6 de agosto de 2019

Del "que se vayan" al "nos vamos"

Durante la campaña presidencial del 2016, Julio Cotler comentó que en el Perú no existen movimientos, sino protestas. Traigo a colación este comentario debido a la propuesta de adelanto de elecciones del presidente Vizcarra. Si desde hace un par de años el reclamo general del público es "que se vayan todos", ¿cómo es que llegamos a un punto en donde un presidente dice "nos vamos todos"?

Para responder esta pregunta creo que es importante tomar en cuenta la posición desde la que Vizcarra enuncia este mensaje. Más que jugar a desentrañar una supuesta estrategia de Vizcarra en base a trascendidos - algo que últimamente parece haberse convertido en un deporte nacional -, me interesa cómo opera lo que enuncia Vizcarra ante el público, en un contexto de precariedad política y social.

Al tratarse de un presidente cuya única fuente de legitimidad es su popularidad, sin bancada ni partido, pedirle que gobierne "respetando las formas" - p.e. completar los cinco años de gobierno - es fútil y, más bien, integrarse a la ola de ira - no tanto montarse sobre - hacia los corruptos como un miembro más del público es casi un reflejo por sobrevivir políticamente. Vizcarra parece haberse apropiado de la narrativa de ser solo alguien más que "se topó" con la presidencia y, al tener tal poder, asume la responsabilidad de no solo transmitir sino de ejecutar directamente el deseo del público. Figurativamente hablando, podría decirse que Vizcarra es el tipo gritando "que se vayan todos" en la calle en la posición de decidir "nos vamos todos".

No obstante, ¿por qué fue el presidente quien tuvo que pedir que se fueran todos, él incluido? ¿Por qué no fue un movimiento el cual forzara la salida de todos? Por un lado, el sujeto neoliberal, preocupado en sobrevivir día a día la precariedad social del país, no parece poder expresar su malestar más allá de las demostraciones de ira y rechazo observables en medios. En este sentido, pareciera que el Perú vive una crisis política para la cual paradójicamente nadie tiene tiempo. Por otro lado, las protestas en el país suelen ser específicas y/o localizadas, y al ceder su particularismo para abarcar cuestiones más generalizadas su potencial disruptivo se difumina. El gran movimiento articulador de todas las protestas, que algunos sectores de izquierda esperan y que lograría que "todos se vayan", nunca iba a llegar.

Poniéndolo en perspectiva, posiblemente la salida propuesta por Vizcarra sea la medida que mantenga el orden del país, probablemente su mayor interés como un presidente de derecha popular. Acciones como el endurecimiento de las medidas migratorias y la militarización de conflictos extractivos nos hablan de alguien que quiere "dejar la casa ordenada" en lugar de un gran reformista, como algunos lo quieren ver, algo que además se contradice con su propia intención de realizar elecciones adelantadas sin algunas de las reformas políticas propuestas. Lo peor que le puede pasar al orden actual - y que puede acentuar más la incertidumbre que tanto dice temer el empresariado - es continuar dos años más con instituciones como el congreso actual, el cual genera una sensación de impunidad generalizada y que podría hacer que el público opte por alguna de las opciones llamadas "radicales" en el 2021. Llegar a un cambio de mando a entregarle el poder a alguien que continúe el modelo posiblemente sea el mayor logro al cual aspira un presidente en la posición de Vizcarra.

10 de febrero de 2019

Entre la ira y el castigo

Los últimos meses de la coyuntura política nacional han estado marcados por algo que los medios llaman "crispación política", algo que probablemente puede ser definido vagamente como un estado de alto antagonismo entre distintos actores políticos. Un lugar común que los medios repiten con frecuencia es que el "ciudadano de a pie" se encuentra cansado de este permanente antagonismo. En este texto quisiera ofrecer una lectura alternativa. Este estado de confrontación permanente con un enemigo cumple una función: canalizar la ira retenida de la ciudadanía hacia individuos o entidades que pueden ser nombradas e identificadas.

En una conferencia a fines del año pasado, el sociólogo inglés Will Davies sugirió que en la actualidad podemos distinguir dos tipos de iras en el plano sociopolítico. Por un lado, la ira lenta hace referencia a la ira que se acumula continuamente durante grandes periodos de tiempo, generalmente debido a una sensación de pérdida - de, por ejemplo, estatus social -, y genera un anhelo por reparar un orden o recuperar valores perdidos. Por otro lado, la ira rápida se trataría de la ira que se siente y expresa en el momento a partir de impresiones de lo que sucede en tiempo real, y se puede encontrar comúnmente en interacciones en social media. Este segundo tipo de ira tiene un efecto catártico para quienes están sobrecargados con el primer tipo, ya que les proporciona una sensación de satisfacción indirecta al poder descargar el descontento retenido.

La iniciativa anticorrupción emprendida por el gobierno de Vizcarra a partir de mediados del 2018 en cierta medida ejerce esta función de canalizar la ira. Para comprender exactamente cómo lo hace es importante tener en cuenta un par de factores. En primer lugar, un contexto de alta informalidad y precariedad - sumado al actual momento de estancamiento económico - produce sujetos cuya principal preocupación es sobrevivir día a día. El relato heroico del emprendedor en verdad es una penuria: se trata de trabajar para llegar al día siguiente. Este estado de ansiedad continuo produce un malestar acumulado que, al no existir vías adecuadas de reclamo ciudadano, no tiene forma de ser atendido ni, menos, solucionado.

En segundo lugar, los sujetos que sobreviven en este contexto precario saben que su forma de vida no es la única posible. Por el contrario, ellos saben que existe otro grupo de personas que no pasan por estas mismas penurias: los poderosos. Los poderosos son un grupo difuso de personas que, gracias a prácticas corruptas, evaden el tortuoso día a día por el que los sujetos comunes deben pasar para sobrevivir. Los poderosos han logrado "sacarle la vuelta" al sistema y disfrutan impunemente. El unánime rechazo a la corrupción no debería ser tomado como el nacimiento de un nuevo individuo institucionalista, sino como una abrumadora cantidad de sujetos hartos de que unos pocos se aprovechen del resto. Los idealistas que anhelan hacer del Perú una "verdadera" república palidecen ante una enorme proporción de sujetos molestos con quienes ostentan poder, aunque por el momento se encuentren del mismo lado. Por el momento.

Ni emprendedores ni republicanos, sino trabajadores precarios molestos. ¿Qué se les puede ofrecer? La cruzada anticorrupción de Vizcarra les brindó precisamente lo que podía apaciguar su ira acumulada: poderosos específicos a los cuales castigar. No obstante, el apaciguamiento de la ira no proviene del trámite burocrático de procesar y condenar a estos poderosos. El efecto catártico proviene del espectáculo del castigo, de ver y comentar como es que uno de estos poderosos es castigado. El nuevo ecosistema mediático permite que uno ya no solo vea la nota de dos minutos en el resumen de noticias nocturno, sino que siga en tiempo real todo el proceso. En cierto modo posibilita que el sujeto común se sienta involucrado en el acto del castigo en lugar de ser solamente un espectador. Es en esta participación en que el sujeto puede descargar su ira acumulada - la ira lenta - y a través de acciones de violencia simbólica, desde insultos hasta memes - la ira rápida.

Un elemento importante en la canalización de la ira son las figuras sentenciosas que actualmente abundan en los medios. Davies llama figuras sentenciosas a aquellas personalidades de relativa fama que dan opiniones sobre distintos temas en forma de sentencias, sentando su posición desde el inicio y, a partir de ahí, emitiendo condenas sobre los involucrados. Estas figuras no buscan reportar o informar sino construir un vínculo con su público a partir de aquello que les genera indignación en el momento. Esto es justamente el motivo por el cual el público busca estas figuras y las consume: no porque espera una visión balanceada sobre un tema, sino porque espera que tomen una posición y den su hot take sobre el tema del momento. La crispación política cumple su función de canalizar la ira precisamente gracias al espectáculo mediático que genera: sin la confrontación no habría personajes poderosos y corruptos a los cuales juzgar y castigar.

De acuerdo con esta perspectiva, el gobierno de Vizcarra necesita tener un grupo permanente e identificable de corruptos poderosos a los cuales señalar y enfrentar. La atenuación o el término de la confrontación tendría como consecuencia el fin de la catarsis de los sujetos. La acumulación de la ira sin catarsis le abre la posibilidad a otros sectores políticos de ganar adeptos para su propia lucha contra lo que ellos perciben como corrupción - p.e. en el caso de posiciones ultraderechistas, la corrupción político-económica está inextricablemente ligada a una corrupción moral, de decadencia de valores conservadores, por lo que su lucha contra la "corrupción" implica una lucha contra corrientes progresistas - o que el mismo Vizcarra, al ser una figura que concentra tanto poder, empiece a ser visto como otro de los tantos poderosos corruptos y termine siendo agrupado con el resto de expresidentes. Hasta ahora, el gobierno parece haberse dado cuenta de esto y protege a figuras claves como los fiscales de los casos de corrupción, sin los cuales el espectáculo del castigo no sería posible. Sin embargo, cabe hacerse un par de preguntas: ¿hasta cuándo podrá alargarse esta confrontación con la misma intensidad? Y ¿quién aprovechará esta ira cuando Vizcarra ya no pueda canalizarla o esté de salida? Recordemos que, por el momento, quienes impulsan un proyecto político institucionalista y republicano se han topado en el mismo lado con la gran mayoría molesta y precarizada. No obstante, esto no siempre va a ser así.