8 de diciembre de 2014

"¿Eres invisibilizado? Déjame decirte cuanto me afecta"

La semana pasada hubo una denuncia de racismo contra Saga Falabella por las imágenes que mostraba uno de sus catálogos. Mi objetivo en este breve post no es hablar sobre si el catálogo es racista o no, sobre lo cual creo que se ha discutido suficiente, sino hablar sobre la discusión misma. Si he entendido bien las denuncias, su punto central es que invisibiliza a la mayoría de peruanos debido a que las personas que aparecen en el catálogo no tienen las características físicas que poseen la mayoría de peruanos. Hasta ahí todo bien. No obstante rápidamente la discusión comenzó a degenerarse y pasó a convertirse en un debate sobre publicidad. ¿Cómo ocurrió esto? ¿El problema no era la gente que no es representanda en la publicidad, es decir, un problema en una relación empresa-cliente (con las implicaciones que esto tiene)? ¿Por qué no darle voz a esta gente para que digan cómo se sienten? Es más, ¿por qué de pronto la discusión dejó de centrarse sobre la representación y pasó a ser sobre las prácticas de quienes trabajan en publicidad?

Con esto no quiero decir que no deba denunciarse las malas prácticas de la publicidad (las cuales son abundantes, no solo es el racismo), sin embargo, si precisamente el punto es que la publicidad invisibiliza a un sector de la población, ¿por qué no se le da voz en el debate? ¿Por qué cooptar un discusión sobre racismo y distorsionarla totalmente? Finalmente las personas a las que el muy preocupado indignado quiere defender son nuevamente invisibilizadas, esta vez por sus propias manos.

Esto no es nuevo ni ocurre solamente aquí (ver aquí, aquí y aquí), al contrario, es algo recurrente entre "liberales sensibles", quienes por algún motivo sienten la necesidad de ser el centro de la atención cada vez que ocurre un hecho que genera indignación, en lugar de promover la participación de los afectados, algo que podrían hacer debido a su acceso al discurso público. Hacer esto es mucho menos que exigirles que traten de cambiar las condiciones estructurales que propician actos de discriminación, sin embargo, parece que pedirles que dejen de lado sus posts/columnas/tuits y el ego boost de la aprobación de su círculo de contactos es aún demasiado para ellos. Existe un límite entre generar awareness y centrar la atención en el discurso (de uno mismo), y claramente ha sido sobrepasado.

25 de noviembre de 2014

Capacitaciones en el Estado neoliberal

En unas semanas comenzarán las nuevas gestiones de los gobiernos subnacionales y ya se ha iniciado un nuevo ciclo de capacitaciones para los nuevos funcionarios, las cuales muy probablemente se prolongarán a lo largo de toda la gestión. En mi opinión, las capacitaciones suelen ser inútilmente redundantes e ineficaces debido a la situación laboral de estos funcionarios públicos: tienden a permanecer poco tiempo en su puesto, ya sea debido a una inestabilidad por causas externas a ellos, o debido a su propia dinámica de movilidad laboral. A pesar de esto, parece haber una fijación con la figura de la capacitación (recientemente escuché a un alto funcionario del ejecutivo decir: "hay que capacitar, capacitar y capacitar, y cuando te canses, tienes que volver a capacitar"). Creo que podemos identificar al menos tres causas a esta situación, una por cada una de las partes involucradas: el Estado, los capacitadores y los capacitados.

1) Control del Estado neoliberal: Una de las principales tensiones del Estado neoliberal es planificar tratando de no ser restrictivo. En este sentido, el Estado debe tratar de incentivar ("incentivar la inversión", "programa de incentivos", etc.) más que determinar específicamente que deben hacer, en este caso, los gobiernos subnacionales. Las capacitaciones encajan perfectamente en este modo de operar: no se trata de decirle al funcionario qué hacer o no, sino darle ciertas capacidades determinadas para que él pueda emprender las acciones que considere necesarias para el desarrollo de su localidad/región, lo cual luego es evaluado por los medios y la sociedad civil. Todo este proceso suena bien, pero la realidad es otra: políticas centralistas y homogenizadoras del ejecutivo, que se refuerzan mutuamente con discursos llenos de lugares comunes de los medios, (re)producen un contexto de presiones en la cual los funcionarios deben ejercer su trabajo, el cual ya de por si es inestable.

2) Mercado de capacitadores: La misión capacitadora del Estado (por la lógica descrita en el punto anterior) ha motivado la aparición de todo un mercado de capacitadores, quienes muchas veces obtienen gran parte de sus ingresos a partir de talleres. A pesar de que probablemente deberían ser uno de los grupos más interesados en volver más eficiente a la gestión pública, probablemente sean los menos incentivados en adaptarse a un modelo más eficiente que prescinda de su mano de obra, es decir, que reduzca la cantidad de talleres.

3) Necesidad de los funcionarios: La intención del Estado de que los funcionarios desarrollen determinadas capacidades genera en ellos una presión por ser capacitados y, probablemente aun más importante, por tener el documento que supuestamente prueba que ellos han adquirido esas capacidades. Ellos no solo deben preocuparse por tener las capacidades que el Estado requiere, sino que también deben preocuparse por hacer que estas capacidades sean legibles para el Estado: deben obtener el certificado del taller.

Ciertamente puede haber otros puntos a tratar en esta situación (la cual probablemente no solo ocurra en la gestión subnacional, sino también en otros ámbitos del Estado). Asimismo, con esto no quiero decir que las capacitaciones son totalmente inútiles, de hecho sirven para dar una base mínima de conocimiento a trabajadores que se encuentran en posiciones relativamente estables. Sin embargo, creo que resaltar estos tres puntos nos ayudan a divisar algo importante: actualmente las capacitaciones son una mercancía más, cuyo principal objetivo es circular y tratar de encajar en el contexto del actual régimen neoliberal.

4 de noviembre de 2014

No necesitamos más (malas) historias

Este post es una versión extendida de una serie de tweets a propósito de la conferencia Digital Labor. También toca parcialmente las condiciones en las que se producen artículos de opinión, tema tratado por Erich Luna.  

Gran parte de los comunicadores se dedican a contar historias: ya sean noticias, ficciones, relaciones públicas o publicidad; ya sea como quienes finalmente las cuentan (p.e. redactores de un diario) o quienes participan en su elaboración (p.e. ejecutivos de cuenta de una agencia). Si tomamos en cuenta que finalmente estas historias son discursos-mercancías que son producidas por industrias para ser consumidas por lectores o espectadores, podríamos decir que los comunicadores son una especie de "obreros del discurso": son quienes operan las máquinas para construir los discursos-mercancías. Ellos no diseñan las máquinas, tampoco las construyen.

Una aparente contradicción en esta industria es la diferencia entre el limitado número corporaciones/empresas (y con ello, un número limitado de plazas para los obreros del discurso) y la abundancia de discursos-mercancías. Un elemento a tener en cuenta en esta aparente relación contradictoria es la abundante producción de obreros del discurso por parte de centros de formación superior, en los cuales la misma formación de los obreros del discurso es una mercancía. Esta sobrepoblación de obreros del discurso es la que permite que las corporaciones/empresas puedan maximizar su producción de discursos-mercancías a un costo más bajo ya que la abundancia de mano de obra hace que su precio se reduzca (sueldos bajos, menos beneficios laborales, periodos más breves de contrato).

Los discursos-mercancías producidos en exceso compiten por una cantidad de atención limitada de los lectores o espectadores. En esta segunda aparente contradicción hay que prestar atención a la cantidad de atención necesaria para consumir un discurso-mercancía: ante mayor abundancia de discursos, la atención disponible es proporcionalmente menor, por lo que es necesario que el discurso necesite menos atención para ser consumido. De esto se desprende la actual proliferación de trailers, spots, imágenes con captions ("memes"), listicles, explainers, y en general de discursos-mercancías "chatarra": historias que son presentadas atractivamente y que probablemente den una primera breve sensación satisfacción pero que en realidad son prefabricadas y de mala calidad. Probablemente sea esta corta satisfacción la que en algunas ocasiones produce una ansiedad por no perderse estas breves historias (Fear Of Missing Out) o por no descartarlas (Fear Of Throwing Out).

Una alternativa a ser un obrero del discurso en las corporaciones/empresas de noticias es formar parte de la logocracia (Charaudeau)/élite simbólica (Van Dijk). Si bien los presentadores o comentaristas tienen una relación patrón-asalariado con las corporaciones/empresas, por lo general tienen una posición con mayor status que el resto de obreros del discurso. Aunque, por supuesto, esta posición no es gratuita, sino que tiende a ser ocupada con individuos alineados o complacientes con los intereses de la corporación/empresa que los emplea. Para conciliar su supuesta posición de autoridad para comentar acontecimientos importantes con los intereses de sus empleadores tienden a tratar los temas a través de sobresimplificación de problemáticas y lugares comunes.

Otra alternativa de más o menos reciente concepción es la de embarcarse en un emprendimiento para producir discursos-mercancías sin ser un asalariado (p.e. crear una web de noticias u otros contenidos). No obstante, hay dos puntos a observar en esta alternativa:
1) Iniciar un emprendimiento de este tipo implica cierta posición de privilegio. No todos quienes fueron formados para ser obreros del discurso tienen los recursos económicos para arriesgarse.
2) Si es que el emprendimiento es exitoso, por lo general tiende a volverse una corporación/empresa que establece las mismas relaciones (patrón-asalariado) que su creador trataba de evitar para él con otros obreros del discurso, probablemente más jóvenes, con menos experiencia y/o con una situación económica menos favorable.

Finalmente, creo que hay que repensar la formación de los comunicadores: ¿Realmente necesitamos más contadores de (malas) historias? ¿De historias elaboradas en condiciones precarias? ¿De historias "chatarra"? Los comunicadores no pueden competir con quienes diseñan y construyen las máquinas de producción de los discurso-mercancías. La competencia por puestos de análisis de la circulación de los discursos-mercancias es demasiado abierta a distintas profesiones. ¿Acaso la mayoría está condenada a continuar en este ciclo de producción o su preparación les permite hacer algo más?

29 de octubre de 2014

Pregunta abierta: ¿Expertos o técnicos?

En los últimos días me he estado preguntando sobre la relación entre estos dos roles en el ambiente mediático: ¿Qué es un experto? ¿Qué es un técnico? ¿Son términos intercambiables? ¿Son realmente lo mismo o existe alguna diferencia? Si es que existe una diferencia, ¿cuál es? ¿La diferencia se encuentra en las propias características del saber de los sujetos o es una etiqueta (auto)impuesta?

Este es mi primer intento por definir ambos términos:

1) Un experto es alguien que conoce a profundidad un área especializada. Este saber por lo general se basa en el conocimiento de antecedentes, contextos y casos a partir de las cuales puede dar consejos en la elaboración de políticas públicas. Es un saber basado en la autoridad del conocimiento. Puede laborar en la academia, think tanks, o incluso en el mismo Estado como parte de consejos de autoridades o entidades. Puede ser encontrado en los medios dando recomendaciones sobre políticas públicas.

2) Un técnico también es alguien que también conoce a profundidad un área especializada pero que además la pone en práctica. Este saber se basa en la misma construcción de las experiencias a partir de las cuales puede dar recomendaciones para políticas públicas pero también participar en su misma elaboración. Es un saber basado en la operativización del conocimiento. Puede laborar en la academia, think tanks, o en el mismo Estado, pero no solo como un consejero, sino también como un ejecutor. Puede ser encontrado en medios dando recomendaciones pero también relatando sus propias experiencias en la práctica.

Mi principal problema con estas definiciones es que ponen demasiado énfasis en el poder, en tener acceso a poder operativizar el conocimiento. Por ejemplo, justificarían la etiqueta de técnico sobre cualquier persona que ponga en práctica su conocimiento desde el Estado (u otra posición de poder), como abogados que aplican el Análisis Económico del Derecho (AED) en políticas públicas desde entes reguladores del Estado. ¿Ellos son realmente técnicos? Creo que no. El problema de ellos es la aplicación de una epistemontologia del mercado: es posible aplicar sus conocimientos sobre el mercado si determinada porción de la realidad puede ser entendida como mercado, es decir, producen lo que ellos mismos tratan de explicar. Creo que una posible salida a este problema es la apelación a los matters of fact: por ejemplo, la calle X colapsará si es que, en pos de “destrabar” las inversiones, una constructora es eximida de elaborar un estudio del impacto que tendrá una edificación en el tránsito. Y esto ocurrirá sin importar lo mucho que un abogado AED argumente a favor de destrabar las inversiones. Sin embargo, ¿esto no afecta la distinción entre expertos y técnicos? Un experto, a partir del conocimientos del contexto, antecedentes y casos, puede argumentar a favor de la realización de un estudio de impacto sin efectivamente implementar esta medida, sino más bien, apelando a la autoridad de su conocimiento.

Creo que el problema puede estar en que estoy tratando de establecer una diferencia sobre las cualidades ideales del conocimiento de estos roles (i.e. establecer qué es un Experto y qué es un Técnico, con mayúsculas) cuando el conocimiento (hasta el que parece ser más aséptico y científico) es un resultado de una composición entre diferentes actantes que pasan por distintos procesos de transformación (políticos, económicos, institucionales, etc.).

Finalmente, si esto es así y si establecer esta diferenciación resulta en extremo complicado, ¿conviene obviar esta distinción y concentrarnos únicamente (para el estudio de los medios) en la división entre quienes simplemente comentan los problemas y quienes efectivamente conocen los problemas? ¿O acaso podemos establecer a priori cuál es una buena composición y cuál es una mala composición del conocimiento en el cual se basan las soluciones a los problemas? ¿Es posible ser técnico sin tener acceso a la operativización del conocimiento, una especie de técnico a priori?

21 de octubre de 2014

San Isidro y el poder de la representación


En el último proceso electoral los comicios de San Isidro ocuparon la atención de los medios limeños. Si bien se puede justificar esta presencia por su posición geográfica (y su lógica importancia en el sistema vial de la ciudad), creo que el copamiento de los sucesos políticos en San Isidro en el debate público limeño tiene que ver con la posición de poder que tienen los habitantes de ese distrito.

Ahora bien, no quiero que mi crítica se entienda mal. En cierta medida la presencia mediática de la escena política de San Isidro ayuda a poner atención sobre el proyecto de ciudad que tiene la clase dominante, mostrando puntos criticables (por ejemplo, ver esta entrevista al ahora electo alcalde del distrito). No obstante, creo que la cobertura de las elecciones de este distrito ha excedido el debate crítico y atención correspondiente a un distrito céntrico de la ciudad. Más bien creo que la presencia que ha tenido en los medios es como si afectara la vida de todos los ciudadanos de Lima por igual.

Es precisamente en esta "sobrecobertura" en la cual se nota el poder que tiene la clase dominante en los medios. Acá me estoy refiriendo a dos conceptos de poder de distintos autores pero que creo que están relacionados:

1) En un sentido amplio, Levi Bryant define poder como la reducción de la entropia de las relaciones sociales. Ejercer poder, en esta definición, podría entenderse como la capacidad de "conducir" o "encauzar" las relaciones entre distintos actores, instituciones, recursos y objetos en general.

2) Similarmente, Teun Van Dijk define poder como el control del acceso. Ejercer poder es la capacidad de acceder, y permitir o denegar el acceso a diferentes posiciones en la sociedad. De esta manera, Van Dijk define el poder sobre el discurso como la capacidad de acceder y/o dar acceso al discurso público. En este sentido, el poder del discurso no solo significa, por ejemplo, tener presencia en las noticias, sino también, estar en el mismo proceso de producción de las noticias: desde el narrador del noticiero hasta el presidente de la corporación mediática, pasando por los ejecutivos y abogados del canal (algo que parecen olvidar quienes se dedican solamente a aspectos semiopoliticos).

Aplicando estos dos conceptos podemos ver como es que los medios conducen sus recursos para dar tiempo en radio y TV, y espacio en medios escritos de una manera que excede el peso real de San Isidro (población, ubicación geográfica). Ese exceso, que podríamos llamar exceso de representación simbólica, es finalmente puesto en escena por lo que Van Dijk llama élites simbólicas y Charaudeau llama logócratas: presentadores, comentaristas, expertos; aunque estos solo son la parte final de la máquina de producción de mediática descrita anteriormente.

La consecuencia más preocupante de esta sobrecobertura de estos distritos privilegiados es la invisibilizacion y enmarcamiento negativo de otras zonas de población con menos poder: quienes no pertencen al sector dominante por lo general obtienen menos acceso al discurso público y, cuando lo tienen, suelen ser presentados negativamente. Por ejemplo, mientras que durante la campaña los medios se dedicaron a cubrir las propuestas de los candidatos sanisidrinos, la principal noticia que reportaron sobre las elecciones en San Martin de Porres - un distrito con más de 400 mil electores hábiles y una ubicación geográfica importante (conecta Callao, Lima Centro y Lima Norte) - fue el reclamo de algunos militantes al día siguiente de los comicios.

Para finalizar creo que actualmente hace falta prestarle más atención a la representación mediática de los sectores con poder político y económico. Si bien últimamente hay un cierto ánimo crítico hacia los medios masivos, creo que equivocadamente se le presta mayor atención a lo más sencillo de criticar (i.e. contenidos de entretenimiento). Es fácil escribir un rant sobre lo malo que es un programa de concursos, pero no tanto hacer un estudio riguroso que exponga como los sectores poderosos (re)producen el discurso dominante.

13 de octubre de 2014

Opinólogos: un intento de clasificación

Debido a la actual proliferación de opinólogos creo que es necesario establecer una clasificación de las principales subespecies:

Politicólogo: Este es la versión 2.0 del tipico pariente politiquero que emite su opinión sobre lo que sea que esté aconteciendo en la política local. ¿Escándalo de corrupción? Check. ¿Cambio de ministros? Check. ¿Estrategias electorales? Check. ¿Cómo diablos hace para hablar de cosas tan diversas? Creo que podemos identificar dos tácticas en su comportamiento: 1) tan solo repite las opiniones de otros o 2) suelta el primer sentido común que se le viene a la cabeza. Lo más complejo que puede hacer es intercalar estas dos tácticas en una misma columna/post.

Moralólogo: El compás moral del país. Decide quienes actúan de acuerdo a la moral y quienes no. Leer y compartir su columna/post/tuit equivale a ir a misa. Una misa laica, claro está. ¿O acaso creen que este tipo es un ignorante que cree en deidades para débiles mentales? Ni que fuera un bruto que es fácilmente engañado por políticos corruptos. Más bien nosotros deberíamos estar agradecidos de que nos da la posibilidad de leer sus ilustradas ideas propias de un país nórdico donde la gente lee mucho, no como en este país donde la gente es idiota e inmoral. ¿Ya mencioné que la gente aquí es estúpida?

Economicólogo: ¿Algún indicador económico ha variado en los últimos días y no sabes qué significa exactamente? Este tipo tampoco, pero es muy bueno repitiendo lo que dice la prensa internacional de negocios o los think tanks neoliberales de EEUU. En algunas oportunidades lo podemos encontrar opinando sobre como se deben solucionar problemas en ámbitos no económicos. ¿La solución? Pensarlos como problemas económicos. Es muy probable que un par de veces a la semana escriba sobre lo malo que es el Estado haciendo cualquier cosa.

Izquierdólogo: Este sujeto no pertenece a ningún movimiento de izquierda no obstante siente la compulsiva necesidad de opinar sobre todos hechos y chismes que ocurren en algún partido que se identifique como de izquierda. ¿Cómo justifica este comportamiento? Probablemente afirme que "se siente de izquierda" (o, en su versión light, "progre") lo cual, lógicamente, le da derecho a criticar todo lo que trata de hacer la izquierda mientras él escribe sus durísimos tuits desde su smartphone.

Internetólogo: ¿Pasó algo "en internet" y no sabes a quién invitar para que opine sobre el tema? No te preocupes, este tipo te tiene cubierto. No importa el suceso, si este "ocurrió en las redes sociales" o si "causó furor entre los cibernautas" esta persona es la indicada para hablar al respecto. Probablemente escriba una columna o post sobre lo ocurrido tratando de usar palabras difíciles para que no parezca que el tema es algo que podría explicar un niño de 12 años que pasa mucho tiempo en su computadora (probablemente porque este sujeto quiere ocultar que en realidad es un niño de 12 años en el cuerpo de un adulto). También puede hablar sobre distintos gadgets, siempre y cuando alguien se lo "ceda" para que pueda emitir un juicio objetivo propio de un experto en ehm... cosas tecnológicas. Ocasionalmente puede ser encontrado en su forma especializada de memeólogo.

30 de septiembre de 2014

Odio los explainers

Los explainers son los artículos (y otros tipos de contenidos, como videos) en los cuales se trata de explicar de manera rápida y sencilla un caso o problema actual (que los medios asumen como) complejo y que es necesario que su audiencia no solo los conozca, sino que sepa porque debe conocerlos.

Dejando de lado las principales críticas que se le hace a este tipo de contenido [1) al hacer explicaciones rápidas y sencillas suele sobresimplificar asuntos complejos; 2) no informa lo que sucede sino porque es importante lo que está informando que sucede, en este sentido no busca formar ciudadanos informados sino consumidores de su información (por lo que es común que estos contenidos sean presentados con titulares clickbait)], lo que me interesa ahora es el razonamiento de un individuo al momento de elaborar (periodista/creador de contenido) y compartir (audiencia) estos explainers. Mi interés se debe a la reciente proliferación de este tipo de contenidos en medios peruanos, en especial durante la actual campaña electoral limeña (por ejemplo: ver aquí y aquí).

Mi hipótesis es que estas explicaciones vienen con una trampa: el punto no es tanto explicar sino generar una división, quienes aceptan la explicación y quienes no lo hacen. Quienes aceptan la explicación son quienes probablemente ya pensaban como quien elaboró el contenido. En ese sentido, la explicación no hace más que reforzar sus creencias ("covencer a los convencidos"). Para los otros (los "no convencidos") cabe una serie de posibilidades:

1) Conoce la explicación del problema pero, a pesar de lo sencilla y didáctica que es, no la entiende. Quien actúa así es calificado como bruto. Esta persona es una víctima del problema pues se aprovechan de su brutalidad, aunque algunos pueden considerar que se lo merece por bruto.

2) No conoce la explicación del problema, por lo que es calificado como ignorante. Esta persona es una víctima del problema pues se aprovechan de su ignorancia, aunque algunos pueden considerar que se lo merece por no estar informado. No obstante, si conociera la explicación probablemente la aceptaría, debido a lo sencilla y didáctica que es, a no ser que se trate de un bruto.

3) Conoce la explicación del problema, la entiende pero la rechaza. Este es el peor de los tres. Quien actúa así es perverso. Esta persona se merece todas y cada una de las consecuencias que acarrea el problema explicado. Esta persona de ninguna manera es una víctima, es un cómplice, es parte del problema.

La consecuencia de esta división es una actitud de superioridad por parte de quienes si aceptan la explicación. Esta tiende a ser expresada a través de dos tipos de acciones:
a) Despotricando contra los otros.
b) Tratando de cambiar a los otros mediante otro discurso (que por lo general se trata de la repetición y/o intensificación del primer discurso, es decir, la explicación). Posteriormente, cuando estos nuevos esfuerzos fracasan, tienden adoptar las acciones de a).

Ciertamente hay mucho más por desarrollar en este asunto, como el enfoque excesivo en lo que Bryant llama la semiopolitica, es decir, en el análisis y difusión de discursos como el principal método de hacer política (una clara muestra de esto es como en uno de los vídeos el narrador afirma que él "ya cumplió" con hacer el video e insta a compartirlo para que se difunda el mensaje). Al final, resulta gracioso como es que quienes tratan de explicar con dibujitos probablemente necesiten una explicación con dibujitos sobre porque sus explicaciones no funcionan.

28 de agosto de 2014

Citas de "Nunca fuimos modernos" de Bruno Latour


Recientemente terminé de leer "Nunca fuimos modernos" de Bruno Latour. Este es el primer libro de Latour que leo y he quedado bastante satisfecho. Si bien he tenido contacto con sus ideas a través de blogs relacionados de alguna u otra manera al Realismo Especulativo y la Ontología Orientada a los Objetos (en especial blogs como Agent Swarm de Terence Blake, Circling Squares de Philip Conway y Struggle Forever de Jeremy Trombley), como se dice: "nothing beats the real thing". En este post no pretendo hacer un review del libro (de los cuales debe haber una infinidad), sino simplemente colocar algunas citas relacionadas a distintos temas que trata Latour a lo largo de su critica a la modernidad, la posmodernidad, la antimodernidad y en la construcción del proyecto no moderno.

Sobre la invención de la modernidad (p. 53)
Si vamos hasta el extremo de la simetría entre las dos invenciones de nuestro dos autores, comprendemos el hecho de que Boyle no crea simplemente un discurso científico mientras que Hobbes haría lo mismo para la política; Boyle crea un discurso político donde la política debe ser excluida, mientras que Hobbes imagina una política científica de donde la ciencia experimental debe ser excluida. En otros términos, inventan nuestro mundo moderno, un mundo en el cual la representación de las cosas por intermedio del laboratorio está disociada para siempre de la representación de los ciudadanos por intermedio del contrato social. Por tanto, en modo alguno es por error que los filósofos políticos olvidaron todo cuanto se refiere a la ciencia de Hobbes, mientras que los historiadores de las ciencias olvidaban las posiciones de Boyle sobre la política de las ciencias. Era necesario que en adelante cada uno “viera doble” y no estableciera una relación directa entre la representación de los no humanos y la representación de los humanos, entre la artificialidad de los hechos y la artificialidad del cuerpo político. La palabra “representación” es la misma, pero la controversia entre Hobbes y Boyle hizo impensable la similitud de los dos sentidos de la palabra. Hoy en día, cuando ya no somos totalmente modernos, los dos sentidos vuelven a acercarse.

Sobre los críticos modernos y posmodernos (p. 73)
En efecto, ¿qué sería un moderno que ya no se apoyara sobre la trascendencia de la naturaleza para criticar el oscurantismo del poder? ¿O sobre la inmanencia de la naturaleza para criticar la inercia de los humanos? ¿O sobre la inmanencia de la sociedad para criticar la sumisión de los hombres y los peligros del naturalismo? ¿O sobre la trascendencia de la sociedad para criticar la ilusión humana de una libertad individual? ¿O sobre la trascendencia de Dios para apelar al juicio de los hombres y a la obstinación de las cosas? ¿O sobre la inmanencia de Dios para criticar las iglesisas establecidas, las creencias naturalistas y los sueños socialistas? Sería un moderno muy pobre, o sino sería posmoderno: siempre habitado por el violento deseo de denunciar, no tendría la fuerza de creer en la legitimidad de ninguna de esas seis cortes de apelación. Arrebatar a los intelectuales orgánicos y críticos los seis fundamentos de sus denuncias es aparentemente quitarles toda razón de vivir.

Sobre la posmodernidad (p. 95)
No hay más que una cosa positiva que se puede decir de los posmodernos: después de ellos no hay nada más. Lejos de ser lo mejor de lo mejor, marcan el fin de los fines. Vale decir, el fin de las maneras de terminar y de pasar que hacía que sucedieran a una velocidad cada vez más vertiginosa críticas cada vez más radicales y más revolucionarias. ¿Cómo podríamos ir más lejos en la ausencia de tensión entre naturaleza y sociedad? ¿Habrá que imaginar alguna super-hiper-inconmensurabilidad? Los “posmo”, como dicen los ingleses elegantes, son el fin de la historia, y lo más gracioso es que en efecto lo creen. Y, para mostrar a las claras que no son ingenuos, ¡pretenden regocijarse con ese fin! “No tienen nada que esperar de nosotros.” No, en efecto. Pero así como no está en su poder ser ingenuos, tampoco lo está terminar la historia. Simplemente se encuentran en un atolladero, el trazado por las vanguardias que ya ninguna agrupación sigue. Dejémoslos dormir hasta el fin del milenio, como lo reclama Baudrillard, y pasemos a otra cosa. O más bien, volvamos sobre nuestros pasos. Dejemos de pasar.

Sobre las filosofías del lenguaje (p. 96 y 97)
Estas filosofías no creyeron posible autonomizar el sentido sino poniendo entre paréntesis por un lado la cuestión de la referencia al mundo natural y, por el otro, la identidad de los sujetos hablantes y pensantes. Para ellos, el lenguaje ocupa todavía ese lugar mediado de la filosofía moderna - el punto de encuentro de los fenómenos de Kant -, pero en vez de hacerse más o menos transparente o más o menos opaco, más o menos fiel o más o menos traidor, ocupó todo el lugar. El lenguaje se ha vuelto para sí mismo su propia ley y su propio mundo. El "sistema de la lengua", los "juegos del lenguaje", el "significante", la "escritura", el "texto", la "textualidad", los "relatos", el "discurso", tales son algunos de los términos que designan el imperio de los signos. Mientras que las filosofías modernizadoras avivaban cada vez más la distancia que separaba los objetos y los sujetos volviéndolos inconmensurables, las filosofías del lenguaje, del discurso o del texto ocupaban el medio dejado vacío, creyéndose muy alejadas de las naturalezas y de las sociedades que habían puesto entre paréntesis (Pavel, 1986).
Su grandeza fue desarrollar, al amparo de la doble tiranía del referente y el sujeto hablante, los conceptos que dan su dignidad a los mediadores, los que no son más que simples intermediarios o simples vehículos que transportan el sentido desde la naturaleza hasta los locutores o de estos hacia aquella. El texto y el lenguaje hacen el sentido; hasta producen referencias internas a los discursos y locutores instalados en el discurso (Greimas y Courtès, 1979). Para producir naturalezas y sociedades solo se necesitan a sí mismos, y solo la forma de los relatos les sirve de materia. Siendo primero el significante, los significados se agitan a su alrededor ya sin ningún privilegio. El texto se vuelve original, lo que él expresa, o lo que vehiculiza, resultado secundario. Los sujetos hablantes se transforman en otras tantas ficciones engendradas por los efectos de sentido; en cuanto el autor no es más que el artefacto de sus propios escritos (Eco, 1985). Los objetos de los que se habla resultan efecto de realidad que se deslizan en la superficie de la escritura. Todo se vuelve signo y sistema de signos, la arquitectura y la cocina, la moda y las mitologías, la misma política y el inconsciente (Barthes, 1985).

Sobre la temporalidad moderna (p. 104)
Como todo lo que pasa es eliminado para siempre, en efecto los modernos tienen la sensación de una flecha irreversible del tiempo, de un capitalización, de un progreso. Pero como esa temporalidad es impuesta a un régimen temporal que funciona de muy distinta manera, los síntomas de un desacuerdo se multiplican. Así como lo había observado Nietzsche, los modernos tienen la enfermedad de la historia. Quieren conservarlo todo, fecharlo todo, porque creen haber roto para siempre con su pasado. Cuanto más acumulan las revoluciones, tanto más conservan; cuanto más capitalizan, tanto más ponen en el museo. La destrucción maníaca. Los historiadores reconstituyen el pasado detalle tras detalle con tanto mayor cuidado cuanto que fue sepultado para siempre. Pero, ¿estamos tan alejados de nuestro pasado como queremos creerlo? No, porque la temporalidad moderna carece de mucho efecto sobre el paso del tiempo. Así, pues, el pasado permanece, y hasta vuelve. Pero este resurgir es incomprensible para los modernos. Ellos lo tratan entonces como el retorno de lo reprimido. Lo convierten en un arcaísmo. “Si no prestamos atención, piensan, vamos a volver al pasado, vamos a volver a caer en las edades oscuras.” La reconstitución histórica y el arcaísmo son dos de los síntomas de la incapacidad de los modernos para eliminar lo que sin embargo deben eliminar para tener la impresión de que el tiempo pasa.

Sobre la temporalidad múltiple (p. 113)
Supongamos por ejemplo que reagrupáramos los elementos contemporáneos a lo largo de una espiral y no ya de una línea. Realmente tenemos un futuro y un pasado, pero el futuro tiene forma la forma de un círculo en expansión en todas las direcciones y el pasado no está superado sino retomado, repetido, rodeado, protegido, recombinado reinterpretado y rehecho. Algunos elementos que parecen alejados si seguimos la espiral pueden encontrarse muy cercanos si comparamos las vueltas. A la inversa, elementos muy contemporáneos, a juzgar por la línea, se vuelven muy alejados si recorremos el radio. Tal temporalidad no obliga a utilizar las etiquetas “arcaicas” o “avanzadas”, puesto que toda cohorte de elementos contemporáneos puede ensamblar elementos de todos los tiempos. En un marco semejante, nuestras acciones son finalmente reconocidas como politemporables.

Sobre la antropología en la modernidad (p. 149)
En los trópicos, el antropólogo no se contentaba con estudiar los márgenes de las otras culturas. Si permanecía marginal por vocación y por método, lo que pretendía reconstruir era no obstante su mismo centro, sus sistemas de creencias, sus técnicas, sus etnociencias, sus juegos de poder, sus economías, en suma la totalidad de su existencia. Si vuelve a casa pero se contenta con estudiar allí los aspectos marginales de su cultura, pierde todas las ventajas tan duramente conquistadas de la antropología, como, por ejemplo, Marc Augé, que, entre los laguneros de Costa de Marfil, quería comprender el hecho social total de la brujería (Augé, 1975), pero se limita, una vez que volvió a su casa, a no estudiar otra cosa que los más superficiales aspectos del metro (Augé, 1986) o del jardín de Luxemburgo. Un Marc Augé simétrico estudiaría, no algunos grafitis de los muros de los corredores de los metros, sino la red sociotécnica del mismo metro, tanto a sus ingenieros como a sus conductores, sus dirigentes y sus clientes, el Estado patrón y todo el resto. Simplemente, haría en su casa lo qué siempre hizo allá. Al volver a su lugar, los etnólogos no pueden limitarse a la periferia; de no ser así siempre asimétricos tendría audacia para los otros y timidez para consigo mismos.

Sobre la relación entre modernos y antimodernos (p. 180)
“Ustedes desencantan el mundo, yo mantendré los derechos del espíritu.” “Ustedes quieren mantener el espíritu? Entonces nosotros lo materializaremos.” “¡Reductores!” “¡Espiritualistas!” Cuanto más desean salvar a los sujetos los antirreduccionistas, los románticos, los espiritualistas, tanto más los reduccionistas, los cientificistas, los materialistas se imaginan que poseen los objetos. Cuanto más se enorgullecen los segundos, más miedo tienen los otros; cuanto más amedrentados están estos, tanto más aterradores en efecto se creen los otros.

Sobre la salvación de la tecnología y la tecnocracia (p. 180)
La defensa de la marginalidad supone la existencia de un centro totalitario. Pero si ese centro y su totalidad son ilusiones, el elogio de los márgenes es bastante ridículo. Está muy bien querer defender, contra la fría universalidad de las leyes científicas, las reivindicaciones del cuerpo doliente y del calor humano. Pero si esa universalidad proviene de una serie de lugares donde sufren en cualquier circunstancia cuerpos bien carnales y bien calientes, ¿no es grotesca esta defensa? Proteger al hombre de la dominación de las máquinas y los tecnócratas es una empresa digna de elogio, pero si las máquinas están llenas de hombres para quienes estas constituyen su salvación, esa protección solo es absurda (Ellul, 1977). Es una tarea admirable demostrar que la fuerza del espíritu trasciende las leyes de la materia mecánica, pero ese programa es una imbecilidad si la materia no es nada material y las máquinas nada mecánicas.

6 de agosto de 2014

Especulación: No-Estado

Hace unos días me topé con dos vídeos en Outside in:





Los cuales se relacionan con algo que he estado pensando recientemente: ¿existe realmente la posibilidad de que no exista Estado? Que el Estado esté supeditado a intereses del capital ya es una realidad. Sin embargo, ¿cabe la posibilidad de que el Estado sea reemplazado por una corporación? Ciertamente esto es algo que los neoliberales locales no promueven (al menos no abiertamente), para ellos el Estado debe proporcionar las condiciones para la existencia del libre mercado, encargándose de lo que el mercado no hace, un ámbito cada vez más pequeño. Actualmente modalidades como las obras por impuestos y las asociaciones público-privadas hacen que el límite entre las competencias del Estado y el poder del capital privado sea cada vez más difuso. A nivel internacional, funciones tradicionalmente asignadas al Estado, como uso de la fuerza, ya son ejecutadas por entidades privadas (o funcionan como si lo fueran). En su versión más reducida, probablemente el Estado solo estaría encargado de crear leyes y vigilar su cumplimiento.


Hace unas semanas leí un par de artículos sobre el legado de Karl Polanyi. El punto central de los artículos es que no puede existir un escenario en el cual no exista Estado. La idea de un mercado que no necesite Estado es utópica. Incluso el libre mercado necesita regulación del Estado, así esta signifique que el Estado recorte de sus propias capacidades: el Estado debe crear el marco legal que permite el libre mercado. A partir de esto, para Polanyi, la pregunta que nos deberíamos hacer no es si debe haber regulación o no, sino qué tipo de regulación debemos tener.
Incluso suponiendo un escenario en el que las corporaciones puedan ofrecer todas las obligaciones estatales en forma de servicios pagados, para hacer esto necesitarían una marco normativo que codifique la manera de hacerlo: un código común a través del cual tanto corporaciones como individuos puedan establecer relaciones comerciales.
Pongamos un ejemplo más concreto: tomemos el caso de los llamados "fondos buitres" que compran la deuda devaluada de países en crisis para luego pretender cobrarla en su totalidad. Incluso estas entidades privadas que se alojan en paraísos fiscales necesitan del marco normativo de un Estado para hacer efectivo el cobro de la deuda. Y, en algunos casos, un Estado puede decidir restringir este tipo de prácticas dentro de su jurisdicción.
Ejemplos como estos nos ayudan a entender porque Polanyi considera utópica la idea de un libre mercado total: una entidad privada no puede actuar "por fuera" de la soberanía de un Estado. Esto es claro incluso para las mismas grandes corporaciones, quienes en la práctica no actúan "por fuera" del Estado, sino a través de este, en lo que algunos llaman la "captura del Estado" (un ejemplo de esto: el Estado utilizando la fuerza para aprobar un proyecto de la gran minería). Probablemente sea por esto que Polanyi considera que la discusión de un mercado sin Estado en realidad es una estrategia para distraer la atención de todas los beneficios que el Estado le otorga al capital.
Imaginemos un ejemplo incluso más extremo: ¿qué pasaría si suspendieramos las leyes en favor de un sistema donde se pueden establecer contratos peer-to-peer (p2p) que se almacenan y ejecutan a través de tecnologia de blockchains? Algo similar a Ethereum (algo que también he tratado en otro post). En este caso, ¿necesitaríamos Estado? Creo que, al menos que una de las partes del contrato tenga la fuerza suficiente para hacer cumplir su compromiso a la otra, no hay ningún impedimento para que alguien arranque su computadora de la red, como diría Richard Stallman. Incluso suponiendo que una de las partes tuviera tal fuerza, ¿hasta que punto podría usarla? ¿Esto tendría que estar regulado por algún código marco para todos los contratos? Si el uso de la fuerza no tiene limite y una gran corporación pudiera coaccionar a otros actores menores con total discreción, cabría preguntarse ¿estaríamos realmente en un "libre mercado"?

5 de agosto de 2014

Sobre racionalistas, liberalismo y religión

Recientemente Adam Kotsko escribió un post sobre las actitudes de los racionalistas como Dawkins y sus seguidores respecto al islam (luego extendió la crítica a los aceleracionistas, algo que no considero del todo adecuado, pero esa es otra historia). En resumen, el punto es que los racionalistas (en especial a los que a mi gusta llamar los "ateos de internet") tienden a ver a los que practican el islam como un grupo de seres irracionales que no quieren entender que la razón es lo mejor para ellos.
Una consecuencia de este tipo de debates es que por lo general llevan a argumentos tipo "ah, pero seguro te opones a *conducta atribuida a ultras*" por parte de los racionalistas liberales. Como nota Kotsko:


Esto me recordó un crítica sobre el liberalismo que Zizek viene repitiendo desde hace tiempo (literalmente, lo repite tal cual en varios artículos):
"The difference between liberalism and the radical Left is that, although they refer to the same three elements (liberal center, populist Right, radical Left), they locate them in a radically different topology: for the liberal center, radical Left and Right are the two forms of appearance of the same “totalitarian” excess, while for the Left, the only true alternative is the one between itself and the liberal mainstream, with the populist “radical” Right as nothing but the symptom of the liberalism’s inability to deal with the Leftist threat. When we hear today a politician or an ideologist offering us a choice between liberal freedom and fundamentalist oppression, and triumphantly asking a (purely rhetorical) question “Do you want women to be excluded from public life and deprived of their elementary rights? Do you want every critic or mocking of religion to be punished by death?”, what should make us suspicious is the very self-evidence of the answer – who would have wanted that? The problem is that such a simplistic liberal universalism long ago lost its innocence. This is why, for a true Leftist, the conflict between liberal permissiveness and fundamentalism is ultimately a false conflict – a vicious cycle of two poles generating and presupposing each other. One should accomplish here a Hegelian step back and put in question the very measure from which fundamentalism appears in all its horror. Liberals have long ago lost their right to judge. What Horkheimer had said should also be applied to today’s fundamentalism: those who do not want to talk (critically) about liberal democracy and its noble principles should also keep quiet about religious fundamentalism."
Y esto no se trata de "oh, tolerémonos unos a los otros". Esto se trata de luchar juntos, como bien dice Zizek:
"I don't believe in tolerance, I believe in the proper good intolerance. Let's say we and muslims. Fuck it. I don't want to tolerate them or them to tolerate me. I want to share our struggle with them. We are fighting here, they are fighting there. The only hope of universality is if we discover our struggle is the same at some level."

tl;dr: no, no quiero una sociedad ultrareligiosa, pero tampoco quiero un racionalismo liberal.

3 de agosto de 2014

Formación, mercado y ciudadanía

Un par de cosas que me he estado preguntando últimamente:

1) ¿Aprendemos a ser clientes antes que ciudadanos? Y cuando digo "antes" no me refiero al orden de importancia (como "eres cliente antes que ciudadano"), sino literalmente antes. Los niños son un sector importante del mercado y son un objetivo predilecto de la publicidad desde muy temprana edad. Por otro lado, ¿cuáles son los primeros contactos de un niño con el Estado? Lo más seguro que estos se den a través de la educación y la salud, y probablemente no sean satisfactorios.

2) ¿Esto influye en la formación de nuestras actitudes y conductas respecto al Estado? Si nuestros primeros contactos con el Estado no son satisfactorios y desde niños el mercado nos promete satisfacer nuestras necesidades más básicas, ¿acaso no es lógico que posteriormente muchos se aproximen al Estado como esperando o deseando que este se comporte como una empresa?

Algunas consecuencias de esto:

a) El Estado debe ser (como) una empresa. ¿Cuántas veces hemos leido cosas como "en el sector privado no pasaría esto" cada vez que se critica al Estado? El traslado de criterios originados en el mercado, como la competitividad, a otras instancias, incluido el Estado, demuestra como la lógica del mercado tiene la capacidad de invadir otras esferas y las relaciones que se dan en ellas (algo que he tratado en otro post).

b) Afirmación a través de consumo. En algunas ocasiones las luchas por los derechos ciudadanos parecen algo del pasado. Un ejemplo de esto es que actualmente muchos de los casos de discriminación que se reportan en los medios se dan en relaciones empresa-cliente en lugar de Estado-ciudadano (lo cual no es igual a decir que lo segundo no ocurra). La mayoría de veces los reclamos en estos casos se pueden reducir a la fórmula "¿por qué no me dejas consumir?", en otras palabras, ¿por qué no me permites gastar mi dinero? Como si participar en relaciones de mercado fueran la última forma de afirmación de nuestra existencia como individuos. El capitalismo no cumple su promesa de disolver antiguas fórmulas de dominación y probablemente por eso es que el desconcierto es tan fuerte.

¿Cómo cambiamos esto? Considero que cosas como la educación cívica son inútiles (y realmente estoy cansado de leer/escuchar "necesitamos una formación en valores" en los medios). Creo que esto no se trata de qué se enseña, sino de cómo. Podemos crear una infinidad de cursos sobre lo bueno que es ser ciudadano pero mientras los derechos que le corresponden a todo ciudadano (educación, salud, seguridad, etc.) sean deficientes poco o nada vamos a lograr. La única manera de formar ciudadanos es teniendo un Estado fuerte. Hasta entonces, probablemente muchos estarían más contentos con un CEO en lugar de un presidente.

6 de junio de 2014

Descafeinización del racismo

Una reacción al artículo de Guillermo Rochabrún sobre el conversatorio de Paulo Drinot y Nelson Manrique “Racismo y desigualdad en la historia del Perú”. Específicamente sobre el penúltimo subtítulo "¿Racismo…? Ya quisieran".

Tengo un tremendo problema cuando alguien afirma "así se 'racea' en el Perú". Rochabrún dice: "En EE. UU. es muy nítido quién es un WASP y quién es un negro. Aquí en cambio puede quedar claro quién será discriminado, pero no cómo va a ser aquel que discrimine". ¿Dónde es aquí? ¿Aquí en una discoteca de Asia? ¿Aquí en el Jirón de la Unión? ¿Aquí en Cajacay? ¿Por qué explicar de manera totalizante la ejecución de un sistema de dominación de naturaleza intersubjetiva en un determinado territorio demarcado por límites políticos producto de contingencias históricas? La ejecución de racismo (que no es lo mismo decir sus consecuencias) en interacciones interpersonales (que no es igual a la ejecución de racismo en medios masivos) debería ser estudiada situacionalmente, en los discursos que se elaboran en el acontecimiento.

La idea tan popular (casi un lugar común) de que ahora vivimos un "racismo diluido", que en realidad no es racismo sino "clasismo racializado", es tremendamente beneficiosa para quienes realmente discriminan por rasgos físicos, quienes por lo general pertenecen a las élites económicas blancas. Invisibiliza problemas aún no resueltos. Incluso Rochabrún propone abandonar la palabra 'racismo' y quedarnos solo con 'discriminación', algo que claramente le presta poca atención a lo que él llama 'discriminación racial' (nótese como no dice racismo) que afirma que ocurre en lugares selectos y en el campo laboral (ver subtítulo De las relaciones de producción y dominación a las relaciones interpersonales). En el discurso popular esta concepción del "racismo diluido" normalmente va de la mano con la ilusión de una salida: uno puede dejar de ser raceado cuando escala económicamente. La fantasía liberal perfecta, la otra cara del relativamente reciente optimismo nacional: cualquier individuo puede lograr el éxito. Esto se contrapone a lo que el racismo significa para el individuo realmente 'raceado': su lugar en la sociedad está determinado por su cuerpo y no existe salida para esto. Como bien dice Rochabrún en su adenda: nosotros somos cuerpo.

Perder de vista las situaciones por la pretensión de encajar determinado acontecimiento en una gran explicación de como se ejecuta el racismo en todo el Perú me parece, por lo menos, problemático. Puedo aceptar esta explicación de "clasismo racializado" para un contexto específico (que creo que es el de la nueva clase media urbana post-migraciones) pero definitivamente no para todas las interacciones que ocurren en diferentes contextos que existen en el país. La réplica a esto podría ser "¿acaso esta explicación no abarca a una gran parte de la población peruana?". Probablemente, pero no es total, no alcanza para decir "así se 'racea' en el Perú", deja cabos sueltos, cabos tan importantes como las élites. Ante un caso de denuncia de racismo no nos extraviemos en las posteriores enunciaciones de lugares comunes, centrémonos en el evento, en la consumación del acto.

22 de mayo de 2014

Ejecuciones ideológicas: de leyes a algoritmos




Partamos de una premisa: las leyes son una tecnología. Son dispositivos creados por los humanos para un fin específico. El fin es ejercer control sobre un conjunto de individuos, los ciudadanos, dentro de un espacio geográfico. Estos dispositivos determinan lo que es posible dentro del orden legal.

Los algoritmos también son una tecnología. Igualmente son dispositivos creados para un fin específico. En su caso, el fin es ejercer control sobre un conjunto de individuos, pero aquí se trata de usuarios de un software o plataforma. Estos dispositivos determinan lo que es posible dentro de un orden algorítmico. 

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Tanto las leyes como los algoritmos comparten una característica fundamental: ambos son la forma ejecutable de una ideología. Son el sistema de órdenes a través del cual una ideología se materializa. Por ejemplo, así como un sistema legal que garantiza la acumulación de capital y el libre comercio materializa la ideología liberal, igualmente lo hace una plataforma (es decir, un sistema de algoritmos) que permite el libre flujo de información y extraer valor de ello.


Sin embargo, hay un par de diferencias cruciales y estrechamente relacionadas entre ellas que me interesan. Primero, un ciudadano en un orden legal puede romper la normal ejecución de estas órdenes, es decir, encontrarse en la ilegalidad. En cambio, un usuario en un orden algorítmico no puede romper la ejecución, salvo, claro, que sea un hacker (o que se tenga el dinero para contratar uno), aunque obviamente es mucho mas fácil ser un criminal que un hacker. Aquí me refiero a la noción ortodoxa de un hacker, no a la idea muchas veces banalizada de que "todos somos hackers".

Segundo, a diferencia de un algoritmo, una ley no es "self-enforced", es decir, no se "hace auto-cumplir". Un sistema legal necesita estar acompañado de coacción que asegure su ejecución (desde sanciones administrativas hasta el uso de la violencia física). En cambio, cuando uno está dentro de un sistema algorítmico las órdenes se autoejecutan. No es posible escapar de la ejecución de las órdenes, a menos que 1) seas un hacker (o tener el dinero para contratar uno), o 2) estés totalmente fuera del sistema. La conclusión de este punto es simple: entras al sistema algorítmico y soportas su régimen o eres un outcast.

Tercero, una ley es "negociable", un algoritmo no. El derecho no es una ciencia. Si bien el producto de esta disciplina son dispositivos de orden, estos dispositivos son interpretables (al fin y al cabo, ¿acaso de eso no se trata el derecho? ¿Intentar ordenar a partir de una ideología elaborando dispositivos de orden y luego interpretar esos mismos dispositivos?). En cambio, un algoritmo no se interpreta, simplemente se ejecuta. La disyuntiva a la que nos enfrenta este punto puede resultar problemática para algunos: ¿son preferibles las imperfecciones del sistema legal y burocrático a un sistema más expeditivo pero con un margen nulo de negociación? La ley permite negociar y aun estar dentro del sistema, el algoritmo no.

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Cuando Justine Tunney propuso que todos los funcionarios y el presidente de USA renuncien y sean remplazados por ingenieros y un CEO hizo referencia, tal vez sin saberlo, a un paso intermedio (al mejor estilo de Lenin), entre el orden político como lo conocemos, y una total automatización del orden social. Un sistema totalmente automatizado estaría dirigido por autómatas, una o varias entidades algorítmicas que ni siquiera necesitarían los ajustes y/o reprogramaciones de un humano. Tener un líder absoluto, ya sea un dictador o un CEO, no es el último estadio de un proyecto tecnocapitalista, sino una transición. Quien conmine a sus seguidores a quedarse en tal etapa es mediocre en pos de alcanzar este proyecto.

¿Funcionaria un proyecto como este en países periféricos? A nivel micro diría que no. En mi experiencia de asistencia técnica a burocracias locales algo me ha quedado claro: la aplicación homogénea de un dispositivo legal en un universo de jurisdicciones heterogéneas (en cuanto a aspectos más o menos estables como demografía o geografía) es imposible de lograr con resultados totalmente satisfactorios. Acá es pertinente la noción de "ver como el Estado" de Scott: el Estado solo mide y, por lo tanto, atiende lo que está en sus planes de políticas públicas. Lo que no entra en estos planes, no es medido y, en consecuencia, tampoco atendido. Lo que se pasa por alto finalmente aparece en los resultados y evaluaciones de estos planes como factores externos que perjudican sus modelos. Igualmente, un sistema de algoritmos solo permite extraer la data para la cual esta programado, por lo cual inevitablemente hay una perdida de información, en especial la no cuantificable. ¿Dejar de “ver como el Estado” para “ver como un sistema algorítmico” sería realmente beneficioso?


¿Funcionaría en un nivel macro? Tampoco lo creo (y probablemente no solo en escenarios periféricos). Las situaciones de revoluciones anteriores me llevan a especular que la consecución de un ordenamiento social puramente algorítmico de un ideal tecnocapitalista (con todo lo que eso implicaría) no seria posible, no por una falla de técnica, sino por una falla humana. El problema de las élites de CEO e ingenieros seria similar al problema de Hitler señalado por Žižek: no son suficientemente violentos. No en el sentido de la violencia sobre los sujetos, sino en el sentido de violencia sobre el sistema: no estarían dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, es decir el gobierno de una entidad algorítmica pura. Finalmente tendríamos más de lo mismo: el gobierno de élites despóticas aunque probablemente de una manera menos encubierta. Uno se despoja de un Amo solo para someterse a otro.

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Probablemente a lo que nos estamos enfrentando, más que un cambio de ideología, sea un cambio de modos de ejecución: algo que, en lugar de debilitar la ideología, la empodera en su capacidad de materializarse. Hay que ser conscientes que no puede existir un orden social desideologizado. Debido a esto, toda acción ejecutada o modelo de acción diseñado con el fin de lograr este orden es inherentemente ideológico. Precisamente cuando uno cree que está libre de ideología es que uno está totalmente inmerso en ella.

El asunto no es tratar de escapar la ideología intentando encontrar un orden puramente técnico o pragmático, tal clase de orden es imposible (lo cual no es igual a decir que no hay nada fuera de la ideología). Según el psicoanálisis lacaniano, el propósito de la terapia no es "curar" el desorden del individuo, sino hacer que el individuo encuentre "su" desorden, un desorden que no sea constituido respecto al orden del Amo. Tal vez necesitemos hacer precisamente eso: encontrar "nuestro" (des)orden algorítmico.

11 de abril de 2014

Las creencias y la materialidad de la ideología: a propósito de la unión civil y el aborto


Pic related, kinda, not sure.

Recientemente dos temas han copado la atención del debate publico limeño: la despenalización del aborto y la unión civil entre personas del mismo sexo. Ambas propuestas, como era de esperarse, fueron respaldadas de una minoría liberal, representada por algunos comentaristas mediáticos, y rechazadas por el sector conservador de la sociedad limeña, representado por el aparato mediático neoconservador limeño (El Comercio, Correo, RPP, etc.).

Las encuestas y los debates entre pundits de posiciones opuestas que actualmente copan el debate publico claramente son una sobrerepresentacion. Este "debate" es fabricado por los medios: probablemente el peruano promedio no se levanta de su cama pensando si es que está a favor o en contra de un proyecto de ley y está más preocupado en ir a su trabajo. Antes de que digan que estos temas si son vitales para muchos y que los estoy minimizando, pues no (además, estoy a favor de ambas iniciativas). Lo que quiero señalar aquí es la artificialidad de este debate: esto no es más que una puesta en escena mediática (algo así como cuando al inicio de una campaña electoral se le pregunta a un candidato si va a legalizar las drogas, a pesar de que a casi nadie se le paso por la cabeza, salvo, claro, al reportero o entrevistador). Estos son temas polémicos, los cuales son seleccionados y resaltados por los medios para reforzar su ideología. La capacidad real de movilización de estas dos posiciones probablemente no vaya mas allá de sectores sensibilizados (una minoría respecto a los grandes porcentajes de las encuestas). Aunque, por supuesto, ahora es mucho más fácil demostrar la sensibilidad sobre un tema en alguna plataforma de social media, donde básicamente se vomitan opiniones. Pero de ahí a movilizarse realmente hay una gran distancia.

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Aclarado esto, quisiera pasar al punto central de este post. La estrategia que repetidamente veo utilizar a los comentaristas mediáticos liberales es el enfrentamiento con otros comentaristas conservadores, asi como con sectores "ultras" (p.e. Opus Dei, algunas iglesias evangélicas). Y su principal arma en estos enfrentamientos es el ataque a lo que creen: "¿Cómo van a creer eso? ¡Qué retrógradas!". Esto me parece un grave error. Hacer esto me parece un simple acto "para la tribuna". ¿A alguien realmente le parece útil todo esto? Al contrario, me parece que reducir todo a ataques y sátiras del bando contrario alimenta aún más la puesta en escena mediática.

No puedo evitar hacer la asociación entre esta estrategia y el modo de operar del llamado "Nuevo Ateismo" (Dawkins y compañía), quienes basan su presencia publica en "difundir ciencia", "destapar" mitos y ridiculizar las "falsas creencias" del oponente. Y ambas estrategias me parecen tremendamente erradas. Kotsko lo pone muy claro:

"...the real problem with the evangelical Christian communities in which I lived for the first two-thirds of my life was not the opinions they held on various metaphysical issues, but the concrete material strategies that they used to maintain people’s group loyalty."

Y también Bryant:

"If religion isn’t primarily about belief as the new atheists think– and here new atheism mirrors bourgeois economic theory that conceives economic activity as individual actors pursuing their own rational self-interest, rather than understanding these are social dynamics that transcend individual propositional attitudes –then what’s it about? I think religion is a form of social organization. In my view, religion is often far more about communal and affective relations between people than about what anyone might believe (ask ten catholics what they believe and you’ll get ten different, often contradictory, answers). This is what the new atheists don’t get. If “believers” are often loath to question their theology, it’s not because they believe silly things like water being turned into wine, but because abandoning those labels means severing family relations, friendships, business relationship, romantic relationships, and a number of other social and supportive relations."

Lo que creo que pasa por alto este tipo de enfoque de la religión y el conservadurismo es el aspecto social de la ideología. Las creencias no son simples ideas que una persona cree porque es un loquito, un débil mental o un fanático. Toda ideología tiene una dimensión social la cual es fundamental para su reproducción y constante actualización, ignorar esto nos lleva a quedarnos solamente con su dimensión cognitiva y discursiva (lo cual lleva a lecturas y soluciones como "algo en la mente de estas personas debe estar mal" o "necesitamos más columnas de opinión").

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Hace un par de meses hubo un debate muy interesante entre filósofos, antropólogos y psicoanalistas que ellos mismos llamaron "The Pluralism Wars". El debate trataba sobre el "giro ontólogico" de la antropología y la etnografía inspirado por el trabajo de Bruno Latour.

El punto central de esta discusión era si es que uno, desde una posición realista, debe aceptar las creencias de otros como reales. Para realistas "duros" como Levi Bryant esto es inadmisible. Para él solo se puede considerar real aquello que tiene una existencia material, probablemente solo comprobable por el método de la ciencia. Podemos mostrar nuestro desacuerdo respecto a las creencias de otros aunque con respeto por un principio de convivencia. Bryant menciona como ejemplo sus charlas con un amigo suyo que es un cura católico.

Por otro lado, para los que se declaran seguidores de Latour y Stengers, las creencias si deberían ser consideradas reales. Algunos incluso llegan a acusar a Bryant de tener una mirada policial sobre lo real (policing the real). Aquí es donde se pone complejo el asunto, ¿cómo es real lo que alguien cree? Es decir, ¿debemos "concederle existencia" a todo lo que creen los demás? La explicación que me pareció más interesante fue la de Terence Blake quien ante la pregunta sobre si los espíritus y los demonios son reales respondió:

Latour would reformulate the above question in his own terms as
a) “Do psychogenic material networks exist?” His answer is obviously yes, the psyche is not pre-given, it is produced and constantly in production.
b) “Is the ontological status of the beings that transit these networks (emotions, affects, spirits, gods and demons) only referential, or is it also metamorphic?” Latour does believe that these entities can be studied by referential science, as for him everything can. But in the case of these beings, something very important would be missed if we stuck to just that mode of relation to them.

Efectivamente, creo que es mucho más útil concebir a las creencias como el producto cognitivo de un conjunto de relaciones materiales (como el trabajo, la familia, el barrio, etc.) que como simples fantasías de débiles mentales que necesitan aferrarse a algo. Creo que concentrarse en las relaciones reales que producen el acto de creer y no en la creencia en si ofrece estrategias que salen de lo únicamente cognitivo y discursivo, y nos permite integrar la tan ausente cuestión de lo social y material.

Datos sobre lo fuerte es la Iglesia Católica en el Perú sobran (ver este post de Sanborn). Con todo este poder material y alcance en la población que tiene el sector conservador, no debería sorprendernos que muchas veces el tejido social esté impregnado de creencias conservadoras y que estas se refuercen y actualicen cada vez que los sujetos hacen uso del capital social que poseen.

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Probablemente para este punto alguien se pregunte "si todo esto esta tan determinado, ¿qué nos queda hacer?". No todo esta determinado. Si todo estuviera determinado por la estructura no habría espacio para la agencia ni para cambios sociales. Bryant diría que nosotros no somos nuestras relaciones. Lacan diría que el sujeto es inherentemente histérico. Siempre hay un margen, aunque sea pequeño, en el cual el sujeto decide como subjetivizar sus condiciones objetivas.



El reto está en cómo promover esta agencia yendo más allá del estéril debate con ultras y la superfluas burlas sobre la religión. En como crear redes y condiciones sociales para el cambio. Creo que la solución, siendo optimista y sin decir nada nuevo, está en la organización política, en algo que pueda hacerle oposición a los poderes fácticos, quienes claramente están del lado de los conservadores, proporcionándoles, no solo exposición mediática (p.e. el programa de RPP de Cipriani), sino también cooperación material (p.e. el auspicio del Grupo El Comercio a la Marcha de la Vida). Esta organización política debe tener como fin promover transformaciones desde el mismo Estado, acompañando cambios normativos con implementación de servicios sociales que desplacen a los ofrecidos por las iglesias (alimentación, salud, educación, etc.). Obviamente esto es algo que toma décadas, pero es a lo que deberíamos apuntar.

No obstante, no creo que tanto la legalización del aborto y la union civil deban a esperar décadas, deben ser aprobados ya. Estos cambios son urgentes para ciudadanos y ciudadanas privados de derechos en comparación de otros (p.e. heterosexuales que pueden casarse o mujeres con suficientes recursos para un aborto en una clínica) y deben ser parte de toda plataforma política que se considere de izquierda. Siguiendo la estrategia anteriormente propuesta, el eje central de estos reclamos debería ser la exigencia de derechos que tienen consecuencias muy directas en las condiciones materiales en las que una persona vive (como la salud de las mujeres y el bienestar de vivir en pareja). Centrar los debates en esto evita caer en la trampa del "cada uno puede hacer lo que quiera", la cual finalmente termina siendo la otra cara del neoliberalismo y justifica toda la agenda del capitalismo fuera de control, el mismo que le sirve a los poderes fácticos para oponerse a estas causas. Parafraseando a Zizek cuando habla de Martin Luther King, esto no es un asunto de tolerancia, sino de derechos legales y justicia económica.

31 de marzo de 2014

Sobre los comentaristas de los medios

Hace un par de días escuché el podcast de Daniel Salas sobre Phillip Butters y la opinión en los medios. El podcast me recordó a un tema que me interesa actualmente: el rol de los expertos (el cual he tocado en otro post) y de los comentaristas en la construcción del discurso mediático. A continuación coloco algunas citas del capítulo 12 del libro "El discurso de la información" (2003) de Patrick Charaudeau sobre el tema. Obviamente recomiendo la lectura del libro, sobre todo si es que son estudiantes de periodismo o de comunicaciones en general.

"[El comentarista] sabe que debe ser creíble, pero también sabe que ningún análisis, ninguna argumentación puede tener algún impacto si no despierta el interés del consumidor de información e incluso si no lo conmueve. De ahí nace un imaginario discursivo específico del comentarista mediático que fundamenta el valor de un comentario en las cualidades de claridad y entusiasmo, de "luminosidad" y "pasión". Entonces, el periodista, que se encuentra entre la espada (credibilidad) y la pared (captación), tenderá a preferir los modos de razonamiento que considere sencillos (u por lo tanto accesibles a la mayoría), motivadores (que constituyen centros de interés para la mayoría) y dramatizantes (que puedan despertar la curiosidad del pueblo)." (p. 275)

"Para ser motivador y dramatizante, pues es muy difícil distinguir entre las dos cosas, el razonamiento deberá implicar de manera directa o indirecta al consumidor-ciudadano. Por ello se recurre a varios tipos de procedimientos. Por una parte, los argumentos que sirven para apoyar el análisis serán escogidos en función de su valor de "creencia" más que de "conocimientos" [...] los medios, al dirigirse a la mayoría, al razonar se basan en saberes que son los más ampliamente compartidos por el blanco de receptores a los que intentan llegar. Una especie de máximo común denominador de los saberes referidos a la experiencia social y los juicios sobre ella que circulan en amplios sectores de la sociedad. Se los llama "lugares comunes". Su uso debe establecer una intercomprensión, es decir, una connivencia, una complicidad, entre el medio y su consumidor que garantiza inteligibilidad recíproca y, por lo tanto, la información lograda. Por otra parte, una 'psicologización' de la explicación de los hechos consiste en atribuir una intención a instancias colectivas o entidades anónimas, incluso no humanas, en lugar de constatar las relaciones que se establecen entre los elementos de un mecanismo económico, social, climático, etc." (pp. 276-277)

"La amalgama también es un efecto discursivo que proviene de ese doble deseo de simplificación y de dramatización. En primer lugar, mediante el procedimiento que consiste en clasificar hechos particulares bajo una misma etiquerta general. Esto es lo que viene ocurriendo durante estos últimos años en torno a los "casos de corrupción". Todo asunto clasificado bajo esta etiqueta o alguna de sus variantes, por efecto de proximidad semántica, mantendrá con otros hechos de la misma clase una relación de cantidad (acumulación) y uno de cualidad (causalidad)." (p. 279)

"Los fenómenos del mundo son complejos y explicarlos quiere decir discriminar para clasificarlos y marca diferencias. Para hacerlo, se requiere tiempo e instrumentos bastante complejos. "Cuando la verdad es demasiada complicada, solo podemos decirla de manera complicada", dice Bourdieu. Evidentemente esa conclusión choca contra el sentido común que considera que debe ser posbile explicar con sencillez lo que es complicado. Y en este imaginario se basa el discurso de información mediático. La divulgación da esa impresión, pero es antagónica de la información: cuanto más ampliamente se comparte el saber, mejor lo comprende (es decir, lo reconoce) la mayoría de los receptores y menos informa; cuanto más se reserva el saber a un grupo reducido, más receptores excluye y más capaz es de informar (es decir, de ser utilizado)." (p. 280)

28 de marzo de 2014

Apuntes rápidos sobre la Paisana Jacinta

En realidad estoy reciclando parte de un comentario que dejé el miércoles en el status de un contacto de Facebook que trataba sobre la reciente entrevista a Magaly Solier en Correo.

Lo que dice Solier sobre la actuación me parece clave aquí, ya que parece que intenta deconstruir al personaje en tanto ella, como actriz, sabe que es una actuación y, (¿por lo tanto?), arte. Sin embargo, no hay que ser actor/actriz para saber que es una actuación, para hacer esta deconstrucción. Todos lo hacen de una manera más o menos sofisticada. Todos sabemos que es un hombre vestido de paisana. Todos vemos detrás del vestido. A lo que quiero llegar es que no basta con saber eso, al contrario, el hecho de saber esto ayuda a establecer una distancia respecto al (¿intencionalmente?) fallido efecto de mimesis de la actuación de Benavides.
 
"Obviamente sabemos que es un hombre vestido de mujer, esto no es real por lo tanto nadie tendría razón de ofenderse". El hecho de saber que esto no es un intento de representación mimética de una mujer andina lleva al rechazo de quienes si sienten que es ofensivo. "¿Por qué ellos se ofenden si no es real? ¿Acaso no ven detrás del vestido? Obviamente ven detrás, entonces, ¿por qué la sensibilidad? Probablemente sea algo personal, una experiencia que perturbo su campo sensible y que lo hizo distinto al de todos nosotros que no nos ofendemos". Y aquí es cuando se pierde toda capacidad de ponerse en el lugar del Otro. Ponerse en el lugar del Otro implica no solo un ejercicio de empatía con un sujeto en un acontecimiento específico, sino la comprensión de la posición del sujeto en el funcionamiento de una sociedad, desde su posición de discriminado. Es fácil reirse de las ninguneadas que recibe Jacinta pero es condenable cuando alguien no es contratado por sus apellidos de origen andino o por sus rasgos en la foto de su CV limitando sus condiciones materiales en contraposición a otro con apellidos de origen europeo o rasgos "blancos". 
 
Precisamente las lecturas "flexibles" (lecturas que afirman que el personaje no es racista) del racismo en Jacinta surgen porque eso es algo inadmisible, indecible, salvo en situaciones específicas. Una gran mayoría puede coincidir en que la sociedad peruana es racista, pero en cuanto uno empieza a señalar racismo más le vale que sea en actos muy concretos (por ejemplo, la restricción de ingreso a un local), de no ser así, es inmediatamente tildado de hipersensible (cuando no resentido, acomplejado, etc.). El racismo está en todos lados y en ninguno a la vez porque nadie se atreve a enunciarlo. Desde una mirada normativa, todo racismo debe necesariamente estar en el campo de la experiencia, no de lo simbólico. Por eso creo que la denuncia debe seguir por el camino del racismo, porque el simple hecho de enunciarlo subvierte ya el orden simbólico del discurso dominante.