en los que se emplean no sean conocidos en lo absoluto o que sean solamente discutidos en comunidades de expertos. Como señala Bijker, son precisamente estas tecnologías “menos visibles” las que tienen efectos más penetrantes en las vidas de los individuos, especialmente, de los sectores poblacionales más vulnerables por lo que es importante deliberar al respecto.

Sin embargo, la solución a esto no es simplemente la discusión pública o mediática sobre estas tecnologías, donde intervengan la llamada sociedad civil. El grado de conocimiento especializado que requieren algunos de los elementos de estos ensamblajes sociotécnicos que llevan a cabo los procesos estatales es tal que un “ciudadano de a pie” no podría, ni tendría que, participar de manera significativa en la deliberación. Lo que si considero necesario es una mayor pluralidad entre las voces de los distintos actores involucrados en los mismos ensamblajes, por ejemplo, los burócratas subnacionales, que son quienes trabajan directamente con estas tecnologías.

9 de junio de 2016

De "mejorar la raza" a "mejorar el voto"


Luego de los primeros resultados de las elecciones, las típicas reacciones despotricando en contra de quienes no votaron como uno empezaron a aparecer. Mi intención no es rasgarme las vestiduras, sino establecer dos comparaciones: 1) entre las reacciones de dos posiciones políticas que se supone que son opuestas, al menos hasta cierto punto, y 2) entre la visión detrás de estas dos reacciones y la visión de los diseñadores de políticas de población del siglo XIX y XX.

Luego de la primera vuelta, algunos de comentaristas neoliberales argumentaron que el voto del sur del país, que optó mayoritariamente por la izquierda, se debía a su posición "antisistema", algo que podía solucionarse si es que eran educados (aunque no queda del todo claro si deberían ser educados sobre economía para que puedan entender el "modelo", o educados para desarrollar habilidades que le servirán para ofertar su fuerza de trabajo para insertarse al mercado laboral y puedan desarrollar una afinidad orgánica con el "modelo". Probablemente lo segundo sea más efectivo, después de todo, ¿para qué explicarte el "modelo" si puedes vivirlo?). Ahora, luego de la segunda vuelta, observo una conducta similar, pero ya no por parte de comentaristas neoliberales, sino de algunos progresistas, que argumentan que el voto del norte del país, un voto por "la mano dura", también podía corregirse si es que son educados (aquí mayoritariamente se refieren a contenidos, específicamente sobre historia nacional).

En un pasaje del libro "Formaciones de indianidad", Marisol de la Cadena, explica como la educación fue considerada como un proyecto biopolítico de construcción de nación. Desde esta visión, la educación era un medio para "mejorar" a la población indígena, a quienes no se les consideraba individuos en las mismas condiciones que los blancos o mestizos. Solo una vez educados y que, en consecuencia, se "volvieran" ciudadanos, podían integrarse al proyecto modernizador que tenían las élites.

Creo que ambas visiones (la pasada de los diseñadores de políticas de población de los siglos XIX-XX y la actual de neoliberales y progresistas) parten de una idea similar de la educación. Un sujeto, en tanto tenga alguna capacidad de razonar, puede ser "mejorado" a través de la educación, ya sea para que finalmente "sean parte de la nación" o para que puedan votar "adecuadamente" (pero ¿acaso la segunda no es la actualización políticamente correcta de la primera?). Lo más preocupante de esta visión es lo que sucede cuando el sujeto, luego de pasar por la educación, se rehúsa a integrarse en los proyectos modernizadores: ¿cómo es posible que, a pesar de ser educado, no se integre al proyecto? ¿No tiene capacidad de razonar?

En este último punto observo bastantes similitudes con el razonamiento detrás de la producción y difusión de explainers (algo que he tratado antes). Resumiendo: si alguien que está informado de algo problemático pero no lo comprende por lo que incurre en esa acción es calificado como bruto. Sin embargo, si alguien está informado de algo problemático, lo comprende y aún así incurre en esa acción, es perverso. Aquí la paradoja del neoliberal y progresista se vuelve evidente: ¿cómo incluir al resto en su proyecto de país si es que a pesar de sus esfuerzos por educar/informar (a los no educados/desinformados) aún se encuentran rodeados de sujetos que califican como brutos o perversos?

23 de mayo de 2016

Preocupaciones liberales y algoritmos

Creo que, a grandes rasgos, el mainstream del debate sobre algoritmos se pueden clasificar en dos áreas: 1) algoritmos relacionados a servicios o transacciones y 2) algoritmos en asuntos de seguridad. En el primer grupo entrarían las discusiones sobre servicios que utilizan algoritmos en sus modelos de negocio (por ejemplo, Google, Netflix, Facebook). En el segundo grupo estarían las discusiones sobre sistemas de seguridad nacional o internacional que utilizan algoritmos para su operación (por ejemplo, vigilancia de sujetos a partir de sus perfiles en social media o la identificación de amenazas “potenciales” para ataques de drones). Lo que tienen en común estas dos áreas es que parten de una preocupación liberal-individualista. Es decir, están enfocadas en como la libertad de un individuo puede ser afectada, ya sea por un Leviatán estatal (en el caso de la seguridad) o un Leviatán corporativo (en el caso de los servicios o transacciones). Esta preocupación parte de una concepción liberal tanto del Estado como del Mercado. Es decir, se conciben como un “desenmascaramiento” de prácticas que contravienen valores como la libertad y la neutralidad. Ejemplos de esto son las revelaciones de que Facebook no es simplemente una plataforma que muestra lo más popular sin intervención humana alguna (algo de por si contradictorio en sí mismo) o que los políticos autorizan el funcionamiento aparato que vigila las comunicaciones de los habitantes

Por otro lado, creo que un tema que no está presente en el mainstream es el uso de algoritmos por parte del Estado para administrar a la población. Cuestiones como la clasificación de niveles pobreza no están presentes en las discusiones sobre tecnología y más bien se encuentran en recluidas en discusiones técnicas entre economistas. Mi suposición es que esto se debe precisamente a la preocupación liberal-individualista mencionada anteriormente. El mainstream de las discusiones trata a los sujetos como ciudadanos-consumidores con derechos a proteger, y no como población a administrar. El problema que encuentro en esta aproximación es que se concentra en quienes tienen la capacidad de consumir o en formas potencialmente represivas en las que el Estado controla sujetos, dejando de lado prácticas estatales cotidianas de administración, las cuales afectan mayormente a los sectores más vulnerables de la población. A diferencia del enfoque anteriormente descrito un estudio sobre el uso de algoritmos para la administracion de población no debería quedarse en “desenmascarar” el uso de algoritmos, sino en proponer ajustes para mejorar el funcionamiento de estos algoritmos y lograr una administración eficaz de la población.

29 de abril de 2016

(Re)produciendo el "modelo"

"Los mercados se anticipan a las cosas." - Alfredo Thorne

"Capital is highly incentivized to detach itself from the political eventualities of any specific ethno-geographical locality, and — by its very nature — it increasingly commands impressive resources with which to ‘liberate’ itself, or ‘deterritorialize’." - Nick Land





Lunes 6 de junio del 2011. Día siguiente a la elección de Humala como presidente. La Bolsa de Valores de Lima registró la peor caída de su historia. La amenaza al "modelo" pasó a ser una realidad, o al menos eso era lo que decían los medios de derecha limeños. Finalmente, todos sabemos como terminó esto.

¿Realmente Humala tenía otra opción? ¿O es que realmente no hay alternativa? Inicialmente la respuesta parece ser no. Tanto el aparato burocrático de la entidad estatal más fuerte del país como las fuerzas del capital globalizado (ver el caso de SYRIZA en Grecia) parecen ser demasiado poderosos como para ser desafiados y tratar de modificar el “modelo” en el país.

¿Por qué regresar al 2011? Me parece que es a partir de las elecciones del 2011 que el discurso sobre el “modelo” toma mayor consistencia por dos razones. Primero, el Perú se encontraba en pleno boom de commodities y su economía crecía a un ritmo acelerado. Segundo, a diferencia de las elecciones del 2006, en las que ganó quien era más afín al “modelo” (Alan García como el “cambio responsable”), en el 2011 ganó el candidato, en teoría, opuesto al "modelo". No obstante, a pesar de su derrota en las elecciones, el “modelo” gana afuera de las urnas. Esta muestra de poder y la demostración de lo que el “modelo” podía lograr, terminaron por consolidar el discurso del “modelo”.

Sin embargo, ¿qué es el “modelo”? ¿Qué es esta entidad tan poderosa y referida? En Anticadidatos describo al “modelo” como un significante vacío o flotante. Si bien el “modelo” se refiere a las políticas neoliberales que ha seguido el país durante las últimas décadas, debido a que es utilizado vagamente en el debate mediático, este termina significando varias cosas y ninguna a la vez, lo cual permite que se utilice para justificar o explicar distintas acciones.

Esto se nota claramente en las recientes columnas y espacios de opinión de los medios de derecha, los cuales se han esforzado en tratar de demostrar cómo es que la mayoría de los peruanos ha votado a favor del “modelo”, algo que considero equivocado (ver post anterior) y que las mismas cifras de las encuestadoras se encargan de refutar (según Ipsos, solo el 42% de los que votaron por PPK lo hicieron por un motivo explícitamente ligado a la economía y 89% quiere un cambio en el "modelo" entre moderado y radical).

Entonces, ¿el "modelo" solo existe en el discurso de los medios de derecha? ¿Solo existe como un set de reglas que tienen que seguir los tecnócratas del MEF? ¿Qué hay acerca de la caída de la bolsa cuando ganó Humala? ¿Acaso eso no es algo real con consecuencias concretas? Si, el “modelo” es algo real pero su realidad solo es posible gracias a la actualización del discurso sobre el “modelo”. Si nos detenemos en este nivel ideológico-discursivo, podría considerarse al “modelo” como una hiperstición.

Nick Land define a una hiperstición como una “profecía autocumplida”. A diferencia de una superstición, que solo es una creencia falsa, una hiperstición “por su propia existencia como idea, funciona causalmente para hacerse realidad a si misma”. Para Land, la economía capitalista es altamente sensible a la hiperstición porque la confianza actúa para que algo sea efectivo, y lo efectivo actúa para que exista confianza. En palabras de Land “[el capitalismo] convierte la mundana ‘especulación’ económica en una fuerza global e histórica efectiva.”

No obstante, ¿qué existe más allá del nivel ideológico-discursivo? El mismo Land afirma que una hiperstición se encuentra en equilibrio “entre la ficción y la tecnología”. Si tomamos a la tecnología como los medios materiales mediante los cuales la idea del "modelo" se realiza, entonces el “modelo” empieza a parecer algo mucho más concreto. Esto nos obliga a considerar la propiedad y el control sobre el acceso a la infraestructura de los medios de producción, de comunicación y bienes financieros. Es en esta compleja red de actores en la cual el “modelo” es (re)producido.

Una vez que consideramos esta dimensión material y la imbricación de distintos medios materiales en la producción del "modelo", resulta lógico que ocurran situaciones como la caída de la bolsa en el 2011. El sector de propietarios considera que una opción política no favorece sus intereses, los medios de comunicación (propiedad de grupos de este mismo sector) producen mensajes sobre cómo esta opción política no produce confianza. Si esta opción gana, este sector de propietarios toma acciones que materializan esa desconfianza (p.e. venta de acciones, reducción de personal, detención de inversiones) que afectan la economía. Luego, los medios de comunicación, culpan a la opción política de la situación económica por no producir suficiente confianza, por lo que, finalmente, la opción política se encuentra en la disyuntiva de tomar acciones (p.e. asegurar la permanencia de cuadros tecnocráticos) que inspiren confianza (y así mantener el “modelo”) o enfrentarse a un sector que actúa generando desconfianza. Este escenario no es necesariamente coordinado ni planificado, sino producido por la secuencia de sucesos ocasionados por las acciones tomadas por mismo el sector de propietarios. Como explica Wolfgang Streeck al hablar sobre la situación post-crisis en Europa: "En lugar de concentrarse en números específicos, las discusiones comenzaron a concentrarse en intangibles como la capacidad de confiar en las políticas de un país y en la confianza que estas inspiran en la psicología de los propietarios de bienes financieros."

No obstante, a pesar de ser parte de la red semio-material que (re)produce el "modelo", los medios de comunicación, especialmente los comentaristas, reifican el "modelo", como si fuera algo externo a ellos, algo que ellos no contribuyen a (re)producir, y que existe únicamente como un set de reglas a seguir, o peor, como un “espíritu de la época” al cual se le atribuyen múltiples significados (y que es cuando termina funcionando como significante vacío o flotante). Al hablar sobre la performatividad en la economía no estoy diciendo nada nuevo, sin embargo, creo que es necesario identificar los mecanismos mediante los cuales el discurso se actualiza para dar un paso más allá de sobre lo malo o moralmente reprobable del "modelo".

12 de abril de 2016

Otro post de alguien analizando algo utilizando a Žižek

El nombre original de este post iba a ser "Otro post de alguien analizando algo utilizando algunas cosas que ha dicho Žižek hace algunos años para cosas distintas en contextos diferentes" pero era demasiado largo.


Para quienes han leído algo de Žižek es conocida la tesis "every rise of fascism bears witness to a failed revolution", atribuida a Walter Benjamin. Žižek suele utilizar esta frase para explicar cómo es que el surgimiento de regímenes o movimientos agresivamente conservadores tienen origen en un contexto de insatisfacción con la situación imperante, un contexto que tiene un potencial revolucionario pero que la izquierda no logra movilizar para intentar ganar y cambiar la situación.
En el actual proceso electoral, en el cual la izquierda no ha podido capturar suficientes votos en un contexto de insatisfacción con el "modelo", es claro que el fujimorismo está capitalizando esta insatisfacción, prometiendo un cambio ("representamos a esa voz de peruanos que vienen reclamando la presencia del Estado"). Esto queda aún más claro si es que se observan las regiones en las cuales Gana Perú ganó en el 2011 y se compara con las regiones en las cuales acaba de ganar el fujimorismo: el fujimorismo gana en 8 regiones en donde previamente había ganado Gana Perú.

Además, si se observa a las regiones en las que ganó el FA, en 6 de las 7 el segundo lugar es del fujimorismo, e incluso en Cajamarca supera al FA al ocupar el segundo lugar detrás de Democracia Directa. La lectura es que quien le roba parte del voto pro-cambio a la izquierda no es otro sino el mismo fujimorismo. A diferencia de algunos comentaristas mediáticos neoliberales, me resulta claro que este no es un voto pro-libre mercado ("pro-modelo"), sino un voto pro-Estado.
No obstante, el cambio prometido por el fujimorismo viene con un truco. Como es conocido, el actual "modelo" es un legado del fujimorismo y la Constitución del 93, un legado que la misma Keiko Fujimori ha defendido en el debate presidencial. Entonces, ¿cómo es posible que la agrupación que instauró el "modelo" capte votos de gente que quiere cambiar el "modelo"? Creo que la clave está la noción de falsa actividad que utiliza Žižek para describir la estrategia del neurótico obsesivo que hace actividades para prevenir que el evento real suceda. El discurso del fujimorismo sobre la educación y, especialmente, la seguridad (ver de 3:10 a 4:42) desplaza la atención sobre un cambio real en el "modelo", un cambio en la situación imperante, que una agrupación de izquierda hubiera intentando realizar. Es así como el fujimorismo puede hablar de crecimiento económico en el marco de la Constitución del 93 sin asociarse tanto al "modelo".
Finalmente, el escenario de segunda vuelta no es prometedor para los liberales que optaron por PPK en primera vuelta. Žižek suele decir que solo una izquierda radical puede salvar a Europa, en relación al surgimiento de una ultraderecha populista y el dominio de una tecnocracia déspota en Europa. De acuerdo a él, solo una posición de izquierda puede canalizar el suficiente respaldo popular como para salvar a las libertades de estas dos amenazas. En un escenario como el nuestro, en el cuál la izquierda está fuera de competencia, ¿le alcanzarán los votos a los liberales para derrotar a la derecha popular, especialmente luego de distanciarse, no solo de los políticos, sino de los propios votantes que buscan un cambio? Si tuviera que apostar, diría que no.



Edición 13/4/16: En la versión original del artículo mencioné que el fujimorismo había obtenido el segundo lugar en 5 de las 7 regiones en las que ganó el FA basándome en el conteo rápido de Ipsos. No obstante, de acuerdo a los resultados de la ONPE, son aún más, 6 de 7, debido a que el fujimorismo superó a Democracia Directa en Puno.

16 de marzo de 2016

Racionalidad y semiosis estatal

Como he sostenido anteriormente (ver aquí), creo que la manera más adecuada de abordar al Estado es entenderlo como una entidad no-humana. La no-humanidad del Estado se puede notar principalmente en su relación con la información: el Estado solo percibe y procesa información inscrita materialmente (documentos físicos o virtuales). Solo a partir de esta información el Estado puede tomar decisiones y realizar acciones. Es decir, el accionar del Estado está condicionado al desarrollo de sus aparatos perceptivos. Aparatos perceptivos diseñados desde una lógica de administración económica de la población captan algunos datos y dejan de lado otros. Asimismo, el proceso de información se realiza en una temporalidad no-humana, sino propia de su estatalidad.

Creo que todo este proceso descrito podría ser resumido con una palabra: semiosis. Es así como el Estado produce significado de lo que existe o acontece. Por ejemplo: ¿cómo es que el Estado sabe qué un individuo es pobre? El Estado "percibe" la pobreza de un individuo mediante el recojo de la información que le permite sus aparatos perceptivos (p.e. padrones, fichas, formularios). Estos aparatos recogen datos específicos (p.e. material del piso de la vivienda o nivel educativo de los jefes del hogar) a través de los cuales el Estado determinará la pobreza o no pobreza del individuo. Es decir, estos datos finalmente son los que para el Estado significa ser pobre.

Aquí es donde viene el problema: los individuos no tienen la misma racionalidad que el Estado, no conducen su vida diaria a partir de una lógica de administración económica de la población. Esta diferencia que puede parecer obvia es clave para entender las desavenencias entre los individuos que conforman la población administrada por el Estado y el propio Estado. Regresando al ejemplo planteado anteriormente, para un individuo el material del piso de su vivienda o nivel educativo de las jefes del hogar puede significar nada y, más bien, cuestiones como sus relaciones sociales o su apariencia pueden significar, para él o ella, ser pobre (p.e. "si todos mis conocidos son pobres y acceden a determinados programas sociales, ¿por qué yo no?" o "¿acaso no ve que soy pobre?").

El punto de esto no es afirmar la inconmensurabilidad de distintos tipos de racionalidad (humana y estatal). Finalmente, el Estado es un ensamblaje de distintos elementos, entre ellos, humanos. El punto es hacer notar cómo es que racionalidades complicadas y distintas son formadas a partir de la interacción de distintos actantes, tanto humanos como no-humanos, y así evitar caer en el error de abordar problemas del Estado como si fueran problemas de o entre individuos. El Estado debe ser abordado a partir de su estatalidad.

7 de marzo de 2016

Los medios median


Puede parecer totalmente inútil recordar que algo hace precisamente lo que su nombre indica pero a veces es necesario. En el contexto de las actuales elecciones algunos actúan como si los acontecimientos fueran percibidos directamente por los individuos, dejando de lado la labor de mediación entre el acontecimiento y los individuos. Obviamente si es que uno les hace notar esto la respuesta inmediata es “¡claro que estoy consciente de lo que hacen los medios!”. No obstante, actúan como si no supieran lo que declaran saber (probablemente la noción de ideología de Žižek sea útil para entender esto).

Una consecuencia de actuar como si la labor de mediación no existiera es atribuirle el mismo razonamiento detrás de la reacción que uno tuvo sobre un acontecimiento a otro individuo con una reacción similar. En este escenario, si tanto uno como otro individuo perciben el acontecimiento sin labor de mediación (directamente) y tenemos reacciones similares, es racional que tengamos el mismo razonamiento detrás. Esto puede ser representado en el siguiente esquema:

 

La simplicidad de este esquema cambia si es que añadimos la instancia de la mediación en donde se decide desde lo más básico del mensaje (¿Qué se dice del acontecimiento? ¿Cómo se dice?) hasta características metaenunciativas como la frecuencia y el alcance del mensaje. Es precisamente la labor que se realiza en esta instancia la cual produce distintas reacciones y, más importante, distintos razonamientos detrás de cada reacción.



Ahora, si tomamos en cuenta que existe más de un solo medio, que cada uno hace una labor de mediación distinta y que los razonamientos de los individuos detrás de sus reacciones varían de acuerdo a cada una de estas mediaciones, el esquema se vuelve más complejo.



Entre distintas reacciones similares probablemente haya individuos que tengan un razonamiento parecido, pero otros que no. Lo más probable es que el grado de similitud en el razonamiento detrás de la reacción dependa de una variedad de características demográficas.

Precisamente el problema de las encuestas (o mejor dicho, uno de los problemas) es que miden reacciones a acontecimientos a través de proposiciones, sin tomar en cuenta los distintos razonamientos que hay detrás de cada una de estas reacciones, agrupando reacciones similares de individuos de grupos demográficos distintos solo en base a su similitud. Por ejemplo, las preguntas como “¿Aprueba o desaprueba que este político haya cometido este acto?” agrupan las respuestas de los encuestados en dos opciones, sin importar si un individuo desaprueba el acto por A y otro individuo lo desaprueba por B, lo que importa es que ambos individuos tienen la misma reacción ante el acontecimiento sobre el cual pregunta la encuestadora.

Finalmente, la falta de atención del razonamiento detrás de las reacciones permite que los presentadores y comentaristas mediáticos le "otorguen" un razonamiento a las reacciones de la “opinión pública”, un razonamiento de acuerdo al tratamiento que mismo los medios le han dado al acontecimiento. Lo cual también es labor de mediación.