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15 de diciembre de 2016

Nunca se trató de la verdad

"Posverdad" ha sido, durante las últimas semanas, la palabra de moda entre los comentaristas mediáticos. Utilizada en los contextos de las elecciones estadounidenses y el referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea, la palabra ha sido adoptada en el debate sobre la política local, básicamente para describir declaraciones falsas de políticos o situaciones desencadenadas por creencias no necesariamente reales. El objetivo de este post es discutir brevemente los fundamentos sobre los que descansa la "posverdad": la concepción de verdad en el debate mediático basado en premisas liberales, así como enfocar la atención a las instancias de producción y consumo de información para poder aprehender este fenómeno de una mejor manera.

Los más alarmados y preocupados con la "posverdad" parecen ser los comentaristas que tienen una concepción "liberal naive" de los medios. Bajo esta concepción, los medios funcionan, a grandes rasgos, de la siguiente manera: ocurre un acontecimiento, los medios recogen la información del acontecimiento y la difunden entre los individuos (a pesar de que declaren que obviamente los medios no funcionan así, actúan como si efectivamente lo hicieran, irónicamente encajando en la definición de ideología de Žižek). En este modelo la "posverdad" sería problemática debido a que los medios no estarían difundiendo la información del acontecimiento "tal como sucedió", sino que están modificándola al punto de que no guarda correspondencia con el acontecimiento. Aquí hay que tener cuidado con la crítica relativista que cuestiona que efectivamente se puede hablar de una correspondencia entre la información y el acontecimiento. Si bien nunca se puede informar sobre el acontecimiento "tal y como sucedió", existe una convención sobre cuanta edición se puede realizar en la labor de mediación sin quebrantar el efecto de verdad. Es el procedimiento el cual hace que finalmente una información sea lo suficientemente real. Esta convención sobre la "editabilidad" del acontecimiento, no obstante, está marcada por las relaciones de poder de los actores que participan en el acontecimiento: es así como la información difundida sobre grupos marginales o estigmatizados es normalmente más suceptible a ser distorsionada. Es precisamente por esto que las élites tecnocráticas y sus seguidores encuentran esto más allá de su comprensión: ¿cómo es posible que se distorsione a la élite? Esta distorsión es tan incomprensible para ellos que tuvieron que inventar una palabra para explicarla.

Pero ¿por qué esto afecta particularmente a la tecnocracia y a quienes son afines a ella? Esta pregunta nos lleva a la concepción de verdad. Dentro de la marco liberal del debate mediático, los tecnócratas y los científicos sociales son los productores de la verdad. Ellos son quienes, a través de distintas metodologías científicas producen los datos sobre la realidad social, datos sobre los cuales después los medios elaboran información. No obstante, en un escenario en el que los medios mainstream (no solo cuentas de social media de procedencia cuestionable) difunden información a un ritmo cada vez más acelerado, de manera casi prefabricada y sobresimplificada, la información se devalúa, Rápidamente su confiabilidad es cuestionada y pierde la principal cualidad que debería distinguirla de "medios alternativos" (en este sentido es una confiabilidad relacionista más que relativista, debido que la información de un medios es confiable en relación la información de otro medio). ¿Por qué, si los medios mainstream informan y normalizan lo que sucede en social media, uno no puede informarse directamente de ahí? El mismo afán de inmediatez por el cual los medios recurren a distintas plataformas de social media termina tornándose en su contra. Cuando los medios mainstream tratan de advertir acerca de los aspectos inconvenientes de informarse a través de las mismas plataformas que ellos promueven ya es demasiado tarde.

A partir de la definición problemática de "posverdad", los comentaristas concluyen que el problema se debe a que ahora gran parte de los individuos se informan a través de social media, lo cual generaría "burbujas de filtro": plataformas como Facebook o Twitter permiten armar un feed de información personalizado que lo usuarios estructuran de tal manera que solo se enteran de noticias que refuerzan sus creencias. La primera pregunta que esta idea nos obliga a plantearnos: ¿cuándo, en la historia reciente, esto no ha sido así? ¿Ha sido a partir del 2016 que los individuos han comenzado a informarse preferentemente con lo que es afín a su ideología? ¿No? ¿A partir del 2015? ¿2010? ¿2000? Lo que los entusiastas del concepto de posverdad deberían responder es por qué consumir información  distorsionada por afinidad ideológica hace una década no es "posverdad" y ahora sí lo es. En segundo lugar, el problema de la metáfora de la burbuja es que suele trasladar la responsabilidad a los individuos, como si se tratara de un asunto solo de consumidores: escapar de la burbuja implicaría que este mismo consumidor de información seleccione noticias que no son acordes a sus creencias, de modo tal que tenga un feed "balanceado" Esto, como podemos intuir, es poco probable que suceda, debido a que 1) lo que uno quiere creer no es tanto un conjunto de cosas concretas, sino actitudes frente a distintas temáticas; y, en consecuencia, 2) leer contenido con el que uno no está de acuerdo no cancela o anula las creencias previamente sostenidas llegando a una suma cero en la que el individuo considera "ambas versiones" para luego tomar una posición en base a los "hechos verdaderos" que haya podido discernir.

Para abordar lo que el concepto de "posverdad" trata de explicar se necesita una entendimiento más complejo de la información mediada y su cualidad de verdad. Regresando a la concepción liberal de los medios, que tiene como ideal una correspondencia total entre el dato recogido, lo transmitido y lo interpretado, una manera alternativa de comprender la circulación de la información se cuestionaría qué es la información en cada instancia: ¿es realmente un "dato duro" desde que es recogida hasta que llega al individuo o cambia su naturaleza a medida que recorre cada instancia? Lo que para un científico social es un "dato duro", para el periodista es el testimonio de un experto, para el individuo es el discurso de un medio y, finalmente, una creencia compartida para una audiencia. Entender esto es clave debido a que, en primer lugar, nos ayuda a evitar soluciones como intensificar la difusión de datos duros o la sobresimplificación de los mismos, acciones que en primer lugar permitieron la devaluación de la confiabilidad relacional de la información de los medios mainstream. En segundo lugar, y finalmente, nos permite comprender las distintas instancias de producción y consumo mediático en las que la información debe ser disputada. Para comprender la "posverdad" (o mejor dicho, el consumo información de acuerdo a la ideología) no debemos quedarnos en juicios moralizadores que tratan de ignorantes a quienes creen información distorsionada o de perversos a quienes la producen, sino debemos buscar los patrones que permiten que la información parezca coherente por su paso entre distintas instancias.

22 de febrero de 2016

Ciudadanos, pobladores, clientes, usuarios

De acuerdo a Chatterjee (2007), lo que distingue a las categorías de población y ciudadanía es la carga ética y normativa de la segunda. Un ciudadano debe participar de las decisiones de gobierno por medio de canales formales e institucionales, para lo cual, se asume, debe estar informado y educado. Es el sujeto ideal de una democracia liberal, quien forma parte de la sociedad civil. Por otro lado, la población no es categoría ética, sino una categoría de gobierno. La población es sobre la cual se aplican políticas públicas, no quienes participan del gobierno formal e institucionalmente.

Si es que uno se quedara en este primer nivel de distinción probablemente tenga la impresión de la existencia de dos grupos: individuos activos, los ciudadanos, y otros pasivos, los pobladores. Sin embargo, hay que hacer dos observaciones. Primero, los pobladores (los “no ciudadanos”) participan de acciones de gobierno mediante mecanismos que, desde una perspectiva normativa, son calificados como informales, por fuera de canales institucionales tradicionales (Chatterjee coloca de ejemplo negociaciones individuales para la expropiación de terrenos en lugar de aplicar un procedimiento de tasación a precios de mercado). La diferencia no es que unos sean activos y los otros no, sino que son activos mediante mecanismos distintos.

Segundo, y más importante, realmente todos somos pobladores, o para ser más precisos, todos somos población. El hecho de que la categoría de población se refiera al conjunto de sujetos dentro de un territorio sobre los cuales el Estado efectivamente aplica determinadas acciones la convierte en una categoría actual, una categoría que “es” y que “se hace”. En cambio, la categoría de ciudadanía es virtual, está “por ser” constantemente. Siempre debe estar reclamándose y otorgándose en el plano discursivo. Que un sujeto pueda entrar en la categoría de ciudadanía depende de su posición social, así como de los recursos simbólicos y materiales de los que dispone (para poner dos ejemplos fáciles: en el caso de conservadores, ¿quiénes logran ser considerados “ciudadanos ilustres”? Y en el caso de los progresistas, ¿quiénes logran ser considerados “miembros de la sociedad civil”?). Una vez que uno “está siendo” ciudadano puede acceder a determinados beneficios.

No obstante, existen dos discursos que se quedan en el primer nivel de distinción que vimos al principio. Primero está el discurso conservador utilizado por medios de derecha. En este discurso la distinción entre población y ciudadanos es una estrategia implícita: se utiliza la categoría poblador para referirse a sectores que deben someterse a un orden, ya sea porque son objeto de una acción de gobierno (p.e. “pobladores reciben beneficio de programa social”) o porque se rehúsan a serlo (p.e. “pobladores rechazan proyectos extractivos”). Por otro lado, se reserva la categoría ciudadano para sectores que se suponen involucrados en decisiones de gobierno o que al menos deberían estarlo (p.e. “ciudadanía hará sentir su voz en las urnas”).

En segundo lugar, está el discurso progresista que responde al discurso conservador. Aquí la estrategia es explícita. Este discurso reclama que los pobladores también son (y/o sean tratados como) ciudadanos; no obstante, al hacer este reclamo aceptan la diferenciación entre ciudadanía y población planteada por el discurso conservador (p.e. “no son pobladores, son ciudadanos, también tienen derechos”). Lo problemático de este discurso es que acepta las definiciones de las categorías tal y como son planteadas por el discurso conservador al que se oponen: los pobladores son pasivos/reactivos, mientras que los ciudadanos son los sujetos que se encuentran en una categoría ética superior. Esto tiene como consecuencia el mantenimiento de la división entre sectores que supuestamente se oponen a los conservadores dominantes (clases populares y élites progresistas), lo cual finalmente posibilita que se mantenga el orden actual.

***
El neoliberalismo ha cambiado la lógica de cómo es que alguien es incluido en el sistema imperante. Si anteriormente uno era incluido a través de la aplicación de acciones del Estado (lógica de la categoría de población) o a través de la participación en decisiones de gobierno (lógica de la categoría de ciudadanía), en la actualidad, en el contexto del (auto)debilitamiento del Estado, uno es incluido en el sistema a través del consumo, es decir, a partir de la relación cliente-empresa en lugar de la relación poblador/ciudadano-Estado.

Con esto no digo nada nuevo, pero quisiera llamar la atención sobre algo que está ocurriendo. La automatización de los procesos ha resultado en la transferencia de carga de trabajo en el cliente, a quien progresivamente se hace referencia como usuario. La categoría de usuario tiene una carga semántica distinta a la de cliente: un cliente es atendido, un usuario, valga la redundancia, simplemente usa. En una relación de cliente-empresa uno, en tanto cliente, puede esperar la atención por parte de personal de la empresa. En cambio, si uno es considerado usuario, la relación se vuelve más impersonal y no se da tanto con integrantes de la empresa, sino con sistemas operativos a través de interfaces.

Si bien no de la misma manera, observo una tendencia similar en la relación poblador/ciudadano-Estado. Procesos como el empadronamiento por demanda del Sistema de Focalización de Hogares (SISFOH) trasladan carga de trabajo al poblador/ciudadano, ahora llamado usuario, en este caso de programas sociales. (Resumiendo y simplificando el proceso: en caso un poblador/ciudadano requiera ser clasificado o reclasificado socioeconómicamente para acceder a los beneficios de un programa social, es él mismo quien debe acercarse a la municipalidad para ser clasificado o reclasificado, en algunas ocasiones llegando a tener que movilizarse hasta la capital para ser clasificado o reclasificado de manera tal que puedan acceder a un programa social).

Si bien es cierto que hay contextos en los que trasladar carga de trabajo al poblador/ciudadano es comprensible teniendo en cuenta la capacidad estatal y los recursos de los individuos, por otro lado, cabe detenerse a considerar hasta qué punto el traslado de carga de trabajo del Estado a individuos es conveniente para precisamente cumplir funciones estatales (p.e. no es lo mismo trasladar carga de trabajo de un sistema de registro de tributación electrónica a usuarios de grandes ciudades que trasladar carga de trabajo de un sistema de clasificación socioeconómica a usuarios rurales en situación de pobreza). Después de todo, ¿quién no quiere ser parte de una población bien administrada?

20 de abril de 2015

¿Por qué solo podemos resistir?: Sobre la complejidad de la horizontalidad


Este es un comentario sobre dos artículos del último número de Argumentos: “Las “zonas” o la inesperada virtud de la anarquía” de Luis García y Jorge Vela, y “Eficiencia económica y malestar social" de José María Rentería, así como de mesa de discusión “Lo que nos dejó la Ley “Pulpín”: preocupaciones laborales y politización de los jóvenes”.


¿Por qué los tecnócratas pueden proponer y sus oponentes del momento solo pueden reaccionar? La obvia (y sencilla) respuesta a esta pregunta es porque los primeros son parte del gobierno y los segundos no, con todas las relaciones de poder que esto implica.

Mi intención en este comentario es ir un poco más allá. ¿Qué accionar permite "ser parte del gobierno"? Y por otro lado, ¿qué accionar permite no estarlo? Respecto a la segunda pregunta el artículo de García y Vela sobre las Zonas ofrece una buena respuesta: organizaciones horizontales de resistencia permiten ejecutar acciones imprevistas y novedosas que, al menos en esta ocasión, contribuyen a su éxito. Por un lado la imprevisibilidad sorprende y dificulta (en mayor o menor medida) la respuesta de los oponentes de la organización. Por otro lado, la novedad facilita la exposición mediática de las acciones de protesta de la organización. El logro del objetivo (finalmente se derogó la Ley Pulpín) probaría, contra el sentido común, que cierta grado de desjerarquización en una organización puede ser un factor que contribuye a la consecución de un objetivo concreto.

¿Qué accionar permite ser parte del gobierno? Acá me interesa tratar el penúltimo subtitulo del artículo de Rentería. Él sugiere que el accionar de los tecnócratas puede deberse a dos factores: "por un lado, podría tratarse de una ingenua desconexión entre el razonamiento de los tecnócratas y la vida real en su afán por buscar el “bien común”, aunque por otro, una estrategia deliberada que responde a sus intereses". En lo que sigue del texto, Rentería se inclina más por lo segundo, incluyendo citas de distintos autores que hacen hincapié en el "pensamiento" de los tecnócratas. Si bien creo que las motivaciones internas de los individuos son un elemento importante para explicar su accionar, no creo que sea suficiente y tampoco el más determinante. Cabe señalar que el principal objetivo del artículo de Rentería no es explicar el funcionamiento de la tecnocracia, sino las discordancias entre las condiciones en las que se daba la ley y sus justificaciones, a diferencia del artículo de García y Vela, el cual si se concentraba en explicar el funcionamiento de las Zonas.

El punto central del asunto es la diferencia entre las explicaciones elegidas sobre el accionar de cada parte: por un lado, los integrantes de las Zonas desarrollan sus acciones (por ejemplo, el plantón en la CONFIEP, la marcha a Miraflores) debido a su forma de organización (énfasis en la participación, horizontalidad), mientras que los tecnócratas desarrollan sus acciones (la creación de instrumentos de gobierno) debido a motivaciones internas (“pensamiento”, “razonamiento”, “intereses”). Grosso modo, por un lado tenemos individuos cuyo accionar se debe, en cierta medida, a la estructura de su organización, y, por otro tenemos, individuos que parecen estar libres de cualquier condicionamiento, con un alto grado de agencia.

Una salida de esta suerte de doble estándar es “concederle” el mismo grado de motivaciones internas a quienes forman parte de las organizaciones de resistencia. Probablemente esta sea una salida que le interese a quienes quieren observar y estudiar a los actores específicos (p.e. voceros) dentro de estas organizaciones. No obstante, quisiera proponer lo contrario: ¿qué tal si en lugar de buscar las motivaciones internas de quienes resisten observamos los condicionamientos de la organización de los tecnócratas? Si la idea de “alternancia sin alternativa” es correcta, entonces creo que no deberíamos estar fijándonos tanto en los “intereses” de los tecnócratas, sino en la organización de la capa de tecnocrática que describe Alberto Vergara. Hablemos de la organización de la tecnocracia en lugar de intereses de tecnócratas.

Para tratar a la tecnocracia en términos similares a las Zonas establezcamos una rápida comparación a partir de dos puntos que considero cruciales. En primer lugar, mientras la organización de las Zonas requiere principalmente que sus integrantes participen, la organización de la tecnocracia requiere principalmente que sus integrantes ejecuten. En segundo lugar, mientras que la organización de las Zonas trata de abarcar las acciones de sus integrantes (horizontalidad), la organización de la tecnocracia trata de secuenciar las acciones de sus integrantes (verticalidad).

Comparación entre Zonas y tecnocracia


Zonas
Tecnocracia
Requiere de sus integrantes
Participación
Ejecución
Comportamiento de la organización sobre las acciones de sus integrantes
Abarca
Secuencia

Con esta diferenciación no quiero decir que, por ejemplo, la tecnocracia no requiera la participación de sus integrantes (claramente los instrumentos de gobierno no se escriben solos), o que las Zonas no requieran secuenciar las acciones de sus integrantes (como mencionan García y Vela, la toma de decisiones en las Zonas implicaba un proceso que iba desde las bases hasta las asambleas interzonales). Más bien quiero llamar la atención sobre cuales son las características que tienen mayor prevalencia en las organizaciones.

En este punto creo que es útil remitirnos a los conceptos de complejidad y complicación de Bruno Latour. Para Latour, los tipos de sociedad que existen se pueden distinguir a partir del grado de complejidad de sus relaciones, así como al grado de complicación que establecen para enfrentar esta complejidad. En "Redefining the Social Link - from Baboons to Humans" (1987), Latour define complejidad como: “to simultaneously embrace a multitude of objects”, y complicación como: “something is complicated when it is made of a succession of simple operations”. Para Latour, el paso de la complejidad a la complicación significa la simplificación de interacciones sociales que de otra manera serían muy complejas, ya que implicarían tener en cuenta simultáneamente demasiados factores. La complicación permite ordenar estos factores mediante el uso de recursos materiales y símbolos, los cuales son utilizados para hacer cumplir y reforzar una visión específica de “lo que es la sociedad”. La complicación mediante el uso de recursos extrasomáticos implica constancia y secuencialidad del orden, lo cual permite el surgimiento de organizaciones de mayor estabilidad y escala:

“By holding a variety of factors constant and sequentially negotiating one variable at a time, a stable complicated structure is created. Through extra-somatic resources employed in the process of social complication, units like multinational corporations, states and nations can be constituted.”

Latour ilustra el grado de complejidad y la complicación en los distintos tipos de sociedades a través de este gráfico [N. de R.: creo que el eje vertical debería decir algo como “Ability to organize others on a large scale in a stable way"]:

Fuente: Latour, B. y Strum, S.S. (1987). "Redefining the Social Link -  from Baboons to Humans", p. 783.

Ahora, si aplicamos estos dos conceptos a la comparación de las Zonas y la tecnocracia creo que obtendríamos el siguiente gráfico:


Por un lado tenemos a la tecnocracia, en la cual el grado de complejidad es bajo y el de complicación es alto. La tecnocracia utiliza una serie de recursos materiales y símbolos (sistemas administrativos, softwares, marcos normativos, formularios, etc.) para hacer cumplir y reforzar su visión de cómo debe ser la sociedad. El uso de estos elementos le permite que la capa tecnocrática tenga estabilidad (por más de 20 años) y una escala lo suficientemente extensa como para cubrir puestos claves en el Estado. Por otro lado, tenemos a las Zonas (o, en general, a cualquier organización horizontal de resistencia), las cuales también utilizan recursos materiales y símbolos (social media, comunicados, acuerdos) aunque estos recursos no son creados específicamente para los fines de esta organización, por lo que su uso es “limitado” (en comparación a los recursos utilizados por la tecnocracia, los cuales si son creados específicamente para los fines de la organización). Esta limitación del uso de los recursos a su vez refuerza la tendencia a la complejidad de la organización, ya que esta no puede delegar la regulación de ciertas interacciones a estos recursos. Es precisamente por esta falta de delegación material y simbólica que estas organizaciones pierden tanto en estabilidad y escala fuera de coyunturas críticas.

Las estrategias empleadas por estas organizaciones horizontales son lo que Nick Srnicek llama "Folk Politics". Al igual que García y Vela, Srnicek reconoce la eficacia de este tipo de estrategias para cierto tipos de obtjetivos pero la cuestiona como adecuada para enfrentar la complejidad del capitalismo:

"... FP [Folk Politics] is only a problem for a particular kind of politics (namely large-scale collective mobilization against capitalist structures of power), though it can be sufficient for other smaller scale projects, such as daily battles against evictions and foreclosures. While the emergence of FP as a mode of political common sense among the left can be seen as a reasonable response to the failures of actually existing communism and the social democratic left in Europe, it’s strategies of horizontalism, localism, and direct action are incapable of addressing the global complexities of contemporary capitalism."

Con este argumento, Srnicek responde a quienes lo acusan de proponer una aproximación tecnocrática a la política y desconectada de movimientos locales en su Manifiesto Aceleracionista (coescrito con Alex Williams). Por el contrario, Srnicek propone la integración de estos movimientos en pos de un desarrollo sociotécnico, es decir, precisamente el desarrollo de recursos materiales y símbolos. No obstante, Srnicek propone que este desarrollo no sea determinado por una elite, sino que tenga un fin abierto, que "navegue" entre una visión como debe ser la sociedad y las demandas que emergen, una dicotomía que Srnicek considera falsa, en tanto el patrón emergencia espontánea de estas demandas constituyen finalmente cómo creemos que debe ser la sociedad:

"Accelerationism as a political strategy therefore aims to integrate various local movements into a global strategy aimed at the development of socio-technical hegemony. Rather than dismissing hegemonic ambitions as inherently corrupt or instrumentalizing, Nick argues that to give up on them is basically to give up on political struggle. What is needed however is not a complete blueprint or teleology that would be imposed on local movements by an accelerationist avant-garde, which Nick and Alex have often been accused of supporting, but rather an open-ended strategy that navigates between the false dichotomy of teleology and emergent spontaneity."

Durante discusión de la mesa surgió una pregunta: ¿qué es lo que hace que una coyuntura sea crítica? Es decir, ¿qué es lo que hace que surja una organización horizontal de resistencia? Una de las respuestas propuestas, con la cual estoy de acuerdo, fue que la Ley Pulpin “se metió directamente con las personas”, lo cual generó un discurso que “pegó” y provocó la reacción de distintos grupos que finalmente confluyeron en las Zonas. Esta respuesta creo que a su vez plantea nuevas preguntas: ¿Por qué las zonas no han logrado movilizar la misma cantidad de gente nuevamente? ¿Cómo hacer sentir a los individuos que existen un sin número de acciones del Estado y actores privados que “se meten directamente con ellos”? ¿Cómo hacer que algo “pegue” nuevamente?

A riesgo de decir algo obvio, creo que nada está tan politizado como las remuneraciones y beneficios laborales de las personas, lo cual está bien pero es limitado. Un primer paso sería encontrar el modo de lograr que otros asuntos tan inmediatos y tangibles como el transporte, la seguridad, el medioambiente, la salud o la educación también sean politizados en lugar de ser dejados en manos de expertos, algo que se cuestiona en el aspecto económico pero no tanto en estos otros ámbitos (¿o acaso solo el MEF tiene una capa tecnocrática?). ¿Qué discursos pueden politizar estos asuntos y hacerlos “pegar”? Un paso segundo paso, más trascendente, sería iniciar un desarrollo sociotécnico, es decir, de recursos materiales y símbolos, que permita la constitución de estructuras estables y escalables que permitan complicar la complejidad de la realidad a fin de poder responder a ella de manera constante. Como nos recuerda Srnicek, nuestro objetivo no debe ser solo una sociedad con mayor igualdad y justicia, sino también más racional, eficiente y productiva. Renunciar a esto es simplemente resistir, y resistir es rendirse.

24 de febrero de 2015

Las encuestas de opinión pública no sirven (para lo que dicen que sirven)


A poco más de un año de las elecciones generales, es un buen momento para tocar el tema de las encuestas de opinión pública, no porque las que se realicen en estos momentos sean especialmente diferentes (de hecho, creo que las encuestas que se realizan en momentos no-electorales son las muestran más claramente la formación de sentidos comunes), sino porque estas se realizan más seguido y son materia de discusión con mayor frecuencia.

Se ha instalado el lugar común de que las encuestas son como "fotografías de la realidad" o "fotografías del momento". Esta idea no solo es repetida por los políticos que aparecen en estas, sino también por comentaristas mediáticos que son presentados como "analistas" políticos pero cuyo análisis de la encuesta no sale de pasar revista de las cifras de la encuesta y luego soltar frases hechas.

Creo que cualquier crítica a las encuestas debe empezar no tanto por su fiabilidad (la cual es la crítica más simple, aunque a veces es necesaria), sino por su pertinencia como "visualización de la realidad": ¿las encuestas muestran lo que sucede en realidad? ¿La gente desarrolla sus actividades cotidianas desaprobando a tal o cual personaje público? Y si lo hiciera eventualmente, digamos en una conversación casual, ¿de dónde provienen los contenidos de esa conversación? ¿Acaso no provienen precisamente de los contenidos de estos mismos medios sobre dicho personaje público? (ver: Bourdieu, 2012) ¿Qué es una encuesta de opinión pública sino la autoevaluación de la efectividad del contenido del propio medio para su posterior refuerzo (en caso la evaluación sea favorable) o su reposicionamiento táctico (en caso la evaluación no sea favorable)?

Probablemente el caso más claro de esto en los últimos años haya sido la supuesta postulación de Nadine Heredia en el 2016: 1) los medios colocan un tema en la escena pública; 2) las encuestas contratadas por estos mismos medios preguntan al respecto; 3) los resultados siguen los patrones del tratamiento que le dan los medios; 4) los medios se basan en estos resultados para reforzar el tratamiento que ya le daban al tema antes de la encuesta. Ejemplos menos políticos de este proceso incluyen los casos de la supuesta culpabilidad de Rosario Ponce en la muerte de Ciro Castillo, y la recriminación pública a Tilsa Lozano por su relación con Juan Vargas.

Sin embargo, las encuestas si cumplen una función: la estabilización del debate público. Si, como sostiene Bourdieu, "la opinión pública no existe", es decir, no sería otra cosa que un discurso de las élites, quienes tienen la capacidad técnica y ejecutiva de construirla y ponerla en escena, entonces las encuestas, de acuerdo a lo anteriormente expuesto, juegan un papel crucial en la construcción de este discurso.

Las encuestas cierran el circuito de la producción mediática en un loop de retroalimentación negativa, el cual tiende hacia el equilibrio: cierra temas a los cuales se debe prestar atención ("la gente está hablando de X"), cierra las posiciones sobre los temas ("la gente opina A o B sobre X") y, finalmente, cierra intervalos cuantificables de las posiciones sobre el tema ("tanta gente opina A sobre X, mientras este otro tanto opina B"). En este sentido, las encuestas ordenan el debate público, presentando a la "opinión pública" como una serie patrones de respuestas clasificables por variables demográficas. Las encuestas de opinión estabilizan el sentir de la población en una supuesta visualización para que las élites simbólicas (periodistas, comentaristas, expertos) puedan hablar de este sentir como algo inteligible para ellos, lo cual, a su vez, sirve para intentar modular este mismo sentir.

Haciendo referencia a un post anterior, en esta operación podemos ver claramente el ejercicio del poder. Las encuestas de opinión tratan de reducir la entropía (Bryant) en el debate público, asi como controlar el acceso (Van Dijk) en dos niveles: en primer lugar, controlar el acceso de temas y opiniones al debate público; y, en segundo lugar, controlar el acceso de quienes pueden hablar respecto al sentir de la población (en un primer momento, los encuestadores con la capacidad técnica para leer los resultados, y en un segundo momento, las élites simbólicas para comentar los resultados).

¿Se puede hablar realmente del sentir de la población sin alienarlo? Ante esta pregunta creo que debemos regresar al primer punto: ¿Podemos generar visualizaciones de la realidad? La crítica de Rancière a las encuestas nos puede dar unas pistas: ¿cómo volver a darle presencia a la población? ¿Cuál es "la realidad" de la población? ¿Cuál es su cotidianeidad? ¿Qué hechos o condiciones realmente afectan su día a día? ¿Qué alternativas hay? La Big Data finalmente termina reproduciendo lo que hacen las encuestas de opinión de manera más sofisticada. La etnografía es una alternativa debido a que, en cierta manera, nos permite regresar a los acontecimientos a través de una narrativa, sin embargo, su especificidad no permite establecer generalizaciones. ¿Será posible regresar a los acontecimientos a través de narrativas sin quedarse en casos específicos?

6 de agosto de 2014

Especulación: No-Estado

Hace unos días me topé con dos vídeos en Outside in:





Los cuales se relacionan con algo que he estado pensando recientemente: ¿existe realmente la posibilidad de que no exista Estado? Que el Estado esté supeditado a intereses del capital ya es una realidad. Sin embargo, ¿cabe la posibilidad de que el Estado sea reemplazado por una corporación? Ciertamente esto es algo que los neoliberales locales no promueven (al menos no abiertamente), para ellos el Estado debe proporcionar las condiciones para la existencia del libre mercado, encargándose de lo que el mercado no hace, un ámbito cada vez más pequeño. Actualmente modalidades como las obras por impuestos y las asociaciones público-privadas hacen que el límite entre las competencias del Estado y el poder del capital privado sea cada vez más difuso. A nivel internacional, funciones tradicionalmente asignadas al Estado, como uso de la fuerza, ya son ejecutadas por entidades privadas (o funcionan como si lo fueran). En su versión más reducida, probablemente el Estado solo estaría encargado de crear leyes y vigilar su cumplimiento.


Hace unas semanas leí un par de artículos sobre el legado de Karl Polanyi. El punto central de los artículos es que no puede existir un escenario en el cual no exista Estado. La idea de un mercado que no necesite Estado es utópica. Incluso el libre mercado necesita regulación del Estado, así esta signifique que el Estado recorte de sus propias capacidades: el Estado debe crear el marco legal que permite el libre mercado. A partir de esto, para Polanyi, la pregunta que nos deberíamos hacer no es si debe haber regulación o no, sino qué tipo de regulación debemos tener.
Incluso suponiendo un escenario en el que las corporaciones puedan ofrecer todas las obligaciones estatales en forma de servicios pagados, para hacer esto necesitarían una marco normativo que codifique la manera de hacerlo: un código común a través del cual tanto corporaciones como individuos puedan establecer relaciones comerciales.
Pongamos un ejemplo más concreto: tomemos el caso de los llamados "fondos buitres" que compran la deuda devaluada de países en crisis para luego pretender cobrarla en su totalidad. Incluso estas entidades privadas que se alojan en paraísos fiscales necesitan del marco normativo de un Estado para hacer efectivo el cobro de la deuda. Y, en algunos casos, un Estado puede decidir restringir este tipo de prácticas dentro de su jurisdicción.
Ejemplos como estos nos ayudan a entender porque Polanyi considera utópica la idea de un libre mercado total: una entidad privada no puede actuar "por fuera" de la soberanía de un Estado. Esto es claro incluso para las mismas grandes corporaciones, quienes en la práctica no actúan "por fuera" del Estado, sino a través de este, en lo que algunos llaman la "captura del Estado" (un ejemplo de esto: el Estado utilizando la fuerza para aprobar un proyecto de la gran minería). Probablemente sea por esto que Polanyi considera que la discusión de un mercado sin Estado en realidad es una estrategia para distraer la atención de todas los beneficios que el Estado le otorga al capital.
Imaginemos un ejemplo incluso más extremo: ¿qué pasaría si suspendieramos las leyes en favor de un sistema donde se pueden establecer contratos peer-to-peer (p2p) que se almacenan y ejecutan a través de tecnologia de blockchains? Algo similar a Ethereum (algo que también he tratado en otro post). En este caso, ¿necesitaríamos Estado? Creo que, al menos que una de las partes del contrato tenga la fuerza suficiente para hacer cumplir su compromiso a la otra, no hay ningún impedimento para que alguien arranque su computadora de la red, como diría Richard Stallman. Incluso suponiendo que una de las partes tuviera tal fuerza, ¿hasta que punto podría usarla? ¿Esto tendría que estar regulado por algún código marco para todos los contratos? Si el uso de la fuerza no tiene limite y una gran corporación pudiera coaccionar a otros actores menores con total discreción, cabría preguntarse ¿estaríamos realmente en un "libre mercado"?

22 de mayo de 2014

Ejecuciones ideológicas: de leyes a algoritmos




Partamos de una premisa: las leyes son una tecnología. Son dispositivos creados por los humanos para un fin específico. El fin es ejercer control sobre un conjunto de individuos, los ciudadanos, dentro de un espacio geográfico. Estos dispositivos determinan lo que es posible dentro del orden legal.

Los algoritmos también son una tecnología. Igualmente son dispositivos creados para un fin específico. En su caso, el fin es ejercer control sobre un conjunto de individuos, pero aquí se trata de usuarios de un software o plataforma. Estos dispositivos determinan lo que es posible dentro de un orden algorítmico. 

*** 
Tanto las leyes como los algoritmos comparten una característica fundamental: ambos son la forma ejecutable de una ideología. Son el sistema de órdenes a través del cual una ideología se materializa. Por ejemplo, así como un sistema legal que garantiza la acumulación de capital y el libre comercio materializa la ideología liberal, igualmente lo hace una plataforma (es decir, un sistema de algoritmos) que permite el libre flujo de información y extraer valor de ello.


Sin embargo, hay un par de diferencias cruciales y estrechamente relacionadas entre ellas que me interesan. Primero, un ciudadano en un orden legal puede romper la normal ejecución de estas órdenes, es decir, encontrarse en la ilegalidad. En cambio, un usuario en un orden algorítmico no puede romper la ejecución, salvo, claro, que sea un hacker (o que se tenga el dinero para contratar uno), aunque obviamente es mucho mas fácil ser un criminal que un hacker. Aquí me refiero a la noción ortodoxa de un hacker, no a la idea muchas veces banalizada de que "todos somos hackers".

Segundo, a diferencia de un algoritmo, una ley no es "self-enforced", es decir, no se "hace auto-cumplir". Un sistema legal necesita estar acompañado de coacción que asegure su ejecución (desde sanciones administrativas hasta el uso de la violencia física). En cambio, cuando uno está dentro de un sistema algorítmico las órdenes se autoejecutan. No es posible escapar de la ejecución de las órdenes, a menos que 1) seas un hacker (o tener el dinero para contratar uno), o 2) estés totalmente fuera del sistema. La conclusión de este punto es simple: entras al sistema algorítmico y soportas su régimen o eres un outcast.

Tercero, una ley es "negociable", un algoritmo no. El derecho no es una ciencia. Si bien el producto de esta disciplina son dispositivos de orden, estos dispositivos son interpretables (al fin y al cabo, ¿acaso de eso no se trata el derecho? ¿Intentar ordenar a partir de una ideología elaborando dispositivos de orden y luego interpretar esos mismos dispositivos?). En cambio, un algoritmo no se interpreta, simplemente se ejecuta. La disyuntiva a la que nos enfrenta este punto puede resultar problemática para algunos: ¿son preferibles las imperfecciones del sistema legal y burocrático a un sistema más expeditivo pero con un margen nulo de negociación? La ley permite negociar y aun estar dentro del sistema, el algoritmo no.

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Cuando Justine Tunney propuso que todos los funcionarios y el presidente de USA renuncien y sean remplazados por ingenieros y un CEO hizo referencia, tal vez sin saberlo, a un paso intermedio (al mejor estilo de Lenin), entre el orden político como lo conocemos, y una total automatización del orden social. Un sistema totalmente automatizado estaría dirigido por autómatas, una o varias entidades algorítmicas que ni siquiera necesitarían los ajustes y/o reprogramaciones de un humano. Tener un líder absoluto, ya sea un dictador o un CEO, no es el último estadio de un proyecto tecnocapitalista, sino una transición. Quien conmine a sus seguidores a quedarse en tal etapa es mediocre en pos de alcanzar este proyecto.

¿Funcionaria un proyecto como este en países periféricos? A nivel micro diría que no. En mi experiencia de asistencia técnica a burocracias locales algo me ha quedado claro: la aplicación homogénea de un dispositivo legal en un universo de jurisdicciones heterogéneas (en cuanto a aspectos más o menos estables como demografía o geografía) es imposible de lograr con resultados totalmente satisfactorios. Acá es pertinente la noción de "ver como el Estado" de Scott: el Estado solo mide y, por lo tanto, atiende lo que está en sus planes de políticas públicas. Lo que no entra en estos planes, no es medido y, en consecuencia, tampoco atendido. Lo que se pasa por alto finalmente aparece en los resultados y evaluaciones de estos planes como factores externos que perjudican sus modelos. Igualmente, un sistema de algoritmos solo permite extraer la data para la cual esta programado, por lo cual inevitablemente hay una perdida de información, en especial la no cuantificable. ¿Dejar de “ver como el Estado” para “ver como un sistema algorítmico” sería realmente beneficioso?


¿Funcionaría en un nivel macro? Tampoco lo creo (y probablemente no solo en escenarios periféricos). Las situaciones de revoluciones anteriores me llevan a especular que la consecución de un ordenamiento social puramente algorítmico de un ideal tecnocapitalista (con todo lo que eso implicaría) no seria posible, no por una falla de técnica, sino por una falla humana. El problema de las élites de CEO e ingenieros seria similar al problema de Hitler señalado por Žižek: no son suficientemente violentos. No en el sentido de la violencia sobre los sujetos, sino en el sentido de violencia sobre el sistema: no estarían dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, es decir el gobierno de una entidad algorítmica pura. Finalmente tendríamos más de lo mismo: el gobierno de élites despóticas aunque probablemente de una manera menos encubierta. Uno se despoja de un Amo solo para someterse a otro.

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Probablemente a lo que nos estamos enfrentando, más que un cambio de ideología, sea un cambio de modos de ejecución: algo que, en lugar de debilitar la ideología, la empodera en su capacidad de materializarse. Hay que ser conscientes que no puede existir un orden social desideologizado. Debido a esto, toda acción ejecutada o modelo de acción diseñado con el fin de lograr este orden es inherentemente ideológico. Precisamente cuando uno cree que está libre de ideología es que uno está totalmente inmerso en ella.

El asunto no es tratar de escapar la ideología intentando encontrar un orden puramente técnico o pragmático, tal clase de orden es imposible (lo cual no es igual a decir que no hay nada fuera de la ideología). Según el psicoanálisis lacaniano, el propósito de la terapia no es "curar" el desorden del individuo, sino hacer que el individuo encuentre "su" desorden, un desorden que no sea constituido respecto al orden del Amo. Tal vez necesitemos hacer precisamente eso: encontrar "nuestro" (des)orden algorítmico.

11 de abril de 2014

Las creencias y la materialidad de la ideología: a propósito de la unión civil y el aborto


Pic related, kinda, not sure.

Recientemente dos temas han copado la atención del debate publico limeño: la despenalización del aborto y la unión civil entre personas del mismo sexo. Ambas propuestas, como era de esperarse, fueron respaldadas de una minoría liberal, representada por algunos comentaristas mediáticos, y rechazadas por el sector conservador de la sociedad limeña, representado por el aparato mediático neoconservador limeño (El Comercio, Correo, RPP, etc.).

Las encuestas y los debates entre pundits de posiciones opuestas que actualmente copan el debate publico claramente son una sobrerepresentacion. Este "debate" es fabricado por los medios: probablemente el peruano promedio no se levanta de su cama pensando si es que está a favor o en contra de un proyecto de ley y está más preocupado en ir a su trabajo. Antes de que digan que estos temas si son vitales para muchos y que los estoy minimizando, pues no (además, estoy a favor de ambas iniciativas). Lo que quiero señalar aquí es la artificialidad de este debate: esto no es más que una puesta en escena mediática (algo así como cuando al inicio de una campaña electoral se le pregunta a un candidato si va a legalizar las drogas, a pesar de que a casi nadie se le paso por la cabeza, salvo, claro, al reportero o entrevistador). Estos son temas polémicos, los cuales son seleccionados y resaltados por los medios para reforzar su ideología. La capacidad real de movilización de estas dos posiciones probablemente no vaya mas allá de sectores sensibilizados (una minoría respecto a los grandes porcentajes de las encuestas). Aunque, por supuesto, ahora es mucho más fácil demostrar la sensibilidad sobre un tema en alguna plataforma de social media, donde básicamente se vomitan opiniones. Pero de ahí a movilizarse realmente hay una gran distancia.

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Aclarado esto, quisiera pasar al punto central de este post. La estrategia que repetidamente veo utilizar a los comentaristas mediáticos liberales es el enfrentamiento con otros comentaristas conservadores, asi como con sectores "ultras" (p.e. Opus Dei, algunas iglesias evangélicas). Y su principal arma en estos enfrentamientos es el ataque a lo que creen: "¿Cómo van a creer eso? ¡Qué retrógradas!". Esto me parece un grave error. Hacer esto me parece un simple acto "para la tribuna". ¿A alguien realmente le parece útil todo esto? Al contrario, me parece que reducir todo a ataques y sátiras del bando contrario alimenta aún más la puesta en escena mediática.

No puedo evitar hacer la asociación entre esta estrategia y el modo de operar del llamado "Nuevo Ateismo" (Dawkins y compañía), quienes basan su presencia publica en "difundir ciencia", "destapar" mitos y ridiculizar las "falsas creencias" del oponente. Y ambas estrategias me parecen tremendamente erradas. Kotsko lo pone muy claro:

"...the real problem with the evangelical Christian communities in which I lived for the first two-thirds of my life was not the opinions they held on various metaphysical issues, but the concrete material strategies that they used to maintain people’s group loyalty."

Y también Bryant:

"If religion isn’t primarily about belief as the new atheists think– and here new atheism mirrors bourgeois economic theory that conceives economic activity as individual actors pursuing their own rational self-interest, rather than understanding these are social dynamics that transcend individual propositional attitudes –then what’s it about? I think religion is a form of social organization. In my view, religion is often far more about communal and affective relations between people than about what anyone might believe (ask ten catholics what they believe and you’ll get ten different, often contradictory, answers). This is what the new atheists don’t get. If “believers” are often loath to question their theology, it’s not because they believe silly things like water being turned into wine, but because abandoning those labels means severing family relations, friendships, business relationship, romantic relationships, and a number of other social and supportive relations."

Lo que creo que pasa por alto este tipo de enfoque de la religión y el conservadurismo es el aspecto social de la ideología. Las creencias no son simples ideas que una persona cree porque es un loquito, un débil mental o un fanático. Toda ideología tiene una dimensión social la cual es fundamental para su reproducción y constante actualización, ignorar esto nos lleva a quedarnos solamente con su dimensión cognitiva y discursiva (lo cual lleva a lecturas y soluciones como "algo en la mente de estas personas debe estar mal" o "necesitamos más columnas de opinión").

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Hace un par de meses hubo un debate muy interesante entre filósofos, antropólogos y psicoanalistas que ellos mismos llamaron "The Pluralism Wars". El debate trataba sobre el "giro ontólogico" de la antropología y la etnografía inspirado por el trabajo de Bruno Latour.

El punto central de esta discusión era si es que uno, desde una posición realista, debe aceptar las creencias de otros como reales. Para realistas "duros" como Levi Bryant esto es inadmisible. Para él solo se puede considerar real aquello que tiene una existencia material, probablemente solo comprobable por el método de la ciencia. Podemos mostrar nuestro desacuerdo respecto a las creencias de otros aunque con respeto por un principio de convivencia. Bryant menciona como ejemplo sus charlas con un amigo suyo que es un cura católico.

Por otro lado, para los que se declaran seguidores de Latour y Stengers, las creencias si deberían ser consideradas reales. Algunos incluso llegan a acusar a Bryant de tener una mirada policial sobre lo real (policing the real). Aquí es donde se pone complejo el asunto, ¿cómo es real lo que alguien cree? Es decir, ¿debemos "concederle existencia" a todo lo que creen los demás? La explicación que me pareció más interesante fue la de Terence Blake quien ante la pregunta sobre si los espíritus y los demonios son reales respondió:

Latour would reformulate the above question in his own terms as
a) “Do psychogenic material networks exist?” His answer is obviously yes, the psyche is not pre-given, it is produced and constantly in production.
b) “Is the ontological status of the beings that transit these networks (emotions, affects, spirits, gods and demons) only referential, or is it also metamorphic?” Latour does believe that these entities can be studied by referential science, as for him everything can. But in the case of these beings, something very important would be missed if we stuck to just that mode of relation to them.

Efectivamente, creo que es mucho más útil concebir a las creencias como el producto cognitivo de un conjunto de relaciones materiales (como el trabajo, la familia, el barrio, etc.) que como simples fantasías de débiles mentales que necesitan aferrarse a algo. Creo que concentrarse en las relaciones reales que producen el acto de creer y no en la creencia en si ofrece estrategias que salen de lo únicamente cognitivo y discursivo, y nos permite integrar la tan ausente cuestión de lo social y material.

Datos sobre lo fuerte es la Iglesia Católica en el Perú sobran (ver este post de Sanborn). Con todo este poder material y alcance en la población que tiene el sector conservador, no debería sorprendernos que muchas veces el tejido social esté impregnado de creencias conservadoras y que estas se refuercen y actualicen cada vez que los sujetos hacen uso del capital social que poseen.

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Probablemente para este punto alguien se pregunte "si todo esto esta tan determinado, ¿qué nos queda hacer?". No todo esta determinado. Si todo estuviera determinado por la estructura no habría espacio para la agencia ni para cambios sociales. Bryant diría que nosotros no somos nuestras relaciones. Lacan diría que el sujeto es inherentemente histérico. Siempre hay un margen, aunque sea pequeño, en el cual el sujeto decide como subjetivizar sus condiciones objetivas.



El reto está en cómo promover esta agencia yendo más allá del estéril debate con ultras y la superfluas burlas sobre la religión. En como crear redes y condiciones sociales para el cambio. Creo que la solución, siendo optimista y sin decir nada nuevo, está en la organización política, en algo que pueda hacerle oposición a los poderes fácticos, quienes claramente están del lado de los conservadores, proporcionándoles, no solo exposición mediática (p.e. el programa de RPP de Cipriani), sino también cooperación material (p.e. el auspicio del Grupo El Comercio a la Marcha de la Vida). Esta organización política debe tener como fin promover transformaciones desde el mismo Estado, acompañando cambios normativos con implementación de servicios sociales que desplacen a los ofrecidos por las iglesias (alimentación, salud, educación, etc.). Obviamente esto es algo que toma décadas, pero es a lo que deberíamos apuntar.

No obstante, no creo que tanto la legalización del aborto y la union civil deban a esperar décadas, deben ser aprobados ya. Estos cambios son urgentes para ciudadanos y ciudadanas privados de derechos en comparación de otros (p.e. heterosexuales que pueden casarse o mujeres con suficientes recursos para un aborto en una clínica) y deben ser parte de toda plataforma política que se considere de izquierda. Siguiendo la estrategia anteriormente propuesta, el eje central de estos reclamos debería ser la exigencia de derechos que tienen consecuencias muy directas en las condiciones materiales en las que una persona vive (como la salud de las mujeres y el bienestar de vivir en pareja). Centrar los debates en esto evita caer en la trampa del "cada uno puede hacer lo que quiera", la cual finalmente termina siendo la otra cara del neoliberalismo y justifica toda la agenda del capitalismo fuera de control, el mismo que le sirve a los poderes fácticos para oponerse a estas causas. Parafraseando a Zizek cuando habla de Martin Luther King, esto no es un asunto de tolerancia, sino de derechos legales y justicia económica.

2 de diciembre de 2013

Los medios y lo estatal


Empecemos con la siguiente premisa: a los "liberales peruanos" no les gusta el Estado. Para ellos, el Estado debe ser lo más pequeño posible y dedicarse a "lo que debe hacer el Estado" aunque probablemente ni eso pueda hacer bien. Ahora contextualicemos esta premisa: estamos en un país con una alta concentración mediática, donde un grupo empresarial tiene un peso desproporcionado y ¡oh casualidad! tienen una inclinación "liberal".

¿Por qué parto de esta premisa y contexto? Si uno revisa la reciente cobertura mediática de Perú 21 y El Comercio uno se puede percatar del alto contenido crítico contra el Estado (ver las noticias sobre programas sociales en Perú 21 o EC). Si bien es cierto que esto no es novedad (recordar el caso de La Pampilla), lo que si creo apreciar es una agudización (luego del ingreso de Fritz Dubois a El Comercio, tan solo vean las editoriales de los últimos meses).

Alguno seguramente pensará: "bueno, no dices nada nuevo, además cada medio tiene derecho a tener su línea. Por ultimo ahora hay medios alternativos como internet". Bueno, pues, no. Los medios masivos (sobre todo como los del peso del grupo EC) generan marcos interpretativos sobre determinadas temáticas. Ojo, no digo que la gente se crea al pie de la letra lo que dicen los medios (por favor, esas personas que aún siguen refutando y/o peleándose con la "teoría hipodérmica" deberían darse cuenta que estamos en el año 2013) pero si crea ciertos sentidos comunes, especialmente en temas poco "polémicos" (es más probable que en temas como racismo, homofobia, etc. el lector cuestione líneas informativas de medios).

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Hace unos meses Levi Bryant, filósofo dedicado a la Ontología Orientada a los Objetos, escribió un post sobre las mentes aliens: básicamente su punto es que nosotros ya nos encontramos diariamente con "inteligencia no-humana": las instituciones. Estas funcionan en sus propios ciclos y tienen sus propios aparatos perceptores. Más adelante el mismo Bryant escribió otro post en el que habla sobre la visión de los académicos de humanidades sobre el mundo: según Bryant, estos académicos tienden a ver la "realidad" en forma de discursos y textos debido a 2 motivos. Primero, ellos trabajan con textos y discursos todo el tiempo, por lo que resulta lógico que cualquier tema al cual se enfrenten lo abordaran bajo ese esquema. En segundo lugar, y este me parece el motivo más interesante, estos académicos se sienten gratificados al momento de entender algún tema de esta manera debido a que es una forma de aproximación a un objeto de estudio sobre la cual ellos tienen una expertise.

Ahora probablemente se pregunte "¿qué tiene que ver la Ontología Orientada a los Objetos y la critica a las humanidades con El Comercio y lo estatal?". El punto que quiero hacer es el siguiente: al igual que los académicos de humanidades (según Bryant) abordan un tema de acuerdo sus esquemas, creo que los "liberales peruanos" hacen lo mismo: ellos abordan temas de gestión pública y asuntos del Estado bajo los mismos esquemas que abordan temas de empresas, negocios, emprendimientos, en resumen, bajo una lógica del Mercado (si, con mayúscula). Esto no se debe solo a que es la manera en que tratan los temas en su campo profesional, sino a que también se sienten gratificados al construirse la figura del "experto" o "técnico", alguien con una voz autorizada en el tema. Obviamente esta figura no la construye el sujeto solo, sino que lo hace en su relación con el medio: el medio valida su línea informativa con la opinión del "experto", así como el "experto" se reafirma como tal en tanto se le da un espacio para emitir su opinión "informada y técnica".

De esta manera se construye un marco interpretativo en el que la lógica de lo público y lo estatal no se llega a comprender: sus ciclos de funcionamiento y velocidades de percepción. Creo que se da precisamente lo que dice Bryant: la inteligencia no-humana (en este caso la inteligencia "no-liberal" o "no-de-mercado") no es comprendida por la humana (en este caso la “liberal” o “de mercado”).

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¿Por qué es importante esto y por qué me interesa? Me preocupa que este paradigma del "liberalismo peruano" sea cada vez más totalizante. Por ejemplo (y para no hablar de casos extremos como la propuesta de la privatización de la administración policial), cada vez que un medio habla sobre la eficiencia de una municipalidad provincial o distrital del interior de país siempre se habla de un porcentaje de gasto, simplificando exageradamente cuestiones como los mecanismos de control del gobierno central, relaciones de poder entre las autoridades y la burocracia local, el acceso a la información, la heterogeneidad de los contextos de las municipalidades, la estandarización de la normativa, el mercado laboral de profesionales en gestión municipal, etc. No, nada de eso importa a la hora de analizar el desempeño de estos gobiernos locales, lo importante es un porcentaje sobre el cual un experto elabora una explicación corta que sustenta la línea informativa del medio.

Antes de que alguien diga "hey, pero estás haciendo lo que dice Bryant al ver todo como un discurso". No. No dudo que algunos (énfasis importante) de los expertos hayan realizado investigaciones serias sobre, por ejemplo, la gestión pública municipal; sin embargo, el encuadre que se le da a su conocimiento en los medios es sesgado. No digo que sus estudios sean "neutrales" (sinceramente no creo haya alguien que piense eso), sino que finalmente sus declaraciones son apropiadas por quienes (por lo general abogados y periodistas) no poseen su nivel de conocimiento técnico y son repetidas sin mayor reflexión transformándose en lugares comunes en vez de ayudar a enriquecer el debate público. Finalmente tienes al "ciudadano de a pie" (ugh, odio usar este término) leyendo en casi todos los diarios que sus autoridades más cercanas (las locales) no funcionan para nada y a los mismos abogados y periodistas lamentándose por el bajo grado de confianza en las instituciones públicas.